
09 de diciembre de 2013
Abel Pérez Rojas conversa con Antonia Estarlich y Erika Paola Miceli León sobre los funerales de Nelson Mandela.
Los sudafricanos no están llorando. O no mucho. Quizá lloren más adelante, durante el funeral, pero las escenas en la calle donde vivió Nelson Mandela son festivas, gente de todas las razas y todas las religiones bailando y cantando día y noche, escenificando lo mejor de su país, que es lo mejor del ser humano, encarnado en la figura del que fue el padre de la nación. Mandela salió de la cárcel hace casi 24 años como luchador para la libertad de los negros, como temible terrorista para la mayoría de los blancos. El domingo, como cada día desde que murió Mandela el jueves pasado, se mezclaban blancos y negros, judíos y musulmanes, mestizos e hindúes, pequeños y mayores, ricos y pobres en los alrededores de la casa donde él vivió sus últimos años, la imagen viva de la nación del arcoiris con la que Mandela soñó, por la que luchó durante la mayor parte de su vida y que, finalmente, él construyó. Ningún grupo se atribuía mayor derecho a celebrar el recuerdo de Mandela. A nadie en el contingente negro jamás se le hubiera ocurrido preguntar: ¿qué hacen tantos blancos aquí? ¿qué derecho tienen nuestros antiguos opresores a reclamar a Mandela como suyo? Una mujer blanca algo diferente a los demás blancos ahí, porque había estado en la cárcel en los años 80 por su militancia contra el apartheid, hizo un interesante comentario. “¿Sabe por qué se respira un aire tan fresco y puro aquí? Porque no hay políticos de por medio”. Era verdad. (Fuente: http://internacional.elpais.com)








