Hoy desperté y en el horizonte vi la escena del día.
Nace la luz e inunda, libre, encantadora, ingenua y dubitativa.
Siempre es su definición.
A ella lo único, el presente.
“Me sentí fatigado y con los pies envueltos en nubes, apenas pude acicalarme un poco. El espejo me enfrenta con el ánimo estrecho y con los ojos pitañosos”
El mobiliario de la sala de espera no altera los sentidos: sillas y paredes blancas para un pensamiento ocioso “tan blanco como lo oculto, tan negro como lo expuesto”
En la puerta del consultorio se lee el nombre del mago de los artificios. La luz neón de una lámpara se entromete en el medio día, la perilla de la puerta es a fuerza de costumbre un trozo alcalino.
El rechinar de las bisagras asemeja el choque y desgaste de huesos, quizás sea una distracción o una coincidencia que entona con el encuentro.
-Adelante, pase por favor-
-Sé lo que está pensando, de pausa a sus dudas y a su falta de voluntad-
-No sería bien visto que se echará a correr-
“No entiendo el discurso, pero necesito encontrar respuestas a mis conflictos”
El médico sonríe y echa un vistazo a su pensamiento:
“es como estar frente a un niño desvalido, un niño que se detiene en la esquina de una calle desconocida: mira y revira tratando de encontrar algo familiar que lo lleve a un lugar seguro”
Las manos se estrechan; más en tono de ayuda que en un cordial saludo.
Se inicia la ruta del hombre por el malestar y sus laberintos.
-Mi consultorio es un buen puerto. Lo que más me gustaría sería administrarle la fuerza que cree perdida y que sus culpas han suplantado-
“Me he pasado la vida cuidando mi integridad y ahora me encuentro al descubierto”
El consultorio gira en torno al médico. Su silla funge como eje, dándole el lugar preponderante para sondear en el vidrio ocular del “paciente”. Tras él, la estantería expone cajas y frascos, en ellas la suerte y sus enigmáticas propuestas.
“El médico se acomoda los lentes en la mitad de la curva de su nariz, arruga el entrecejo, alarga la espalda, se asoma al pozo de mis pupilas y, une mis respuestas a sus conjeturas. Esto no le lleva mucho tiempo, apenas lo que puede durar el chasqueo de su boca”
Los lentes regresan sobre la curva. El médico mira a su paciente y se percata de la palidez, matiz inminente del malestar.
“El médico inicia el escrutinio. Me parece haber entrado por la puerta opuesta, aunque para el caso sería lo mismo porque el juicio de mis conductas es camino seguro a mis adentros”
-Así que es que el ánimo le ha cambiado y la inercia es lo que lo empuja a diario-
-Sí, ahora mismo quisiera dejar de fingir y mostrarme rendido. Estoy aquí con lo poco que me queda del día. Todo en mi es plomo, por la noche los sueños no tienen sentido, veo humos que se agitan en la oscuridad de un lugar borrado-
-¿Usted puede restituirme; su ciencia siempre agotada sabe sobre mí; sobre el porqué de mi vida sonámbula; de mi retroceso y el significado de mi angustia? –
-Antes de hablar de diagnósticos y fármacos, vamos a desenmascarar la ilusión, ese es un buen rumbo por el cual proseguir. El tiempo le ha dejado de mentir, le hace ruido; se cree benevolente al advertirle. El malestar está llegando y, la ilusión deja su posada-
-¿Qué se seguirá de esto?-
-Los síntomas le tejen una red que evitará su desintegración. Le están escarbando los huesos, es un raro lenguaje llamado condición humana-
-La cintura de la vida se muestra cautivadora. Su dolor será cada día precursor de sus noches anhelantes-
-Estoy aquí sin remedio-
-Me quiero morir tanto como quiero vivir-
-Hoy más que nunca vive pensando en la otra parte: la muerte-
-La dualidad lo complementa-
-Yo no soy encubridor, no enquisto el malestar-
-Le responderé éticamente-
-Quiero que usted asuma su malestar-
El talonario de las recetas recibe la caligrafía. Danza en las letras espigadas, gira en el tilde, hace reverencias con las vocales y, al final resultan los nombres de los estimulantes.
El galeno parece tener en los labios un instrumento, dentro de sí sugiere la cavidad de resonancia que expande en su mundo de diagnóstico. Sus dedos tocan acordes silenciosos y sus labios susurran (constante y a lo largo de la consulta) un estribillo que acude en su ayuda:
- “¿qué te daré, qué te daré? -
-Con esta receta el malestar pasará-
-El miedo al dolor disminuirá por su continuidad-
-El esfuerzo y la lucha empiezan-
El lenguaje del médico es cruel.
-No me vea como su verdugo-
-Estoy actuando éticamente-
El paciente suspira.
Su lenguaje es corporal.
La barbilla siente al pecho.
Se somete.
Se realiza el pacto.
“Luz al medio día y, en mi retorno: pasos lentos que esperan a que el sol se oculte
voy al encuentro de la noche”
Leticia Díaz Gama

Leticia Díaz Gama radica en Puebla, México y es amante de las letras.








