23 de octubre de 2014
La tortuga vivía sola en el jardín.
Lo que más le gustaba era zambullirse en su piscina y flotar en ella como un barco a la deriva.
Hacerse pasar por un cocodrilo, pasear por el jardín y pisar las hojas secas de las buganvillas y oírlas chisporrotear bajo sus patas.
Una tarde se encontró a dos ranas bañándose en su piscina. Pero las ranas se pasaban el día croando sin parar y apenas mira-ban a la tortuga.
La tortuga dejó entonces de bañarse tan a menudo, y prefirió dar largos paseos por el jardín.
Una mañana encontró una pareja de pájaros picoteando las manzanas del suelo. Pero los pájaros buscaban las mejores man-zanas para comer, y apenas miraban a la tortuga.
La tortuga, entonces, se cobijó entre las hojas húmedas de la hiedra. Uno de esos días llegaron varios caracoles, pero pronto se encerraron en sus conchas a esperar que cayeran las primeras go-tas de lluvia, y a la tortuga ni la miraron siquiera.
La tortuga se sintió muy triste y muy sola. Ni pisar las hojas secas de las buganvillas la hacía feliz.
Y aprovechando el descuido del jardinero, con sus recuerdos a cuestas se marchó del jardín.
© De esta edición: F. G. C. / Comunicación, Oralidad y Artes (COMOARTES)
© Los autores, de los textos que se publican amparados por las Bases del
Concurso Internacional de Microficción para Niñas y Niños “Garzón Céspedes”.
Cátedra Iberoamericana Itinerante de Narración Oral Escénica (CIINOE)








