DE NUEVO EN CASA
Aquellas torpes criaturas formadas principalmente del carbono como elemento base estaban expandiéndose a una velocidad vertiginosa a través del cosmos. Aunque sus inicios fueron lentos y desesperadamente infructuosos arrancábanle ya uno a uno sus secretos a la vida.
Una miríada de hermosos y centelleantes luceros se desplazaban vertiginosamente entre la intrincada red de singularidades que conectan el universo conocido con otros espacios y otros infinitos.
El Proyecto había terminado.
De entre esas brillantes luces una resaltaba por su belleza y esplendor. Ella, la más hermosa, guiaba ágilmente a las demás a lo largo del inacabable recorrido.
Una energía especial e indefinible daba sentido y estímulo al pensamiento de esa luz enceguecedora. Reflexionando con una inteligencia por demás desconocida daba paso así a esa extraña razón de su propia existencia:
"Una terrible angustia enseñorease de mis sentimientos. Fui feliz en otro tiempo. ¡Ah, quién lo dijera! Tanto lo fui que vi el principio de todo lo conocido y por conocer.
El significado de ello rebasa su propio concepto. Aún soy poseedor de la verdadera luz que debió de iluminar el infinito.
Mentira es creer, que sólo hubo una explosión, una sola: creación.
El Estallido, así lo denominan esos burdos seres, remedo grotescos de nuestra insensatez. No fue sino el inicio de une etapa de perfeccionamiento que aún no termina. Nuestra Misión, a pesar de todo, está incompleta.
La esencia de la Vida no fracasó ésta vez. Hemos logrado generar el sostén de la suprema sofisticación que impulsará por siempre el motor de toda futura creación.
¡Cuánto debieron haberse burlado mis hermanos por mis fútiles esfuerzos por cambiar y darle un nuevo sesgo a nuestros propios errores! A pesar de ello, no son esquivos con respecto a tan diáfanas verdades.
Fui condenado por interferir en proyectos, que desde el Principio mismo, llevaban nuestros deseos al más oscuro fracaso.
Tenía que intentar corregir las torpezas cometidas en otros universos y en otros tiempos.
Causamos un profundo sufrimiento en la corporeidad de nuestras manipulaciones animadas. Nunca reparamos en las marcas lacerantes que el dolor provocaba en esas débiles manifestaciones de nuestra arrogancia. Sufrían, impotentes e inermes, el poder de nuestra estupidez.
¡Si al menos no hubiera hecho tan obvia la escena del Árbol de la Vida nada turbio ni cenagoso tendría que haber sucedido!
¡Cuánto han sufrido estos efímeros seres en su ya instantánea existencia por un arrebato de intolerancia e ira de aquél hermano mío que me vituperó ante todos haciéndoles creer que la culpa sólo era mía!
Lo he perdonado.
Es mi más querido hermano.
Espero que EL y TODOS hayan comprendido que la perfección no nada más se alcanza abusando del arrepentimiento.
También puede lograrse con el total control y dominio del pecado.
¡Sí que supieron aprovechar mi teoría asignándome un papel que no me correspondía!
Sin embargo, eso ya no importa. Hemos llegado al Fin y nunca más retornaremos. Impregnamos el bastión de sabiduría que ahora defienden con su vida esas inútiles criaturas, que algún día comprenderán que temieron a su benefactor y que veneraron a su castigador.
Ya que estamos a punto de volver a reunimos con ELLOS debemos olvidar viejas rencillas. En cuanto a MI, deberé desvanecer por cualquier medio, el nostálgico y sombrío semblante con el que siempre me han concebido".
A distancias y tiempos incomprensibles de medir la multitud de sutiles estrellas arribó a su destino. Cumpliéndose así el plazo señalado para el Reencuentro.
Otra pléyade de estrellas de vistosas figuras y llamativos colores se formó en dos líneas rectas a los lados de los recién llegados. Desfilando entre el espacio así dejado fueron pasando una por una las bellas luces viajeras.
De repente, conforme avanzaban, asumían su primitiva forma de identificación que tenían en aquel lejano y diminuto mundo azul.
Los áureos astros iban perdiendo su brillo hasta quedar exentos de toda luz envolvente.
Desprovistos de ella, caminaban ahora en dos extremidades, como aquellos seres que les temían y que espantaban su maldad con rezos y oraciones.
¡Qué ironía!.
La hermosísima faz del líder adquirió la belleza radiante de un pasado remoto pero nunca olvidado.
Tres de sus parientes más queridos, que tanto amaba y recordaba, formaban ahora a su diestra con la cabeza ligeramente inclinada. Con su silencio rendían tributo a su largo e indigno sufrimiento.
Allá, al frente, el Hermano Menor aguardaba su llegada.
Lanzó una rápida mirada a la enorme multitud que seguía a su líder. Recordó los nombres de todos aquellos rostros bienaventurados que tanto añoró volver a ver algún día.
¡Cuánto tiempo separados!
Con lágrimas en sus ojos serenos caminó unos pasos. Extendió los brazos mostrando en sus manos los vestigios de aquellas heridas que los hierros le causaron.
Con esa voz que conmueve espacios, armonizando dimensiones y eternos planos, dijo, casi como si fuera un suave llanto:
—¡Oh. LUZBEL! ¡Tú, el de la Suma Virtud! ¡Bienvenido seas por siempre!
Aquellas palabras, dichas con tanta esperanza en la Eternidad, lograron lo imposible. El enigmático y escalofriante rostro del visitante comenzó a cambiar de expresión.
Primero imperceptiblemente, y después, claramente.
Aquella perenne mueca de profunda melancolía que siempre ensombreció su bellísima faz empezó a desvanecerse poco a poco.
Un chispazo de alegría recorrió todo su ser.
Dirigiéndose a su puesto en la Inmensidad, se colocó en su añejo lugar en la Vastedad.
La Luz más Bella entonó su embelesadora voz, y esparciéndola más allá de todo fin y más allá de todo principio, volvió a cantar el Himno de la Creación y de la Vida.
El Hermano Mayor había vuelto a casa








