Un día, no muy lejano, espero, dejaremos de atraer e inquietar a los hombres; dejaremos de escindirnos en madres o putas, en Marías o Evas.
habremos aprendido a realizar alianzas entre lo que representa María y lo que significa Eva. Habremos aprendido a ser mujeres.
Florence Thomas
Ayer se fue. Sacó de los cajones sus calcetines y trusas; luego, descolgó las camisas que hace poco se había comprado, las del trabajo perdido.
Los años se anegaron, la casa se inundo, el día a día navego sin balsa, el deseo se diluyó.
La concupiscencia que los había dominado, en una enorme ola se alzó; no hubo nada que la pudiera sostener y, terminó por caer.
Por la ventana le arrojé lo que para mí constituía basura: una maleta de viaje sin retorno; dentro estrujé lo que ya no me servía: harapos para su sombra horadada.
La maleta fue insuficiente; me apoltrone en ella, sentía que el triunfo había incrementado mi peso, cerré con fuerza la boca hasta rechinar los dientes y, un rencor dormido despertó de su ancestral sometimiento. Había llegado el tiempo del esclavo, de utilizar las argucias extraídas a los muros del hogar. Lo siguiente era, inventar una historia de miedo.
La valija tuvo un estertor, de un lado quedo abierta: pensé en mi mundo abortado, era extraño, me di cuenta de mi duplicidad:
Quería quedarme sola, pero seguir amparada en la sombra de aquel hombre, el también fungía dos roles: el de la sombra que me opaco y, el que ahora me daba luz.
La ley de los hombres me amparaba.
Yo tendría que dirigir su juicio; quedarme al último me daba privilegios, entre ellos: darle sentido a la verdad.
La noche parecía interminable, le exaltaba la imaginación.
La habitación le pareció más grande; el colchón lucia un edredón ocre. En el centro del cuarto, contra la pared, la cama parecía un altar. Los flequillos de la tela acariciaban la alfombra, que entre sus felpas guardaban las escamas de dos cuerpos y, en su grosor, se reproducían con la sangre de la simbiosis: chinches, mudas quejas.
El sueño que la dominaba inclinaba hacia el suelo los hombros y la cabeza de la mujer. Estaba sentada al borde de la cama, por momentos parecía estar alerta:
-Me siento feliz-
Reía, ocultaba su rostro entre las manos, se sabía sola, no tenia que llorar, disfrutaba pensando en los detalles.
Nadie podría saber lo frívolo de su desdicha, ligada a la improbidad de la frase hecha “Madre Soltera”.

Leticia Díaz Gama radica en Puebla, México y es amante de las letras.








