Un visitante inesperado (Artículo)
Minuto a Minuto

 

 

 
8 de mayo de 2022


El mundo iluminado

 


A Francisco Rolando Reyes y Muñoz,
quien venció a la materia trascendiendo en la Idea


Podemos afirmar, sin temor a errar, que diariamente nos vamos a dormir confiando en que mañana todo seguirá igual, o que al menos el día a día mantendrá ese parcial equilibrio que con esfuerzos hemos logrado. Nos vamos a dormir confiando en que al amanecer seguirán a nuestro alrededor las mismas personas que, por las razones que cada quien se haya forjado, amamos o rechazamos, o que incluso podríamos odiar. Sin embargo, nada es lineal y todo movimiento estable en algún punto colapsa, se curva, se quiebra; la vida, frágil, es porcelana temiendo asomar una grieta. Todos nos vamos a dormir confiando en que despertaremos y así lo hacemos, pero hay momentos en los que los demás se quedan en dormidos, no una noche, sino para siempre.


La rima número LXIX del poeta español Gustavo Adolfo Bécquer dice así: «Al brillar un relámpago nacemos y aún dura su fulgor cuando morimos; ¡tan corto es el vivir! La Gloria y el Amor tras que corremos sombras de un sueño son que perseguimos; ¡despertar es morir!» ¿Y es que acaso la vida no dura, como dice el poeta, lo mismo, o incluso menos, que un fulgor o, como dice la sabiduría popular, que un parpadeo? Ayer fuimos niños jugando con otros niños, fuimos niños soñando con ser adultos, pero hoy somos adultos soñando con volver a ser niños, adultos soñando los mismos sueños de cuando niños, adultos temiendo soñar con la noche en que no habremos de despertar de nuevo. Nacemos con la luz de un relámpago, pero es nuestro tiempo tan efímero, que aún dura el brillo de aquella evocación celeste cuando expiramos. Nacemos con la luz, pero en nuestro tropezado andar terminamos persiguiendo sombras fugitivas, sombras que de un sueño son; espejismos. El dinero, el poder, los bienes materiales y la fama sombras son de un oscuro dormir.

Durante el día esperamos la llegada de la noche para poder dormir y descansar, pero no nos damos cuenta de que ya vivimos dormidos y por eso es que cuando el otro no despierta y nuestro día a día se ve interrumpido por esa grieta que la porcelana teme, sufrimos.

¿Pero es que realmente esta vida es, como dice el poeta, más corta que el fulgor de un relámpago? ¿No será, más bien, que nos hemos empeñado en desperdiciarla consumiendo sombras? Pues no podemos negar que el tiempo muchas veces lo consumimos en rencores, en enojos, en rencillas, en una entrega inmisericorde a la pereza o trabajando horas extras (aunque la vida no tiene nada extra) para adquirir lujos que no nos enriquecen de ninguna manera. ¿Y qué es lo que pasa cuando vemos que el tiempo se nos agota y que los demás duermen su última noche y nunca más despiertan?, pues que queremos hacer un ahorro de los residuos que nos quedan en el fondo del vaso, pero esto no es más que un absurdo, pues por estar persiguiendo sombras, no nos dimos cuenta cuando nuestra copa, junto con las de los demás, se consumió.

Aprovecha el día, lo escuchamos todos los días, ¿pero cuántas veces lo llevamos a cabo? Y ya no digamos un día, sino tan sólo un minuto, ¿cuántos de nosotros podríamos decir que podemos vivir plenamente cada uno de los sesenta segundos de un minuto? ¿Cuántos de nosotros podríamos afirmar que ese fulgor con que nacimos se mantiene resplandeciente durante cada segundo de uno de nuestros minutos? ¿Cuántos podríamos mantener nuestra atención alerta a fin de evitar que la contada agua con que hemos sido premiados se nos extinga? Saber aprovechar el aquí y el ahora es una virtud que pocos conquistan y que muchos menosprecian.

Ya lo dijimos, pretender hacer un ahorro con lo que nos queda en el fondo del vaso es un absurdo al que nos entregamos cuando nuestro diario vivir se quiebra, cuando nuestra porcelana se agrieta, cuando ese otro que nos acompaña duerme, sin que nadie lo sepa, para nunca más despertar. Dolor, angustia, arrepentimiento son algunos de los venenos que nuestras heridas supuran cuando la normalidad cotidiana se torna anómala, lo increíble es que en estas situaciones en lugar de que el ejercicio de consciencia se sobreponga ocurre lo contrario y así, uno termina entregándose, nuevamente y más presurosamente, a consumir sombras y todo porque sencillamente uno nunca se preparó para la visita de ese visitante inesperado: la muerte. Qué dichosos seríamos si desde hoy le tuviéramos la mesa lista y nuestro equipaje hecho a aquella que sin decir nunca ni una sola palabra nos hizo saber que un día se presentaría en nuestra puerta.

Sobreponerse a la aflicción sería mucho más sencillo si todos los días nos fuéramos a dormir desconfiando en el mañana, pues esto nos ubicaría en el aquí y en el ahora, lejos de las sombras y del egoísmo. ¿Existe algún remedio para nuestra imperfecta condición? Recetemos, por ahora, las mismas cuatro medicinas que el filósofo Epicuro recomendó en su tiempo: «Uno: El ser feliz e inmortal no tiene preocupaciones ni las causa a los demás; así que no está sujeto ni a la ira ni a la benevolencia; pues todo lo de este orden está en el ser débil. Dos: La muerte no nos importa nada, porque lo disuelto no tiene sentidos y lo insensible no tiene nada que ver con nosotros. Tres: El límite de la magnitud de los placeres es la sustracción de todo el dolor. Y dondequiera que esté el placer y durante todo el tiempo que esté, no hay dolor físico ni tristeza ni ambos en conjunto. Cuatro: No dura sin interrupción el dolor en el cuerpo, sino el dolor agudo queda durante el mínimo tiempo y el que apenas supera el placer en la carne no dura muchos días; las enfermedades largas tienen en el cuerpo mayor placer que dolor.»

Las cuatro medicinas de Epicuro podrían resumirse de la siguiente manera: Uno: No le temas a Dios, pues no sabemos si realmente existe ni si le importamos. Dos: No le temas a la muerte, pues cuando vives ella no está y cuando llega, tú ya te has ido. Tres: Lo bueno es fácil de conseguir, está en la naturaleza. Cuatro: Los dolores de la enfermedad, por ser naturales, son soportables y conducen a la sabiduría. Recetado lo anterior, meditemos en cuáles son los cuatro venenos que nosotros diariamente bebemos y que consumen nuestra limitada agua vital. ¿Hemos preparado la mesa y nuestro equipaje? Apurémonos, está por llegar un visitante inesperado.

 

Miguel Ángel Martínez Barradas, académicamente tiene estudios de posgrado en literatura. Profesionalmente se ha dedicado al periodismo, a la edición de textos y a la docencia. Como creador tiene publicaciones en poesía y fotografía. En cuanto a sus intereses investigativos, éstos se centran en la literatura y filosofía grecolatinas; el Siglo de Oro español; el hermetismo; y la poesía hispanoamericana.
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