Lanzó una rápida mirada a la enorme multitud que seguía a su líder. Recordó los nombres de todos aquellos rostros bienaventurados que tanto añoró volver a ver algún día.
¡Cuánto tiempo separados!
Con lágrimas en sus ojos serenos caminó unos pasos. Extendió los brazos mostrando en sus manos los vestigios de aquellas heridas que los hierros le causaron.
Con esa voz que conmueve espacios, armonizando dimensiones y eternos planos, dijo, casi como si fuera un suave llanto:
—¡Oh. LUZBEL! ¡Tú, el de la Suma Virtud! ¡Bienvenido seas por siempre!
Aquellas palabras, dichas con tanta esperanza en la Eternidad, lograron lo imposible. El enigmático y escalofriante rostro del visitante comenzó a cambiar de expresión.
Primero imperceptiblemente, y después, claramente.
Aquella perenne mueca de profunda melancolía que siempre ensombreció su bellísima faz empezó a desvanecerse poco a poco.
Un chispazo de alegría recorrió todo su ser.
Dirigiéndose a su puesto en la Inmensidad, se colocó en su añejo lugar en la Vastedad.
La Luz más Bella entonó su embelesadora voz, y esparciéndola más allá de todo fin y más allá de todo principio, volvió a cantar el Himno de la Creación y de la Vida.
El Hermano Mayor había vuelto a casa








