09 de abril, 2020
Texto y fotografía de Jhogo Zandoval*
“La limitación de la libertad impuesta
por los gobiernos es aceptada en
nombre de un deseo de seguridad que
ha sido inducido por los mismos
gobiernos que ahora intervienen
para satisfacerla”.
Giorgio Agamben
Publicado en Quodlibet.it 26 de febrero, 2020
A mí me agarró la noticia de que no me podía mover a otro sitio en mi carro. Iba rumbo al desguace para entregarlo, porque con la regulación del gobierno los coches viejos tenían prohibido circular por la ciudad, así que, para evitar una multa y pedir la tarjeta verde que daban por entregarlo, era menester dejarlo en el chatarrero.
En la radio todas las emisoras transmitían lo mismo: la pandemia, la crisis, los muertos lejanos para entonces. El presente distópico seguía su curso en una versión más surreal, más cruel. Podía ver lo que ocurría desde la ventana y al escuchar las noticias se me completaba el panorama.
En las calles todavía se veía algún turista sin camisa con el coctel barato, con su sombrillita de colores en la mano, con esa carcajada espesa de borracho hiperalegre luciendo un bronceado de camionero de Wisconsin, con esa ignorancia, envidiable hasta cierto punto, del que no sabe lo que pasa.
Los días pasaban y ya no pude salir más del carro. Lo que pasaba afuera tampoco invitaba a hacerlo.

En los hogares desestructurados, tenían que convivir intensamente las 24 horas los 7 días de la semana con el hijo o la hija que aun no se emancipaba: 40 años drogadictx y alcohólicx, ¡que paraíso! Ni hablar del hecho que no habían camellos disponibles.
Los precios de las drogas se dispararon por la escases, los síntomas de la abstinencia empezaban a aparecer en muchas personas confinadas en sus casas, y eso le añadía más drama a la situación que estábamos viviendo. No había más alcohol que el que se tenía guardado, a parte del comprado para fines sanitarios.
No había trabajo por la orden de confinamiento y los servicios sociales ya no prestaban ningún servicio, a no ser, que la situación fuera de extrema necesidad, y con este escenario el término necesidad era muy relativo y cuestionable.
Sin dinero circulando por miedo a la contaminación cruzada, la única forma de intercambiar bienes era a través del comercio electrónico. Las criptomonedas empezaron a cotizarse en alta, los mercados bursátiles comenzaron a colapsar, el papel moneda perdió casi la totalidad su valor, no había aduanas funcionando, no se producía nada, todo estaba parado, era un caos que no podía ser comparado con nada ocurrido. El crack del 2020 había llegado a muchos niveles, más allá de lo económico. Esta crisis era económica, social, moral, sanitaria, política.
Los únicos que producían, mejor dicho, recolectaban, eran las empresas de metadatos. La humanidad encerrada no hacía más que interactuar con sus ordenadores con el resto del mundo. Las empresas que trabajaban para el big data estaban viviendo una bonanza de datos sin precedentes, quizá los mejores días desde su invención. La IA se nutria a una velocidad de vértigo. El advenimiento de una tecnología muy superior a lo predicho, gracias a la avalancha de datos, era inminente.

Conversaciones vía Skype, reuniones de trabajo vía teams, video llamadas por whatsapp, el gran hermano podía calarnos hasta el detalle nuestra más profunda intimidad. Toda, absolutamente toda nuestra manera de relacionarnos, con amigos, familiares, compañeros de trabajo, jefes, proveedores, amantes, estaba siendo monitorizada y aun más en estos días.
A los pocos días empezarían a aparecer los síntomas de la verdadera enfermedad. Ocultada hasta el momento por el gobierno mundial, la verdadera razón por la que nos habían mandado a encerrarnos en casa, la verdadera razón por la que durante 5 años nos hubiesen bombardeado con todas estas películas sobre zombis y desastres químicos.
La humanidad estaba preparada hasta cierto punto. La cultura del terror ya se había instalado en nuestras mentes y teníamos un nivel de tolerancia comparable a la de algún veterano de guerra. Las grandes productoras y los servicios de programación a demanda habían hecho lo suyo, Netflix, HBO, y todo los demás habían cumplido con su parte, los youtubers, instagrammers, habían empezado a producir, desde hace tiempo, contenido desde el encierro, desde una habitación, desde una bunker, desde un carro...

¿Desde hace cuánto tiempo estábamos confinados? Nadie se imaginó la importancia del paso de los segundos, salvo algunos conspiranoicos que siempre dijeron que el nuevo capitalismo había hecho metástasis por todo el mundo y no solo bajo el made in china. La gente dispersa por todo el globo, desde Londres a Caracas, desde Katmandú a Dakar, por todos lados había esbirros del nuevo orden, dueños de negocios, pequeños, grandes, complejos industriales, burdeles, peluquerías y centros de estética, donde, mujeres y hombres iban a hacerse las uñas.
Nadie se preguntaba, a donde iban a parar esas uñas cortadas, esos trozos de pellejo arrancados de sus cuerpos, nadie salvo yo, que por suerte seguía metido aquí, en esta nave de metal, mirando otras realidades.
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Jhogo Zandoval. Es chef, diseñador, creador visual, escritor. Nació en Venezuela y actualmente vive en Barcelona- España









