
- ALEBRIJE No. 45*-
Viene doña Mercedes con la bolsa del mandado a cuestas. Penas de gente mayor hacen más grande la carga y más punzante un dolor en la espalda baja.
El camino que anda es siempre el mismo, le gusta porque le queda de paso la tiendita y las ventanas con rostros mirones que sólo de vez en cuando la saludan.
Doña Mercedes detiene los ojos sobre algunos puntos, pero ya casi no mira; apenas manchas.―¡Qué pronto se pasa la hora!―, dice para sí, somnolienta y algo perturbada, pensando que había luz al salir de casa y de pronto ya es de noche.
Muchas de las personas que distingue a través de las ventanas se le hacen conocidas. A veces, como en un sueño, se detiene a platicar con ellas, pero aquellas personas la ignoran y llevan la vista al tejido, a la sopa en la estufa o a los niños que juegan en el piso con carritos de plástico y canicas.
Ella no entiende por qué ya nadie la escucha y por qué amigos, parientes y vecinos, ya ni siquiera la miran. ―¿Qué habrás hecho, Merceditas?―, se pregunta a menudo, mientras busca en el delantal, salpicado de pipián rojo, la dirección de su hijo Héctor, a quien no ve desde hace mucho. Pero es como meter las manos en un hueco de aire; nunca encuentra respuesta.
Es muy raro que de momento vaya a su amada cocina para guisar mole o chicharrón en salsa verde, que tanto le gustaban a su hijo, y de repente se vea sola por la madrugada, en la oscuridad, soportando con la mandíbula tensa las cuchilladas de un frío más cortante que el del último invierno.
Otras veces intenta hablar con su hija y sus nietos, contarles de su dolor de espalda, sin que éstos se inmuten o le obsequien siquiera una mirada.
―¡Ay, cuánto dolor da llegar a vieja!―, dice, ―mientras más consecuenta una a los hijos, menos caso le hacen a una.
Todas las noches, sentada al comedor, llora mientras sus parientes descansan. Luego se levanta e intenta lavar los platos de la cena, pero se le resbalan de las manos y al final sólo obtiene astillas de cerámica en el piso.
Entonces el yerno de Mercedes enciende la luz y mira los pedazos, luego se asoma al pasillo buscando al gato de los vecinos, a un posible ladrón. Ella le ofrece disculpas, apenada, agachándose a recoger el tiradero sin lograrlo; las manos no le responden.
Hoy aprovecha el repentino encuentro para contarle acerca de los nuevos dolores que aquejan sus huesos, entumeciéndole las manos y haciendo torpes todos sus movimientos. El yerno, indiferente al leve “casi no puedo sentirlas”, arrincona los platos rotos con el pie. Ya los recogerá cuando amanezca.
Por la mañana los cinco integrantes de la familia se visten de domingo. La hija, el yerno y los tres nietos, de los cuales ya no recuerda bien el nombre, se meten apretujados en el vocho. Ella pide acompañarlos a lo que cree una fiesta. Como nadie le hace caso, entra por la fuerza en el asiento de atrás, junto a los niños.
Doña Mercedes pasa el camino riendo con ellos,logra intervenir en una plática hecha de frases sin hilo. Una bruma llena el espacio que queda en el carro por momentos y ella se pregunta si ya le empieza a fallar la vista.
Cuando llegan al salón de fiestas todos bajan del carro. Mercedes camina detrás, entra en un recinto que le parece muy bonito, tan lleno de flores que más semeja un jardín que un lugar techado. A lo lejos, los mariachis entonan un bolero de ausencias y promesas de no olvidar que a ella le gusta mucho.
Mira a su yerno tomar la mano de su esposa, mientras a ésta le escurren un par de lagrimones. ―¿Qué te pasó mi’jita chula, qué te hizo el pelado este?―, le pregunta al oído, sin obtener respuesta.
La pareja coloca en un florero un enorme ramo de claveles, reza al unísono el Padre Nuestro mientras ella intenta leer el nombre plasmado con letras doradas en una cruz de metal negro.
―¡Ave María purísima!, y ahora, ¿quién se habrá muerto?― dice, y por más que se esfuerza por leer el nombre, ni siquiera distingue las letras más grandes. Da media vuelta y se marcha. Sus pasos cada vez más livianos la hacen sentir que camina entre nubes.
Amanece, a lo lejos se escucha un trinar de pájaros. Mercedes despierta en la sala de su casa e intenta prender el televisor para ver las noticias como de costumbre, pero el control remoto no responde. ―¡Ya no tiene pilas la cochinada ésta!
De pronto escucha a lo lejos, como en un tiempo lejano, el canto de sus canarios. Se dirige a las oxidadas jaulas y dice: ―Qué pasó mi’jos, ya tienen hambre, ¿verdad? Ahorita vengo voy al mercado a traerles su alpiste y su nabo, no me tardo mis niños―. Una de las aves fija por un momento sus ojos diminutos en Mercedes, que se emociona; hace tanto tiempo que nadie la miraba. ―Y ora dónde dejaría yo mi monedero―, dice Mercedes, mientras mete las manos a la nada de su delantal de aire, buscando un monedero que dejó de existir hace algún tiempo. Después le parece ver a su hijo Héctor llamándola a lo lejos. Se desata el delantal, se aproxima a él y se marchan juntos, levitando con sus pies de viento.
*Alebrije No. 45. Director: Gerardo Pérez Muñoz








