Nutres los demonios
miseria
clandestino deseo
niegas la noche
hombre, mujer
fecunda concupiscencia
La miseria hermana su destierro, se acerca a las colonias que se expanden en el centro de la ciudad, el tugurio se encuentra despojado de misterio, guarda en sus paredes de humo el rapto que gestó la suerte. Se rotula en la parte alta de la esquina: “Calle Vida”.
Hombres y mujeres siguen la línea que clasifica a los que libran su paso entre alegorías y los que sortean el fango que los detiene.
El pueblo de aire erosionó sus días y así; ya sin paisaje, el viento la elevó, seca como una vara de hastío.
Sagrario apenas recuerda si en otro tiempo fue niña, sus pies son pequeños, el hambre no los alimentó; llegó del pueblo en un camión que hacía su última diligencia. Como de polvorón se deshizo al enfrenar, claudicó en grietas.
Con el rostro de duna no hubo parientes que la reconocieran, en cambio, Sagrario pronto fue llevada por la mano del espejismo que le ofreció acabar con sus miserias, el ardid continúo con los despojos. Sagrario sigue endeble, desde el pueblo prolonga el hastío. Poco a poco se abandona, ya no riñe con los sueños, hace tiempo dejó la esperanza en el perchero.
- Mi nombre es Sagrario, nací en un pueblo donde nada se logra; la gente nace en agonía. Pueblo de espectros y estelas. Inherente llevo en el sobrevivir un solo oficio, resguardo deseo en urna de cristal. La burla se apea al camino, ríe al ver mi cara embadurnada.
- ¡Carajo! el callejón de San Pablo se hunde, el punzón de mis tacones lo hiere!
Esta calle de postes cegados esconde el disfraz de los visitantes, la noche contraria a su virtud ilumina y exacerba los sentidos.
Sagrario recarga su hombro en la puerta que evoca el encierro monacal, es la hora del ocaso, la media noche.
El edificio tiene balcones, barrotes en las puertas, visillos enmohecidos, el sentido de ayer ya no es el de hoy. Dentro, el mobiliario es suficiente: la cama y una percha en forma de aguijón.
El negocio se hace con la protección de la noche, los tentáculos esgrimen espadas de papel.
Esta noche, la llovizna une sus cerdas, se desliza sin tinte, abrillanta las paredes centenarias.
Sagrario se arrincona en el zaguán, el cielo abre más los poros, amenaza con tormenta, el grueso de los hilos desenfrena, suelta jirones plata.
La lluvia se acumula sobre el techo, luego escurre por los bordes en forma de cortina; el polvo de agua la moja desde el fleco hasta los pies de niña.
Sagrario maldice el momento.
El índice de los noctámbulos no la elige, la experiencia adquirida en noches similares le dice que la lluvia se prostituye y la tiene en desventaja.
La tormenta desgañita, es el grito de la madre; ofrece a los hombres el recuerdo de ser niños, pechos, cena, cama y sueños donde el ángel les ayuda a cruzar el puente.
Indiferentes a la espera pasan, corren frente a ella; con la mitad de las manos dentro de los bolsillos buscan extraer de las piernas calor. Sagrario prueba el agua que resbala por el perfil de su rostro y piensa en lo similar de la carne cuando el frío y el hambre la erizan. Hoy la noche los encorva, los vulnera.
El hartazgo abre una brecha que la separa de la posibilidad de negociar, los brazos de la noche la inmovilizan.
Sagrario tiembla sin poder aliviar el frió que penetra los rollos de su cintura desnuda; tirita.
La tormenta cesa, da indulto a los instintos, noche y hombre, doble oscuro; apoyan la osadía.
El callejón ofrece el ambiente propicio, la luz agoniza en algunos de los cuartos, los sonidos ocupan prioridad.
Desde el túnel de la noche surgen pasos de un caminar seguro, luego irrumpen. Hay una pausa para saltar por encima de los baches.
La figura de un hombre aparece; brote, vástago de la noche. Es un todo negro envuelto por el vaho que sucede a la tormenta.
Sagrario exhala, pasa las manos sobre la nuca en el inútil afán de secarse el pelo; se enjuga el rostro...
- Pts., pts., pts. Ven. ¿Te quieres acostar en el cielo, creer por unos momentos que existe la gloria? Acércate, voy a hacer que confundas la belleza y el infierno.
