Selección poética de César Seco (Venezuela)
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18 de septiembre de 2018 

Sé que César Seco no es un poeta acartonado, al contrario, su oficio se debe a la comunión con la existencia misma, a la forma distinta de ver pasar a la gente, a las cosas, de darse cuenta que en el otro también hay un universo de expresión, y que ese instante no se repetirá jamás. Es un hombre desprendido en el desvarío que le produce el humanismo, la ciencia, la enfermedad y la fe, se vuelve un hacedor de mundos cercanos, además de los otros que se le escapan en la conformación de universos simples y complejos, que van de la mano a la metáfora y en círculos concéntricos. A veces hermético y otras veces dialógico, es un lector voraz y reflexivo, que no lo logro encasillar en una corriente de la poesía venezolana actual, porque tiene la fuerza y el empuje de la transcendencia. César es un ave coriana que planea entre la montaña y el mar, pero cuando afinca su pico en una presa, tiene la confianza de que es capaz de cambiarle la realidad por poesía.

Luis Manuel Pimentel

 


ESPEJO

Yo era loco y pasaba por sano.
Lo era y esa era mi cara.
Inabarcable. Inacabable. Inalcanzable.
Un tipo que no lo parece
y no obstante
por sus ojos asoma la flor.
¿Conoces tú un perro que parezca hombre y sea en verdad perro con sus cuatro patas, dos pares de zapatos anudados,
camisa estampada y un jardín
recién llovido que le baja del cuello
a los pies?
Yo era loco y no podía decirlo.
Caricias de nada pedía y ello recibía.
Voces en el techo de mi cabeza
y moscas pendiendo de él.
Substancias para ir al Cielo
y en un instante venir.
Encerrado en un cuarto de música
con mi perra, encerrado con las pulgas
de mi perra y con el puño
de mi chaqueta las aplastaba,
el día que mi música supuso
que mi afro estaba loco.
Bird. Monk. Miles.
Éramos un solo humo,
una sola desnuda pelambre
en el suelo revolcada,
una sola lengua con sus dientes
y mordidas, un solo envés de rostros
gimiendo ensartados
con una canción de los Stones
una incesante espiral en forma
de jauría.
Era loco y menos perro.
Intentaba volver a casa a repasar a Jung y obviar a Freud.
Era perro y menos loco.
Mi padre me pedía los cuadernos
y saltaba de entre márgenes
una respuesta sin pregunta.
Yo era un perro y sólo mi novia sabía.
Le ladrábamos a la Luna en la plaza.
Era un loco que pasaba por perro
para ocultar el miedo de su rabo.
Me enamoré de la profesora de Literatura, creí que lo hice para no salir de mi locura, creí estar a salvo
de los otros perros del Liceo
y del vecindario.
Llegado a una edad de cielo rojo
y ojos nublados tenía que decidir si quería ser loco o perro.
No podía servir a dos dioses a la vez.
Pues escogí no ser ninguno y con una sola palada de tierra sepulté lo que
no era y salí de mí
y no pude evitar que me llamaran loco cuando no lo era.
Y cuando quise morder no podía.
Y cuando no podía me dio por morder.
Dios tenga misericordia
de todos aquellos que me creyeron loco.
Desde entonces vago por las calles
buscando el rostro de quien era yo.

En: El pan letrado (2018)

***

CALLES

Esta viene por donde termina aquella.
La siguiente estuvo en el inicio de otra.
La contigua es una prolongación de la
que fue avenida cuando el centro era. Me doy a internarme por escondrijos viejos y doy con las que de otro tiempo llegan. Aquí soy uno más, no el que ven
entrar en aquella casa o ese que habitó
alguna vez aquel edificio que se está
borrando. En el asfalto, en las aceras aún suenan mis huellas o creo verlas fijas aparecer en el polvo dormido del hombrillo en silencio. Andando trazo el
recorrido que pueda alcanzar lo que no
recuerdo. No hay lugar que la memoria
no aviste y guarde para el día en que
estemos solos sin más nadie que ella. Las calles son el ovillo que desenhebro. Unas salen de donde otras entran. Son trozos de papel que la brisa lleva tras ese alguien de paso lento. Algunas veces vienen a mi encuentro abriendo
ventanas provenientes de la bruma de
un sueño. Las calles son las calles y se devoran unas a otras sin que cuenta nos
demos. Transeúntes de sí mismas se
abrazan en las esquinas, se despiden
en callejones sin salida, vuelven al lugar a donde siempre llego, donde el resto,
una a una desaparece para volver al
recuerdo.

