Andar y ver el mundo (Artículo)
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15 de mayo de 2022

 

El mundo iluminado


El tema de la vocación siempre ha sido complejo, sobre todo durante la etapa de la juventud, pues cómo esperar que alguien que apenas inicia su sendero elija un modo de vida, algo a lo que se dedicará el resto de sus días. Además, en el tema vocacional nos han mentido a todos, pues generalmente se nos dice que aquello que elijamos será lo que siempre haremos, dándonos a entender que somos incapaces de desarrollarnos en diferentes ámbitos; de alguna manera, a los jóvenes se les mutila mentalmente, se les adoctrina, condiciona y pasan a la adultez con dudas, temores e inseguridades, pues además de que no saben qué es lo que quieren para sí mismos, piensan que solamente cuentan con una opción, cuando no es así. La vida no es más que una serie de malas decisiones que en algún momento e imprevisiblemente se tornan en buenas.

La palabra vocación viene del latín ‘vocare’ que significa llamado y esto es porque en un principio la palabra estaba relacionada con el contexto religioso, así, la vocación era el llamado que Dios hacía de sus hijos para que éstos se sumaran a las filas de la iglesia ya fuera como sacerdotes, como monjas o con cualquier otra jerarquía menor y de intereses doctrinales. Posteriormente la palabra vocación se secularizó, es decir, pasó a ser parte del habla coloquial y fue en ese momento en donde su significado pasó a tener el sentido que le damos hoy en día: el de profesión, de camino de vida.

Independientemente de si la vocación es entendida desde su visión religiosa o secular, pareciera que el puente que hay entre ambas es el del servicio, pues la vocación, el llamado, la profesión que uno elige es para servirse a sí mismo de la misma manera en que uno lo haría con los demás. Dicho lo anterior, podríamos proponer, entonces, que la vocación siempre va emparentada con el bien, pero cabe la pregunta: ¿es posible que la vocación, ese llamado que le da sentido a nuestras vidas, se vincule con el mal? Pensemos, a priori y sin juzgar a nadie, en la vocación militar, cuyo único objetivo es la guerra, que no es más que el asesinato de la inocente mayoría a fin de defender los intereses de una culpable minoría que se escuda bajo el discurso de la justicia y de la paz, pero lo cierto es que esta minoría jamás ha conocido estas virtudes.

Decíamos que la vocación, en un inicio estaba conectada con la vida religiosa y que fue hasta su secularización cuando la palabra se entendió como profesión profana, es decir, no religiosa. A manera de ejemplo, citemos aquí la vida de una polémica mujer que deja ver en su vida la presencia de la vocación en su sentido doble: el espiritual y el secular. Catalina de Erauso nació en San Sebastián, en el País Vasco, España, en las postrimerías del siglo XVI, concretamente, en el año de 1585. Catalina, acatando la disciplina familiar, entró al convento cuando era una niña de cuatro años, pues este espacio garantizaba una oportunidad de educación. Catalina no fue una niña fácil y siempre dio a sus padres, hermanas y demás familiares motivos de gran pena y angustia debido a su carácter colérico. Ella fue hija de un militar respetado y fue su buena posición económica lo que le permitió desarrollarse, hasta cierto punto, sin límites. Catalina se hizo monja muy joven y puesto que nunca le gustó la vida conventual, buscó la manera de escapar de sus muros a fin de conquistar su libertad, ¿acaso fue ésta su verdadera vocación? Pensémoslo tranquilamente, no es poco considerar a la libertad como una vocación, una vocación, curiosamente, para pocos, pues la mayoría prefiere la comodidad de la esclavitud.

Catalina aspiraba a la libertad y su vocación religiosa, considerando que el convento no fue más que una imposición, fue ilusoria, inexistente, y así, cuando ella tenía quince años de edad consiguió hacerse con las llaves del convento y se escapó de éste dejando, dice su “Autobiografía”, su escapulario colgado en la última cerradura, queriendo decir simbólicamente que clausuraba para ella y para siempre las puertas de la fe. ¿Qué hizo, este espíritu rebelde, tan pronto como estuvo, nuevamente y después de once años, en la calle? Se escondió en un callejón, cortó su cabello, zurció su ropa y se disfrazó de varón (¿habrá sido un hombre atrapado dentro de un cuerpo de mujer?), imagen que mantendría hasta el final de sus días, en el año 1650.

¿Pero todo esto, qué tiene que ver con que si la guerra puede ser una vocación? Resulta que Catalina cambió su nombre al de Francisco Loyola; da la impresión de que cuando entró al convento a los cuatro años murió para el mundo, pero al salir de éste renació como hombre. Catalina, salvo en contadas ocasiones, no utilizó su nombre femenino nunca más y en sus haberes, los cuales dejó registrados en una biografía escrita por ella misma, hay, con minucioso detalle, sendas historias de muerte, pasión y sangre, puesto que de haber sido una monja dominica, Catalina pasó a ser una militar española enfrentándose contra los indios mapuches en Chile y alrededores. La destreza que Catalina tuvo con la espada la llevaron a triunfar en tantas batallas que sus aliados, sin saber que se trataba de una mujer, le dieron el rango de alférez, con el cual podía liderar tropas de miles de hombres en sudamérica y que aprovechó para masacrar indígenas. Se dice que Catalina era tan cruel que incluso la iglesia intentó ponerle un límite y es que Catalina, si bien luchaba contra indígenas mayoritariamente, no dudó en llevarse la vida de algunos españoles, incluída la de su hermano, a quien le atravesó el corazón con su espada.

Si bien Catalina destacó por su destreza en el arte de la guerra, su vocación, ya lo dijimos, fue la libertad. Ella lo dice bien en su “Autobiografía”: «era mi inclinación andar y ver el mundo». La vida de Catalina es apasionante y hay que leerla sin olvidar su crueldad hacia los mapuches a fin de no idealizarla. Fue el papa Urbano VIII, a quien le confesó que era mujer, quien le dio el epíteto de la “Monja alférez” y luego de esto gozó de gran fama tanto en Europa como en América. Catalina se instaló en Orizaba, Veracruz y pasó sus últimos años junto al Citlaltépetl, el cerro de la estrella, cumpliendo con su vocación: andar y ver el mundo.

 

Miguel Ángel Martínez Barradas, académicamente tiene estudios de posgrado en literatura. Profesionalmente se ha dedicado al periodismo, a la edición de textos y a la docencia. Como creador tiene publicaciones en poesía y fotografía. En cuanto a sus intereses investigativos, éstos se centran en la literatura y filosofía grecolatinas; el Siglo de Oro español; el hermetismo; y la poesía hispanoamericana.
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