Traigo rota la cubeta
Minuto a Minuto

No se puede echar un pedo con diarrea,
ni hacer taco con tostada”.
(Anónimo).

La vida es una Barca,
como dijo Calderón de la Mierda.
(Anónimo).

Puta mierda que me lía,
y no me deja vivir mi vida.
(Anónimo).
    
Sonó como estruendo; como el grito de Tlazoltéotl al parir las excrecencias de la humanidad misma; como una muestra de la furia de Mictecacíhuatl al momento de arrebatarle la vida a un indio, partiendo el árbol donde se guarecía del agua, con un rayo seguido de un retumbar grave, gravísimo. Hagan de cuenta, como burbujas de Alka - Seltzer buscando salir a la superficie a respirar,  del vaso medio lleno de agua mineral. Un gorgoreo de baja frecuencia que anunciaba mi desgracia, peor aún; la confirmaba con puro bombo sin platillo.

Y no era para menos, este engendro se gestó a partir de una semana de abusos continuos del buen comer y beber. De repetidas y nocturnas prácticas inoculadoras, con diferentes tipos de bacterias tíficas mediante la ingesta de tacos de diversos laboratorios proveedores de cepas, acompañados de refrescos o cervezas fríos para la conservación de las muestras y que solidificaban la grasa como goteo de vela ardiendo sobre charco.

Y yo, más terco que la caca, queriendo ganarle tiempo a la ídem, a bordo de la cucaracha y en medio de un tráfico de hora pico, más lento que el circular de la sangre de un cabrón con problemas de arterosclerosis.

–¡No masques que el condón se rompe!- pensé ante el término de este anuncio anticipado del libro de las desgracias cíclicas, de mi primer retorcijón parturiento mal pedo sin pedo; tratando de recordar la cantidad y ubicación estratégica de las gasolineras que quedan de camino a mi home sweet home y en donde potencialmente pudiera tirar la cájcara en caso de emergencia, en caso de que se me rompiera la juente de toron-toronjil; arriesgándome con esta acción, a contraer algún extraño forúnculo de esos que esperan a las orillas de los plásticos de la taza de baño púbico (y rizado al ano-checer) de un parroquiano con urgencia (que no asiste a la parroquia como su servidumbre) y usarlo como anfitrión forever.  

Sin embargo, y bien chicho-corazón-valiente, pos me aventé a la proeza de atravesar la ciudad aplicando la de chafirete del defectuoso y confiando en mi esfínter rectal virgen (a pesar de haber caído en el tanque después de no aprobar algunas pipetas de reuso en alcoholímetros, de esos que ponen a tratar de hablar coherentemente a los que no lo hacen siquiera en juicio).

Después de avanzar algunas calles sobre Reforma y de hacer gala de esas habilidades de conductor de autobús urbano bajando pasaje en carril de alta, de pronto se empieza  entorpecer aún más la circulación y no era para menos.

Había una candidata a diputada para no sé qué distrito local o federal (federal si estaba la doña) con todo su contingente de acarreados, matraqueros y guaruras, además de una flota de chavales que te pedían permiso para pegarte una mamada (no se espanten que no era placer a cambio de votos) de esas que van en el vidrio trasero o medallón (ay!) del carro, que parecen jerseys por lo perforados y que traen la efigie del candidote para su promoción y la de su partido.
Partido ya traía el cubo diagua de tanto apretar la tuerca. No recuerdo, precisamente por la segunda andanada peristáltica de expulsión, si el pegote con la doña retocada por Corel Draw no se fijó por la cantidad de polvo que guarda la milagra medallosa asoleada del vocho o si como arco reflejo del segundo cólico, pegué un acelerón a la nave del Ovidio al estilo de Tambor (el amigo de Bambi) enamorado.

    El pedo de la relatividad del tiempo de Einstein queda más que demostrado y éste resulta inversamente proporcional a la urgencia con la que te mueves por la vida; cuanto más impaciente te comportas o más apremiante es tu situación, las unidades de tiempo, tienden a hacerse astronómicamente largas.
Larga es la lista de cosas en la que me puse a pensar; entre ellas, recolectar en uno de mis próximos viajes a Tuxtepec, algunas semillas de mango petacón para estos casos de angustia desbordada, o coleccionar de los no pocos compromisos sociales en mi haber, los tapones de los vinos degustados en cuestión para con ellos preparar infusiones de corcho cuyas propiedades astringentes están más que demostradas.

-¡Ya valió madre!- murmuré al quedar varado detrás de un pendejete que titubeo en pasarse un verde parpadeante (urgencia alta, tolerancia nula) que más daba, después de seguramente estar boletinado en la SSP por haberme pasado hasta los semáforos del muñequito peatón acelerado.

Al llegar a una de las ramales del río Alseseca, a la altura del parque ecológico, y ya con más de la mitad del cuerpo engarrotado y con un sudor frío perlándome la frente, me di cuenta de varias cosas: Es factible manejar únicamente con el movimiento básico de los pies y tobillos y abrazando el volante en posición suplicante; que la peste por el mal diseño de la planta tratadora de aguas negras de referido parque es inminente (pobres vecinos) y que yo no tenía derecho a desmadrar el ya de por sí enrarecido ambiente que impera en la zona por mis excesos excéntricos.

El motor del carro quedó en marcha y con la puerta abierta del lado del conductor frente a casa, hasta que quedó bien saciada mi necesidad imperativa que apresuraba a moverme, a volar, a inferir, a insultar, a poco tolerar, a pensar, a indagar, a encontrar respuestas, a seguir la necesidad interminable de preguntar. ¡Cagambas!

Hugo Islas
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Cuando vienes a cagar a la casa / el Mastuerzo
 
Putísima Leonor / el Mastuerzo/Putísima Leonor / el Mastuerzo/

Hugo Islas 2Hugo Islas (Esta dirección de correo electrónico está siendo protegida contra los robots de spam. Necesita tener JavaScript habilitado para poder verlo.) radica en Puebla, es amante de la música y las letras.