La hora de partir (Artículo)
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15 de abril de 2022

 

El mundo iluminado


Cuando las cosas no salen como lo esperamos, más que reconocer el error en que pudimos haber caído para afectar al resultado, solemos culpar a las circunstancias y a los demás. Por ejemplo, si en un examen el resultado fue reprobatorio, no faltará quien diga que el instructor tiene algo en contra del afectado; o si ocurriera un incidente de tránsito, quien iba conduciendo no dirá que lo hacía distraídamente, sino que el otro no se fijó; o si la pareja se va para nunca volver, el dinero escasea y el empleo llega a su fin, antes que pensar que uno es culpable de esos males, se sentirá con la convicción de que hay un otro que a través de prácticas sobrenaturales está interfiriendo en los planes vitales, en pocas palabras, dirá que le hicieron mal de ojo, pues reconocer los vicios personales es una tarea que pocos, por su soberbia, consiguen.

La creencia popular en el mal de ojo es antiquísima; ya los romanos, por dar un ejemplo, mencionaban en el siglo I de nuestra era la existencia de este maleficio que fomenta la mala suerte en la vida del enemigo. Maneras de hacer mal de ojo hay muchas, pero la principal consiste en mirar con tal negatividad, repulsión y odio a alguien que el desprecio se manifiesta al instante en su vida. El mal de ojo se fundamenta en la mirada y por ello podríamos ligarlo a otra palabra: ‘envidia’, la cual se crea a partir de ‘in’ (hacia dentro) y ‘videre’ (ver), por lo que la envidia es el acto de ver con hostilidad hacia adentro; ¿por qué no hacia afuera?, porque es en el interior de cada uno de nosotros en donde la vida existe y se mantiene, por lo que el objetivo del mal de ojo es envenenar, cual gota de aceite en el agua, aquello que nos anima.

Más que el deseo de poseer lo que el otro tiene, la envidia es el anhelo de su aniquilamiento. El envidioso es, por antonomasia, egoísta, pues lo que le molesta no es que el otro tenga, sino que las miradas y la atención recaigan en alguien que no se él mismo. El envidioso no necesariamente debe de carecer de recursos materiales o intelectuales, pues se sabe bien que aún entre aquellos que son ricos y poderosos la envidia existe, y son precisamente estos envidiosos de los que más debe uno de cuidarse, pues, aunque efímero, pueden ostentar algún tipo de poder. En esta categoría de envidiosos es en donde se hallan, por ejemplo, los políticos.

Para un político envidioso (¿existen otros?) tener es tan necesario como respirar. Este tipo de individuos nunca están satisfechos y así se imponen el deber de tener mucho, aunque sea de lo mismo, verbigracia: casas, autos, cuentas bancarias, relojes, vestimentas, etcétera. Tener cada vez más, principalmente la atención de los otros, pues al político de nada le sirven las cosas si no hay nadie que se las alabe y así, cuando el político se da cuenta de que alguien más le está robando la atención que él cree que se merece, lo envidia y trata de aniquilarlo a fin de que las miradas de los otros no se pierdan en alguien que no sea él mismo.

Quizás uno pueda pensar que el tema de los políticos envidiosos es reciente, pero no es así, ya en la antigua Grecia abundaban y fueron éstos quienes cobardemente se ocultaron tras el anonimato y convencieron al poeta Meletos de que acusara a Sócrates de pervertir con sus ideas a la juventud de su tiempo. Meletos, que quería agradar a los políticos para que éstos lo ayudaran a conseguir fama, aceptó y así se presentó ante un tribunal solicitando que el filósofo fuera castigado con la pena máxima, es decir, la muerte. El juicio de Sócrates es descrito por su alumno Platón en un diálogo llamado “Apología de Sócrates”; leamos lo que Sócrates dice ahí:

Como mis acusadores son anónimos, me veo obligado a batirme contra las sombras. Intenté hacerles ver a unos políticos que no poseían la sabiduría que presumían, con ello me gané su envidia. Entre los políticos y yo, yo soy más sabio porque yo sí reconozco que no sé nada. La envidia es una plaga que no se detendrá con mi condena. No le temo a la muerte y prefiero obedecer antes al dios que, a ustedes, y mientras tenga aliento y las fuerzas no me fallen, tener presente que no dejaré de preguntar. ¿No se avergüenzan de estar obsesionados con las riquezas, la fama y los honores mientras descuidan la sabiduría? Quien quiera luchar por la justicia debe tener muy presente, si quiere vivir muchos años, que debe alejarse de la política. El mayor bien para uno es vivir para la virtud y examinarse, pues una vida sin examen no merece ser vivida. Lo más difícil no es escapar de la muerte, sino evitar la maldad.

Las anteriores palabras de Sócrates son algunas de las que, de acuerdo a Platón, dijo al momento de ser enjuiciado ante un tribunal de poco más de quinientas personas. A Sócrates se le acusó de ser ateo y de pervertir a los jóvenes con sus ideas, pues antes que motivarlos a buscar las riquezas, sembraba en sus corazones la duda filosófica para hacerlos conscientes de la esclavitud en que todos se hallaban debido al conformismo y facilidad con que uno se entrega a los placeres mundanos. Sócrates enseñó la manera adecuada de cuestionarlo todo, pero no desde la pregunta burda que no nos lleva a nada, sino desde el cuestionamiento crítico y racional de las fallas de la vida humana. Además, y este es el centro de su doctrina, Sócrates mostró la importancia de reconocer la ignorancia propia, pues no hay nada más enriquecedor que ser conscientes de nuestra ignorancia o, en palabras socráticas, saber que no sabemos nada.

Sócrates no pudo convencer a los políticos envidiosos de su inocencia, pero tampoco intentó salvarse de la condena, pues, debido a que en verdad nadie sabe qué hay más allá de la muerte, él no le temía a ésta y así, sus últimas palabras fueron:

No tengo nada más que decir. Ya es la hora de partir: yo a morir, vosotros a vivir.

Preguntémonos: ¿realmente estamos viviendo o como los políticos que condenaron a Sócrates nos hemos perdido en una espiral de envidias? ¿Nos avergonzamos de nuestra ignorancia o es ésta un aliciente para seguirnos cuestionando? ¿Habremos cumplido con el examen de nuestra vida cuando llegue la hora de partir?

 

Miguel Ángel Martínez Barradas, académicamente tiene estudios de posgrado en literatura. Profesionalmente se ha dedicado al periodismo, a la edición de textos y a la docencia. Como creador tiene publicaciones en poesía y fotografía. En cuanto a sus intereses investigativos, éstos se centran en la literatura y filosofía grecolatinas; el Siglo de Oro español; el hermetismo; y la poesía hispanoamericana.
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