Son las 5.45 de la mañana, Sandra despierta sobresaltada confundiendo la alarma del reloj con el latido de su corazón. Se sienta abruptamente sobre la cama, despega los parpados y pasa las manos por su cara para quitar el velo que la noche pone a los sueños.
En un principio se confunde, aún tiene un pie en el mundo de las alucinaciones. Para terminar con la desorientación sacude la cabeza, y en acto de fe pone el pie derecho en el frio piso de la mañana del mes de septiembre. Una vez que se ha calzado las chanclas, alarga los brazos en posición de sonámbulo y a tientas llega al interruptor que hace encender el único foco de la vivienda.
Gira sobre los pies para encontrar el ropero donde se ciñe un espejo. Descubre el duplicado de su rostro y evade reflexionar en su aspecto; enrolla el pelo enmarañado, y escarba con los dedos medios en los rincones de sus ojos, cerciorándose de no dejar legañas. De pronto recuerda que hace tres semanas que los niños no van a la escuela.
Juan y sus hijos duermen; Sandra los mira, y en su memoria aparecen los recuerdos:
-Hace un mes que terminaron las vacaciones de los niños, ya deberían estar en clases pero…
Un profundo suspiro de la madre hace que los niños se acomoden, robándose el cobertor uno a otro.
La puerta de la escuela sigue cerrada con los candados oxidados por las constantes lluvias del mes de septiembre y porque los maestros están en paro en la capital del país. Para colmo Juan está sin trabajo
Sandra piensa que una buena solución sería que su esposo fuera maestro. Sonríe y sacude la cabeza como para alejar la ironía de ella.
Un cordón cuelga y cruza la pieza, viene desde la vivienda de la vecina. Sandra le ha prometido pagar la diferencia en el próximo recibo de luz.
Sobre la estufa el pocillo de peltre despostillado le ayuda en el recuento de los daños:
-No hay café, y además para qué si tampoco hay gas. Lo mejor es seguir dormida, ahora que la lluvia es pertinaz e hipnotizadora.
Una lágrima ha encontrado camino en la comisura de su boca:
-No es hora oportuna de ponerme a llorar.
-Échale ganas- le ha dicho su comadre, como si se tratase de un condimento más a esta sopa refrigerada, quemada y de un sabor amargo que no se termina.
El sincopa del corazón le devuelve la razón a su sitio. Juan y sus niños van saliendo del ovillo en que duermen: estiran los brazos, bostezan, y ya despiertos se vuelven a acomodar.
La escuela no tiene para cuando abrir, no hay motivo para apurarse…
Hace frio, y lo mejor del día está en el lecho tibio.
Tendrá que dejar la idea de regresar a la cama, su familia necesita de ella para despabilarlos.
Sandra se acerca a la ventana donde los niños han dejado las huellas de sus manos, sucias de grasa de las tortillas con sal que comieron en el desayuno. Estira el cuello con la esperanza de ver a su esposo aparecer en la esquina con la noticia de haber encontrado un nuevo trabajo.
Después de un rato de chocar los talones, tratando de pensar en que un buen día la vida da sorprendentes vuelcos, por fin escucha como los nudillos de Juan tocan en la puerta.
La noche llega con la fe moribunda.
Sandra sabe del profundo respeto al trabajo, el proveedor de todo: del pan que le devuelve al cuerpo la energía, y de cómo el cielo pasa las nubes por la frente con su halito divino renovando el espíritu.
-No puedo hacer que los maestros olviden sus causas y recuerden a los niños.
El refrigerador le sirve de pizarrón, y en el anuncia el horario que suplirá, por un tiempo, al del colegio:
De 7 a 8am desayuno; a las nueve los niños ya estarán sentados en el comedor haciendo como si estuvieran en la escuela.
Sandra los observa mientras los contados fideos se fríen en la cacerola. Ensimismada se pierde en las burbujas del agua que hierve. Los niños duermen apoyados sobre la pequeña mesa de latón que hace las veces de pupitre.
-Sandra ¿qué te pasa? Cálmate por favor- la mujer reconoce la voz de su esposo, que entra en la pieza y la encuentra salando la sopa con sus lágrimas. Ella se vuelve hacia él y empieza a golpearlo en la cara y en los hombros.
-dime por qué, por qué los maestros no vuelven y les dan clases a nuestros hijos… yo siempre pensé que todo empezaba ahí, en el colegio, que el motivo de nuestra pobreza era la falta que nos hizo ir a la escuela…
-los niños te escuchan. Piensa que si de por si se dan cuenta que los maestros no quieren someterse a las pruebas, y que sus premisas se sustentan bajo las carpas que estropean las calles y la basura que dejan tirada como refuerzo de sus protestas.
El argumento la hace callar. Ya no fluyen lágrimas de sus ojos. Se vuelve hacia la mesa y manda a los niños:
-Vamos a comer, limpien la mesa mientras yo enciendo la televisión-
La comida transcurre en silencio. Los noticieros de la tarde se enfocan en los desastres que acontecen en el zócalo de la ciudad de México.
Del plato a la boca se cae la sopa…
Un reportero hace su trabajo en medio de toda clase de proyectiles. Por momentos desaparece de la pantalla cuando trata de esquivar los objetos que vuelan sobre su cabeza:
-Energúmeno grupo de enloquecidos, alienados y torvos manifestantes lanzan piedras a los cristales, hacen explotar embases llenos de gasolina; arrancan pedazos de banquetas y a palos hieren los majestuosos palacios del centro histórico de la capital.
Sandra se levanta de la silla para apagar el televisor, rompe el silencio y declara…
-Queremos lo que ellos no quieren:
Un trabajo para Juan y escuela para los niños.

Leticia Díaz Gama escritora residente en la ciudad de Puebla, México.








