Bienvenida
Minuto a Minuto

17 de julio de 2014 (Relato)

El semáforo está en rojo, momento oportuno de acercarse a los autos y mostrarles al bebé.

Los piececitos desnudos golpean tu vientre, es el niño crucificado en tu pecho.

Lanzas alternativamente su alma y las pelotas.

El espectáculo los distrae.

Esta mujer ha encontrado la manera de comerciar, las manos se agitan y le ofrecen monedas y billetes, según sea su apuesta.

El niño representaba la  conquista de clientes, y la recompensa; monedas de compasión.

Tan solo faltaban unos cuantos días para presentar los exámenes y enseguida la fiesta de graduación.

Las puertas de la escuela  permanecen abiertas; sin restricciones los alumnos entran y salen.

Prolongado, tardío como una calle recta; a pasos largos abarcas el pasillo.

Pechos turgentes dicen los ojos que hablan.

Al tiempo lo precisa una falda escolar que descubre tus rodillas.

La  escuela es un montón de pasos y la escalera recibe su exuberancia.

Entre risas y cuchicheos te reconoces resistente y lúcida, con el sonido y el olor de ayer.

El pasillo enfila los salones de clases; al final al que has de llegar.

Parsimoniosa al andar evitas la huella que deja tu sombra, te detienes en el marco de la puerta, te recuperas,  y ya más animada,  miras libremente: esquinas, techo, paredes y las hileras de pupitres que amueblan el salón de clases. Detienes el escrutinio en el escalón donde descansan los recuerdos: el escritorio del maestro parece hablar. Bajas  la cabeza para armonizar con el sentimiento que te  induce ver tanto desorden.  Afuera las bocas gritan un lenguaje de oprobios. El sol calienta el patio con la intención de que,  más tarde,  arda la plancha de cemento.

Fue ayer, ese ayer que tiene  de rosca el cuello y atornillados los pesares.

Hay que apretar un poco…

Tragar saliva y,  una pasta negra tiñe el fondo que los enmarca.

Pesares por la carga de reproches, que de tantos;  te llegan a fastidiar.

El maestro masca las palabras para sacarles el jugo amargo que logre irritar la moral infectada:

“Se lo dije y no me entendió. ¿No pensó por lo menos en evitarse esta molestia?

“¿Es posible que agregue  a su flojera más flojera?”

“Debió  pensar un poco; seguir su desenfreno sin la carga de un vientre revelador”

Bajas la cabeza y buscas tu cara de niña.

Tienes los ojos atravesados por hilos rojos.

La sonrisa fuera de sitio, y en las orejas puntas de cuchillos.

Preámbulo del medio día: con un pie adelantado y entre los dos el umbral.

Sobre las sillas los suéteres vacíos que poco a poco se despojan del calor. En el piso  las mochilas descompuestas, exhaustas,  en espera de las manos endiabladas de los compañeros.

Las ventanas  dejan ver la pared  donde tiende su edredón la hiedra. Otra vez verano y la planta reverbérese;  su faldón cuelga hasta dejar en el suelo un segundo lecho.

Tu nombre aparece en la lista, casi disuelto en un bache de tinta negra, atravesado  en el cantadito de nombres que repite a ojos cerrados el maestro.

Con su  índice pegado en la mitad de la hoja, te recuerda y aplaza su descontento. Yergue la cabeza; te ve de lejos, de cerca, dividida en sus bifocales.

Quisieras que algún hechizo hiciera caer tu nombre del papel, llevándolo al vacío por sus orillas.

El maestro murmura:

-Esta mujer no sabe de pudor, su cinismo se hermana con la indolencia-

El salón de clases está agitado, todos conocen la historia, es un momento divertido, de comidilla, los alumnos hacen juicios que entonan con la mofa.

Ella busca donde sentarse. A su paso y entre las filas se va golpeando las caderas;  de sus ojos y su cuerpo salen chispas.

El maestro frunce la boca y arruga el entrecejo, se dirige a ella y alienta la burla:

-Bienvenida-

Leticia Daz GamaLeticia Díaz Gama, poeta residente en la ciudad de Puebla, México.