Dos extraños
Minuto a Minuto

 

 

Murió al medio día, a la hora en que uno huye y se persigue, de esos donde lo cotidiano nos enreda en un ovillo de conflictos superficiales.


Esa mañana interpusimos la distancia obligada en  la cocina. Entre nosotros nada significaban las cortesías, cada quien era diestro en su sitio; tan diestro como se puede ser en lunes o martes, cosas de entresemana. Yo procuré como límite el muro de mi espalda, cerré el refrigerador de un puntapié para luego girar en sentido contrario a él.


Mi padre sostenía con una mano el asa del  sartén; un par de huevos salpico de aceite: se entreveró en la dicotomía.


En el techo el cochambre al igual que la memoria acumula los residuos del pasado.


No le dije buenos días, ni hasta luego, ¿para qué? Si a la mitad de la jornada nuestros pasos franquearían entre el comedor y la sala.


De manera repetida tropezamos con la vitrina; dentro de ella el cofre con las cenizas de mi madre y las del ángel que a los treinta años se despojó del hábito humano.


Ese día entendí que el mundo alberga imágenes creadas por la fantasía. Nuestro tránsito por él es un simulacro de soledades.


Dotados de la palabra, hemos de esgrimir el parloteo para atacar el miedo y la soberbia.


Al salir de mi casa, precisamente en el momento de abrir la puerta, la muerte  cruzó el umbral;  ella sabía el camino…


No sé cuando mi padre dejó de dormir, nadie en la casa reparó en su vigilia. Colocó su silla frente a la ventana y,  ya sentado con los brazos y las piernas cruzadas,  optó por la resignación.  Se dejó llevar.


Alguna vez en que yo tuve mis propios desvelos; cerré el paso de su puerta abierta con mi sombra.


Sin voltear a verlo; con un vaso de agua en las manos. De un sorbo le di agua a mis sueños.


Él se llenó de indiferencia.


El largo rodeo llegaba a su fin.


La muerte entró en mi casa para recordar mi infancia, cuando mi padre era una columna: la mitad blanca, la mitad negra.


Nunca estuvo, nunca se fue.


¿Cómo poder entender cuando se es niño que el mundo no es el mismo al llegar la noche?


Es más justo el día porque se puede posar la mirada en la gran mesa del horizonte.


Por las noches el miedo daba valor a su significado; hurgaba y se entrometía en el cuarto rosa.


Tal vez en el azulino…


De pequeña a diminuta, desde algún rincón, vi a mis padres retorcer la boca y desorbitar los ojos.


Las palabras parecían ahogarlos, las escupían al piso…


La sal de sus almas penetró en su destino herido.


No fui la niña de mi padre, yo le pertenecí a mi madre:


¡No la toques!


No recuerdo si alguna vez tú y yo compartimos alguna alegría, pero prefiero creer que fue así;  mi inocencia y tus profundidades dormían bajo el mismo techo.


Me arropé de culpas desde aquel día en que la voz de una mujer introdujo el mensaje por el auricular. Resumió tu vida en cuatro palabras e hizo incomprensible la poca cordialidad que hace un par de años, desde la muerte de mi madre, estoicamente habíamos acordado.


Su papá está muerto.


Leticia_Daz_Gama

 

Leticia Díaz Gama es amante de las letras radicada en Puebla, México.

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