
17 de junio 2019
Iba el pueblo acongojado
en procesión de velas y rosarios,
sus campesinas manos la escurrida cara
no sentían,
en desaliño transportaban
muchas flores en sus brazos,
sus pasos eran tristes y calmados,
sordos, resignados
y la pena
suavemente hundía en la arena,
los rebozos negros
con el viento se agitaban,
el sol ardiente,
las amplias frentes, en sudor las derretía.
Paso a paso, lentamente,
al panteón el pueblo iba,
fervientes rezos y sentido llanto
se elevaban y caía,
mientras anudada mi garganta,
enmudecía,
jamás pude llorar, hablar tampoco,
las miradas todas, sin importarme, me compadecían,
pero nadie se atrevió a decirme algo,
a mis hermanas, todas las mujeres consolaban,
a mi padre, algún amigo confortaba,
pero a mí ninguno se acercaba,
ninguno se acercaba.
Sin darme cuenta llegamos al panteón,
el viento aromas mortuorios nos traía,
murmullos y suspiros llevaba por doquier
y ya junto a la fosa, y ya junto a la fosa
los llantos aumentaron
y sobre la caja, y sobre la caja
los ayes desgarraban
y abrazándole con ramos
a mi madre despedían.
Mientras solitario,
Solitario y sin saber porqué
sobre una tumba negra me quedé
y desde allí, a mi madre le juré
le juré en callada despedida...
buscar a Dios hasta encontrarlo
para inquirir de mi tragedia
y saber de su existencia.
Y ahora que lo encuentro, después de muchos años,
cercano ya a mi fosa;
ella está con él y todo el mundo.
¡Madre Mía, Madre mía,
estemos en lo mismo y somos uno
y con Dios...sumamos uno.!