Sagrario reconsidera apenas en el primer paso, algo instintivo la hace retroceder. Sabe lo que es el miedo, está aterida de frío. Poco a poco se va acercando…
El hombre mide la distancia, ahora se intercambia la espera. Los dos se encuentran en la misma atmósfera.
- Vamos levanta el rostro, a mi no me importa cuanta suciedad llevas.
El hombre hunde la barbilla en el pecho, jadea, sonidos que no llegan a tener traducción le salen de lo que es más una herida que la boca. El misterio descubre su rostro.
Asustada da un paso hacia atrás, algo inusual se percibe en el hombre, babea, su mirar de sangre rompe con la simetría y eso hace sus ojos más intensos.
Lodo en la calle, luz detrás de las cortinas. El cielo se fue lejos, descansa.
Solos en la ciudad del fango, el delirio los hunde en el infierno, la conciencia los identifica.
Sagrario lo desafía en la asunción de su propia muerte.
- ¡No me asombras!
¡Soy pecado y locura, me reconozco en ti!
¡No somos “Yo” ni “Tú”, sino uno!
¡Nacimos en el infierno!
¡En mi no encontrarás recompensa!
Se yergue, trasmuta en deseo, ya no evade la mirada, busca en él al hombre…
Lo encuentra y siente pavor. Tembloroso busca algo dentro de la bolsa de la camisa.
Sobre la barda se dibujan las sombras, en el altercado se mezclan. Sagrario ha llegado al límite, pisa las tablas del cadalso; reconoce su tragedia, en ella respira. Vuelve los pasos y le da la espalda.
El hombre la sigue, Sagrario huye de su sombra. Han llegado a la esquina donde convergen la calle de Topacio y Manzanares.
La mano del hombre la detiene, la obliga a arrodillarse. Extenuada se abandona ante el avatar que le clava espigas en los huesos.
- ¿Quién eres, porque me has venido a turbar?
La respuesta va al distante techo que los cubre; la frente se ciñe y de la boca sale el grito de triunfo.
Sagrario empuña las manos; desde su postración alarga el cuello, deja ver el latir de las venas. En sus ojos se refleja la luz del infierno.
- ¡Soy prostituta, estás en mi terreno, soy dueña de esta cloaca! Aquí las condiciones las pongo yo. –
- No te tengo miedo.
- ¿Te has visto? ¡Pesadilla!
- Me necesitas viva, soy tu angustia, tu pecado, eres a través de mí. –
De la boca del hombre mana vómito.
Las fuerzas vociferan.
El hombre se retuerce en medio de estertores, su aliento infame la envuelve.
Del siniestro surgen alas.
- ¡Mujer tu eres todo!-
Sagrario enloquece al descubrir que la sentencia no viene del que está frente a ella. Son voces que danzan en fuga; abajo, arriba, delante y atrás. El vaho del frío dibuja letras que acusan: Provocación, causa, exterminio.
- ¡No soy yo, tú eres el demonio! Te conozco, noche a noche enjuicias mis sueños, ángel manipulador.-
El arma brilla a la altura del hombre, la patada en la cara la tira, el cuchillo se hunde en el vientre.
En el exilio de la vida su voz reclama…
- Nooooooo……
La tierra húmeda se abre, Sagrario entra en el abismo, al terror sin peldaños.
Se está dictando la sentencia.
- ¡Es noche, has entrado al pozo; toma la antorcha de la claridad, entra al hoyo profundo de tu conciencia!
El infierno se alumbra con los truenos, vocean la migración del alma.
Como epitafios penden en las esquinas las placas con los nombres de las calles Topacio y Manzanares.
El cuerpo de Sagrario descansa en un lecho de sangre.
Los perros huelen la muerte antes que el alba descubra los despojos.
La gente del barrio enciende poco a poco las luces, sus sombras se traslucen en las ventanas.
La calle les ofrece un escenario de tragedia, un lugar en torno de la protagonista.
Dios y hombre para el juicio. El cadáver cumple su tiempo en la morgue.
Es ocioso el escrutinio, las fotos se repiten y los domicilios no existen.
La noticia forma parte de las notas periodísticas del día.
El tiempo guarda en las cuarteaduras del asfalto la memoria de Sagrario.
Las calles de Topacio y Manzanares retornan con su noche.
Sagrario se arrincona en el zaguán, el cielo abre más los poros, amenaza con tormenta. El grueso de los hilos desenfrena, suelta jirones plata.
Leticia Díaz Gama amante de las letras radicada en Puebla, México.








