Por un beso de Gardel
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-Varones en la Intimidad-

3 de diciembre de 2013

Interesante y hasta conmovedor puede resultar besarse en la mejilla con otros hombres, es el saludo típico acuñado a los rioplatenses o bien, hasta ahora es lo que conozco. Esta anécdota, me ha llevado a plantear varias interrogantes con respecto a la relación que los hombres tenemos con nuestro cuerpo y con el de otros varones, es decir ¿cómo sociali-corporalizamos entre hombres? No sé si ese término existe o es correcto, pero así lo pienso. De qué manera se inscribe en el cuerpo lo que intercambiamos con otros hombres, dónde hace lugar o cómo se simboliza, a dónde va a parar o cómo sigue su curso.

Si bien es cierto que ya es muy difundido que las masculinidades no son naturales sino que suelen conformarse en la socialización (Cazés, 1995), es importante destacar que en el tema del cuerpo la referencia que persiste de forma muy arraigada es la de asemejarlo con la genitalidad; ahí subsisten interrogantes para pensar. Algunas disciplinas o campos de saber han contribuido para que se conforme ese binomio, pensemos por ejemplo en el psicoanálisis y el mito -freudiano- del Edipo y con eso ya tenemos bastante para reflexionar.(1)  

Considero que es por tal motivo que el saludo a otro hombre con un beso, es casi impensable en otros lugares y es por demás lamentable que así sea porque de inmediato se asocia a la homosexualidad, al deseo de esos dos varones que se saludan.

El beso en la mejilla entre otras cosas, es un símbolo de cercanía, de familiaridad con otra persona y en este caso con otro varón; en otros contextos representa respeto y veneración. Recordemos aquellos obscuros besos foxistas dados a la argolla de Karol W., o el saludo de beso que se dan a los padres y abuelos de la familia, o incluso el famoso beso entre padre e hijo de los Fernández. Difieren los contextos, las intenciones, los protagonistas pero incluso en el beso porteño persisten las masculinidades tradicionales, misóginas y homofóbicas.

Corporalidad, cercanía, respeto a la autoridad, diferencias culturales y homofobia son sólo algunos temas que reviven cuando se piensa en un simple beso entre varones. Considero importante apuntar sobre esto porque en la labor de desarticulación de la violencia de los hombres, el trabajo de reconocimiento y vivificación corporal son fundamentales para facilitar un cambio. Desprenderse de la idea de que los hombres somos el paradigma de la humanidad es deshacerse de la armadura que nos asfixia pero que por los privilegios muchos aún preservan. Siguen haciendo daño, seguimos haciéndolo. En el trabajo grupal cuando se llega al plano corporal, encontramos una dificultad si los hombres sólo accedemos al cuerpo desde la idea de genitalidad.

Mientras recorro la huella que deja la experiencia de saludarse con un beso, recupero que en alguna ocasión estuvo acompañado de un golpe en el hombro, incluso recuerdo que después de esa experiencia y seguramente por mi cara de desconcierto el otro pibe me ofreció disculpas y me explicó que entre más fuerte era el abrazo o la palmada significaba mayor estimación por el otro. Lo entendí, agradecí la explicación pero más aún el aprecio con todo y el hombro enrojecido, pero también eso me hizo pensar con qué facilidad accedemos los hombres a la rudeza, palmadas o golpecitos, saludos fuertes, etcétera; la cuestión que planteo es cómo hemos llegado a asociar el aprecio con eso, el afecto demostrado con fuerza, el vigor como sinónimo de mayor aprecio, el estrujamiento como una expresión de cariño con otro del mismo género. Aunque así lo pienso, ya después disfruto mucho del intercambio con esos compas rioplatenses.

Eso pasa en un lugar específico del Sur de nuestra América, pero en México desde luego se conforman diferentes maneras de intercambio y saludo entre varones. Considero que es más común el saludo de mano, alejado, con respeto, cordialmente, por ahí un abrazo, algunos comentan “hay que ver a los ojos mientras saludas”, otros más aprietan la mano o de plano no la extienden mucho y saludan casi con la punta de los dedos. Saludar con un beso entre varones, es casi nulo aunque sí se observa más entre hombres no heterosexuales.  

El problema que quisiera dejar para pensar no es uno sino varios: cuáles son las posibilidades que tenemos los varones para demostrarnos afecto incluso, desde el inicio con el saludo; frente a qué situaciones la rudeza adelanta brecha ante el contacto corporal entre varones; otro sería, de qué formas vivimos el intercambio corporal con otros de nuestro género y qué hacemos o qué falta por hacer, para dejar de fusionar el cuerpo con la genitalidad y a su vez, con el deseo.

Con la anécdota del beso que comparto desde luego no es mi intención mostrarlo un “ejemplo de equidad” o de “sociedad avanzada” versus todo lo contrario, porque como mencioné aunque se saluden de beso en la mejilla entre varones persisten las masculinidades misóginas y homofóbicas; lo que sí considero es que estamos en tiempos de accionar y filosofar con el martillo como bien apuntaría F. Nietzsche, crear y aplicar otras formas de relacionarnos con las mujeres o entre varones.

(1)  Ver:
Freud, Sigmund (1901-1905) Tres ensayos de teoría sexual. Obras completas. Volumen VII, Buenos Aires, Amorrortu.
____________ (1910) Cinco conferencias sobre Psicoanálisis, Un recuerdo infantil de Leonardo da Vinci, Obras completas. Volumen XI, Buenos Aires, Amorrortu.
____________ (1924) “El sepultamiento del complejo de Edipo” en El yo y el ello. Obras completas. Volumen XIX,  Buenos Aires, Amorrortu.

DanielRodrigoDaniel Rodrigo Aguilar López es Psicólogo, actualmente colabora en la Red Argentina de masculinidades por la equidad - lazoblanco.org - en temas de equidad, género y subjetividad masculina.
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Bibliografía
Cazés, Daniel  (1995). “La dimensión social de género: posibilidades de vida para mujeres y hombres en el patriarcado.” En  Antología de la sexualidad humana. México: Consejo Nacional de Población.

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