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CAJA DE HERRAMIENTAS

No sé atornillarme a un día de trabajo.
Ni siquiera clavetearme a la puerta
de la cocina. Menos, mucho menos
hacer de tuerca que sostenga uno
a uno los puntos neurálgicos de la casa.
No sé cómo ajustar el alicate de presión
para que la llave cumpla como debe.
Tampoco sé cómo colocar la hoja
de la segueta para cortar mi indecisión,
mi duda de si esto es obligación
o el oficio que me toca y por el cual
mi mujer me requiere diligente
y responsable a toda hora.
Podría decir, el destornillador no me entiende; la tijera nunca ha tenido
buenas intenciones conmigo una vez introduzco mis dedos en sus ojales;
el mango de la brocha no se ajusta
al cuenco de mi mano. Podría decir tantas cosas que son ciertas, pero
bien sé que todas éstas son excusas.
Lo único que te puedo decir Amor es
que a la Rosa ni con el pétalo
de un martillo.

En: El poeta de hoy día (2014)

***

NOCHE

Dime cuánto de mí tengas que decir esta noche, noche. Dímelo no sea que
el amanecer te deje sin voz, sobrada
de luz y de cielo. Sólo tú que guardar puedes la inmensidad en tu saco de silbo y penumbra extendido. Dame la verdad que has guardado transitoria y pueda verla en mí ascender y serenar
la pupila donde precisa las cosas que piden nombre y tienen lugar como instante y forma. Tan ligero, ese tu vestido en lo alto, suspensión untada
de azul profundo, pliego de sombra en
la infinitud desbordada. Todas las veces
en voces. Todo cuánto obtuve y perdí
tuvo principio en tus pies, bajo un poste o una erigida pared de ti misma, noche. Cuánto del que dejé de ser puede decirte hoy del que soy. Cuánto de este dejo de ser al solo nombrarte y pretender darte una voz. Acerco mi trémulo decir a lo inconmensurable de tu oído. Atenta a la navegación circundante de lo que miro, ahora cuando disputas resplandor a pensamiento y giras sobre el firmamento, oscurecida, dichosa en las dos llamas adheridas a mi rostro. Noche. Sólo tú te bastas para ser péndulo en nube y cielo en todo. Sólo tú en varias, sin similitud acompañante, puedes arrojarte desnuda al pozo de los encuentros. Y nadar, nadar, en tu piel esplendente braceando. Dime noche si esta cifra palabreada te debía para dar con tu voz zurcida. El anhelo variable de cuanto escrito polvo será. Pero, tú lo que demandas es callar allí donde la luz crece de pie.

En: Nadie y Ninguno (2016)

***


JAZZ MENGUANTE

         a Luis Manuel Pimentel

 

La revista donde viene inserta una reseña de tu libro recién.
El cepillo cuando el cloro ha hecho
su trabajo bien.
La olla a la espera que el agua hierva
para colar el café.
El ensayo que has estado escribiendo
borrarlo del PC.
El aroma virginal, aprensivo
de la mandarina, ser.
Del papel higiénico poco y de la pasta
dental menos que más.
El anillo no sabes a dónde fue a parar.
No recuerdas de quién el número
que debes buscar.
Si tocan el timbre tú mismo al salir
dirás que no estás.
Unos muchachos tras un desinflado
balón puesto a rodar.
Del techo al cableado de luz un tordo
en repentino volar.
¿Seria bueno ver una película
o ponerte a orar?
Desperezarse cual gato en posición
de relax.
La música por el piso buscando
con tu oído dar.
Las puertas se abren al verte pasar
de aquí para allá.
Tu novela: tres partes y un abierto final.
Una mota de algodón flotando
el aire te hace sobar.
El saxo de Dexter en Starway to the star.
A la noche la hoya el silencio
que vuelve a cantar.
Sin trazo alguno todo te comienza
a dejar.
Una letra falta y otra sobra en el collage.

En: El jazz de Ítaca (2017)

****

 

NADIE

Volveré por esta calle donde nadie
me recuerda y todos me conocen. Caminaré por esta otra donde me
ignoran y ninguno sabe nada de mí.
Atravesaré aquél callejón oscuro y
tal vez el ojo que me sigue sólo vea
la sombra que la escasa luz de ese
poste fija en la esquina pensando
a donde ir. Estaré allí esperando
nada o esperando todo. Acaso sea
la calle contigua la que me lleve a
ese otro lugar distinto a donde iba
y no llegué. La vida no se detiene
a esperar a nadie. Puede mirarme
de reojo mientras paso, pero no es
su ojo lo que anhelo, lo que persigo
es el olvido que no aparece mientras sigo, aunque lo presienta caminando
adelante distraído o sospeché ya que
no existe porque no me ha visto.


En: Nadie y Ninguno (2016)

 

**** Cesar Seco (Coro, Venezuela, 1959). Poeta, ensayista, artista, bibliotecario. Presidio la Casa de la Poesía "Rafael Jose Álvarez" y la Revista OIKOS. Toda su obra poética fue reunida en Lámpara y silencio (Monte Avila Editores, Coleccion Altazor, 2006). Sus más recientes libros publicadas son: La playa de los ciegos (2014) y Retratos de la sala (2018), ambos por Imaginaria Ediciones. Ha representado a Venezuela en diversos festivales y eventos internacionales.

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