¿Utilizamos solamente un 10% de nuestro cerebro?
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4 de diciembre de 2011

Muy frecuentemente se expresa que utilizamos el cerebro solamente en un 10% de su capacidad total. La pregunta obligada sería: ¿De dónde surgió esta afirmación? Muy probablemente de Albert Einstein (1879-1955), quien era un irónico sensacional. Y es que ¿A quién no le gusta la idea de ser un genio en potencia? Esto se ha aprovechado para que sectas como la “Cienciología” o la del Pensamiento Positivista de la “Nueva era” esgriman la afirmación para reclutar adeptos. En un libro muy popular: How to Win Friends and Influence People (Cómo ganar amigos e influir en la gente) de Dale Carnegie también se asegura que la mayoría de las personas sólo utilizamos el 15% de nuestros cerebros. Sin embargo, por muy atractiva que pudiese parecer esta afirmación, definitivamente carece de fundamentos científicos.  


En primer lugar, desconocemos cómo funciona realmente el cerebro. Nuestro conocimiento de la inteligencia es todavía más limitado -tanto que incluso es muy complicado definirla-. La tecnología actual ha condicionado avances importantes, dentro de los que sobresale la Tomografía por Emisión de Positrones (o PET por sus siglas en inglés); pero aún no sabemos casi nada sobre cómo se procesa la información. Lo que sí sabemos es que ciertas actividades se originan en la corteza cerebral y que algunas evocaciones de memoria se almacenan ahí. Pero no sabemos dónde ni cómo se almacenan, cómo podemos traer a la memoria nuestros recuerdos, ni cómo podemos producir nuevas ideas. Una buena parte de lo poco que sabemos nos ha llegado mediante estudios de personas cuyos cerebros han sido dañados por lesiones accidentales, infartos cerebrales o tumores.


En base a esto podemos suponer simplemente que esta creencia tan popular es equivocada ya que si fuera cierta, las circunstancias en las que se daña el cerebro no tendrían consecuencias tan dramáticas como para reflejarse en nuestra capacidad de pensar, hablar y recordar. ¿Creía pues este mito el mismo Albert Einstein? De hecho, pudo haberlo utilizado como una respuesta irónica cuando un periodista le preguntó simplemente “por qué era más listo que otras personas”.


Nuestros cerebros poseen una asombrosa capacidad compensatoria.  Tras un infarto cerebral (como en las embolias), algunas de las funciones perdidas pueden ser tomadas por otras porciones intactas. Así mismo, la región del cerebro relacionada con el control de cierta función (como las manos por ejemplo), se desarrollan más al aprender por ejemplo a tocar un instrumento musical.  Otro ejemplo es con las personas que pierden un sentido (los invidentes o los que se quedan ciegos por mencionar un caso), en quienes el sentido del tacto o el oído, mejora grandemente para compensar la falta.


Por otro lado, existe la duda con respecto al tamaño: ¿Puede un cerebro más grande albergar una inteligencia mayor? Se sabe que existen dos componentes del cerebro conocidos como “sustancia gris” y la “sustancia blanca”.    Aunque ha sido muy controvertida hasta ahora la idea de que el tamaño tiene una relación directa con la capacidad intelectual, sí existe un vínculo entre las cantidades de sustancia gris y funciones superiores como el lenguaje y otras manifestaciones de inteligencia.


En junio de 1999, investigadores de la Universidad McMaster de Ontario (Canadá) comunicaron que el cerebro de Albert Einstein tenía algunas peculiaridades morfológicas que podrían haber influido en su gran capacidad de pensamiento espacial y matemático.


Einstein, que donó su cerebro a la ciencia para que fuera investigado, tenía un cerebro muy similar al de la mayoría de las personas, pero las áreas relacionadas con el cálculo y la comprensión o percepción “espacial” (sus lóbulos parietales estaban algo expandidos a costa de los temporales) presentaban hasta un 15 por ciento más de desarrollo. En otro estudio, Paul Thompson (investigador de la Universidad de California, en Los Ángeles), ha advertido que no se puede utilizar el tamaño del cerebro en general como indicador de la inteligencia de una persona, pero, como media estadística -asegura- la idea se puede sostener.

 

¿Y la inteligencia?


Habría primero qué definirla. De Shakespeare y Mozart afirmamos contundentemente que eran genios, pero: ¿eran inteligentes? Tenían un talento extraordinario pero sus vidas fueron efectivamente un verdadero desastre.


En fin. Muchas cosas podrían discutirse, pero algo podemos concluir en definitiva. Cuando escuchemos a alguien citar el mito urbano acerca de que “utilizamos sólo el 10% o el 20% de nuestro cerebro” debemos afirmar que es falso. Esto condicionaría que no cayésemos en los engaños de sectas peligrosas; podría ser una manera útil de influir en los demás para generar pensamientos críticos y sobre todo, para aceptar con humildad que nuestros conocimientos son parciales e infinitamente pequeños dentro de nuestras aspiraciones a conocer, en su totalidad, la naturaleza de las cosas.


Jose_Gabriel_Avila-RiveraJosé Gabriel Ávila-Rivera es médico egresado de la BUAP, especialista en Epidemiología e investigador del Proyecto de Salud Ambiental y Humana, Departamento de Agentes Biológicos, Facultad de Medicina de la BUAP

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