23 de octubre de 2014
Lucía nunca quiso enseñar a sus padres lo que guardaba en su baúl porque pensó que quizá se asustarían. Se lo habían regalado cuando cumplió cinco años y era su tesoro más preciado. Pero una mañana, cuando Lucía bajo a la cocina para desayunar, encontró a su padre muy triste y a su madre apenada. Lucía pensó que se les pasaría pero por la noche seguían igual y, para colmo, no le decían lo que pasaba. Estaba desesperada, quería ayudar a sus padres, así que decidió hacerlo, tomaría medidas drásticas.
A la mañana siguiente Lucía fue a la cocina, cogió a sus padres de la mano, los llevó a su habitación y les abrió el baúl, nerviosa, aun-que esperanzada. Sus padres al ver lo que había dentro, casi se caen al suelo de la impresión: pero no de miedo, estaban maravillados... Lucía llevaba dos años guardando sus mejores sueños al despertar y, así, había atesorado mil hadas de colores, varios duendecillos de cristal, barcos de estrellas, palomas de plumas do-radas, sirenas con cabellos de plata, gigantes enanos y enanos gi-gantes. Sus padres por fin sonrieron. Sólo se arrepentía de una cosa: de no haber compartido antes su secreto.
© De esta edición: F. G. C. / Comunicación, Oralidad y Artes (COMOARTES)
© Los autores, de los textos que se publican amparados por las Bases del
Concurso Internacional de Microficción para Niñas y Niños “Garzón Céspedes”.
Cátedra Iberoamericana Itinerante de Narración Oral Escénica (CIINOE)








