De viaje
Minuto a Minuto

Caminando al mar
sin mirar atrás;
abandonando una ciudad.
Recorriendo la serenidad,
de la voluntad.
Los dolores enterrados,
se han vuelto flores.
Recogiendo pedazos,
del sol ardiendo.
Escuchando las rocas,
que voy dejando;
cada una un deseo desechado.

Voy tirando trocitos
de corazón envenenado
para el gran animal
del pasado.

Pascual Reyes

Él trata de huir en vano entre los armazones de solera metálica de los puestos ambulantes dispuestos como obstáculos, del chubasco rico en partículas tóxicas, ducha ácida que se deja caer con furia; para llegar corriendo a las fauces de Coatlicue. Está a punto de resbalarse y caer para partirse la madre, o al menos algún hueso en varios fragmentos, de las escaleras de acceso a los andenes de la estación del metro Tepito. El agua grisácea fluye hacia abajo provocando el despeñadero de más de un alma que busca paz, refugio inmediato del temporal que cae como plomo, con plomo.  Con los ojos saturados de luz, tarda en acostumbrarse a la tenue luz del pasillo que da acceso a la taquilla, a los ventiladores que folian, que tasan gente y a los gusanos naranjas que se yuxtaponen hacia dos rumbos distintos; dos estaciones y sus respectivas correspondencias hacia dónde ir: Buenavista o Ciudad Azteca (como si la urbe entera no lo fuera).   Su larga y triste efigie, dibuja en el piso una prolongada sombra escurrida en toda la extensión de la palabra y que se extiende más allá de la unión entre los zapatos raspados de la punta (como de cartero a punto de jubilarse), que están irregulares del tacón, fundiéndose con las baldosas de piedra de San Miguel que conservan su brillo por el uso y no por limpias, con dos o tres afluentes de agua escapando del huésped; haciendo charco. No hay a dónde ir, sólo sabe que afuera volvería a mojarse el alma, el cuerpo, la ropa y los ojos…

Llega el tren anunciándose con el letrero destino y sus vagones llenos de desconocidos que miran de reojo, desconfiados. Le queda de frente el vagón cajita feliz, se abre la puerta y bastaría un paso para abordar y para dejarse llevar como siempre ha sucedido. Es cómodo ser el último vagón del tren con la consiguiente factura de no escoger el destino final; de no manejar su destino de acuerdo a sus propios deseos, siguiendo la inercia de los de la máquina que va al frente; de la diferencia de potencial entre los dos rieles sobre los cuales el tren va montado.

Suena el zumbido que anuncia el cierre de puertas  pasa junto y empujándolo a un lado, un vendedor ambulante de discos piratas con ampli y bocinas a manera de back pack. Se cierra la puerta y el colectivo empieza a alejarse. Camina a la salida, sube la escalera a la calle y se pierde entre lo tupido de las gotas que no ceden, camina tranquilo, entre gente que no deja de correr para escapar de lo que él asume como su nueva realidad.

hugo islas

 

Hugo Islas (Esta dirección de correo electrónico está siendo protegida contra los robots de spam. Necesita tener JavaScript habilitado para poder verlo.) radica en Puebla, es amante de la música y las letras.