He aquí al mono (Artículo)
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26 de junio de 2022

 

El mundo iluminado

 

Todos los días nos vestimos. Usamos ropa para abrigarnos, aunque también para destacar nuestra belleza o para ocultar lo que detestamos de nuestro cuerpo. La vestimenta tuvo en un principio un uso práctico, de supervivencia, pero, después, cuando las necesidades básicas habían sido resueltas, la indumentaria adquirió un uso simbólico ligado a significados de fuerza, de hermosura, de poder, de estatus, etcétera. La ropa que portamos cuando es bien utilizada nos da distinción, pero cuando ésta adquiere más la condición de un harapo corremos el riesgo de ser rechazados, pues esta sociedad valora a partir de lo que mira, aun sabiendo que son ilusiones.

El tema de la vestimenta parece vano por el abuso que ha sufrido por parte de la industria de la moda, mas es complejo, como también podría serlo el de la moda si lo revisamos con un interés sociológico y antropológico. Hablar de la vestimenta es complicado porque implica hablar también de la desnudez y es en este punto en donde la sociedad, cualquiera que ésta sea, cae en un precipicio de tabúes y prejuicios, pues, aunque todos estamos de alguna manera desnudos, nos comportamos no sólo como si las prendas que portamos hubieran estado con nosotros desde siempre, sino, además, como si la desnudez fuera en sí misma nociva y esto es así porque así como hablar de ropa implica hacerlo también de la desnudez, hablar de desnudez nos lleva, forzosamente, a tocar el tema de la sexualidad. Sí, es absurdo, pero el ser humano le teme a aquello que lo conforma, llegando incluso a repudiarlo: su cuerpo.

La condena de la desnudez, en la historia espiritual de la humanidad, aparece en el libro de “Génesis”, capítulo tres. La narración ocurre en el Paraíso y mediante un diálogo entre la serpiente y la mujer, quien termina violando la única ley impuesta por Dios: no comer del árbol prohibido, el cual no es otro que el árbol del conocimiento del bien y del mal. Tan pronto como Eva prueba el fruto, compartiéndolo con Adán, ocurren dos efectos: ellos abren los ojos y, enseguida, descubren su desnudez, la cual buscan ocultar con hojas de una higuera. Evidentemente el lenguaje es simbólico, pues los ojos a los que se refiere el relato no son los de carne, sino los de la consciencia, y la desnudez, además de la física, es la del estado de ignorancia en que se hallaba la pareja primigenia. La sexualidad y su correspondiente censura se muestra en el momento en el que los padres míticos tapan su piel con hojas de una higuera, siendo éstas las primeras vestimentas de la humanidad y que, más que tener un uso enfocado a la supervivencia física, fueron empleadas con fines sapienciales, es decir, esconder a la ignorancia.

Independientemente de nuestros apegos dogmáticos, la doble desnudez a la que el relato bíblico se refiere la poseemos todos, pues ninguno de nosotros se salva de estar en un estado de ignorancia, como tampoco de poseer un cuerpo que de vez en cuando pierde sus atavíos; cierto es que de estas dos desnudeces, generalmente preferimos atender más a la física que a la intelectual, pues los placeres son mayores en el cuerpo que en el espíritu, no importando que las consecuencias sean adversas posteriormente. Estamos enamorados de la desnudez, sobre todo de la ajena, no hay día en el que no la elogiemos al mismo tiempo que, hipócritamente, la neguemos, la condenemos, la censuremos como le ocurrió a la pareja primigenia cuando abrió los ojos. La desnudez, más que la ropa, nos otorga distinción, al mismo tiempo que nos pervierte.

Pero no nos limitemos a abordar el tema de la desnudez desde la visión simbólica, pues aunque ésta es sinónimo de no tener nada, también, irónicamente, posee numerosas interpretaciones, pensemos por ejemplo en las biológicas y culturales que Demond Morris nos da en su obra “El mono desnudo”, en la cual intenta estudiar al hombre (en su sentido de especie) con el mismo tratamiento que un zoólogo aplica con otras especies animales, pues no tenemos que olvidar que, a pesar de nuestras capacidades intelectuales, somos animales, mamíferos, específicamente, que en algún punto de su evolución perdieron la mayoría de su pelaje, hecho que para Morris es fundamental para intentar comprender nuestra complejidad animal.

En “El mono desnudo”, Morris destaca que el hombre es el único homínido, de los casi doscientos existentes, que no tiene pelo, lo cual, más que tomarse como un dato frívolo, debe de estudiarse con profusión. Esta falta de pelaje fue la que lo llevó a inventar la ropa, sin embargo, antes de que eso ocurriera fue necesaria una lenta y progresiva evolución de nuestro cerebro, órgano por el que hoy somos catalogados ‘homo sapiens’, es decir, ‘hombres que piensan’, sin embargo, ni siquiera nuestras redes neuronales nos evitan que al vernos al espejo contemplemos algo más que un mono desnudo. Morris apunta lo siguiente:

«El comportamiento de nuestra especie demuestra que la evolución se cumplió sólo en parte, y que nuestros antiguos impulsos de primates siguen reapareciendo. Hemos inclinado la cabeza ante nuestra naturaleza animal y admitido la existencia de una bestia que se agita en nuestro interior. Y ahí tenemos a nuestro Mono Desnudo, vertical, cazador, territorial, cerebral, primate por linaje y carnívoro por adopción, dispuesto a conquistar el mundo».

Volviendo al lenguaje simbólico, la desnudez de Adán y Eva encontrará un eco en la de Cristo cuando es azotado en la columna. La desnudez de Cristo es un símbolo de humillación y de castigo semejante al de la pareja del “Génesis”. El castigo de su desnudez les llegó por haber abierto los ojos ¿y no es esto lo que también pasa con nosotros, los monos desnudos? Presumimos una etiqueta de ‘homo sapiens’ que estamos lejos de comprender. ¿No son nuestras ciudades inmensas selvas destinadas a la satisfacción de un instinto criminal? Todos los días nos vestimos, pero estamos desnudos y con los ojos cerrados. Cuando Cristo dejó de ser azotado por sus iguales, Pilatos lo presentó desnudo diciendo «Ecce homo (He aquí al hombre)», pero nosotros sólo podemos aspirar a decir, sin lavarnos las manos: ‘Ecce mono’, he aquí al mono.

 

Miguel Ángel Martínez Barradas, académicamente tiene estudios de posgrado en literatura. Profesionalmente se ha dedicado al periodismo, a la edición de textos y a la docencia. Como creador tiene publicaciones en poesía y fotografía. En cuanto a sus intereses investigativos, éstos se centran en la literatura y filosofía grecolatinas; el Siglo de Oro español; el hermetismo; y la poesía hispanoamericana.
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