Cada día un poco más (Artículo)
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10 de abril de 2022

 

El mundo iluminado


El mundo tiene límites y éstos con cada tiempo nuevo que pasa se hacen más ajustados, más cercanos a nosotros, pero también más ajenos. Los habitantes del mundo contemporáneo buscan controlarlo todo, neutralizar las opiniones y conductas a fin de no lastimar a nadie, cierto es que viejos vicios han sido sepultados y que a razón de ello el mundo pareciera ser hoy más seguro que en antaño, pero no por ello somos más libres. Una ideología nueva llega a suplantar a otra que se niega a expiar, así ha sido siempre, y quien no acepte el código moral naciente sencillamente es exiliado de la nueva sociedad, la del mundo seguro carente de libertad.

Los límites están en todas partes, en la calle, en las instituciones, en las relaciones interpersonales, pero los primeros límites a los que nos enfrentamos son los que nos inculcan desde la infancia, en el seno familiar, y que existen no para permitirle a los niños crecer de acuerdo a lo que sienten y piensan, sino a lo que los mayores determinan. Los límites evitan tropiezos graves en la vida, cierto, pero también son generadores de infelicidad, de inseguridad, de miedo, de rencor y de odio. Por los límites, por ese afán de ‘hacer lo correcto’, los infantes se ven obligados a encajar en modelos heterosexuales; a practicar dogmas intolerantes; a inclinarse políticamente hacia las mentiras de la izquierda, del centro y de la derecha; a renunciar a su sensibilidad artística en aras del ‘éxito’; en fin, los límites, más que tener la silueta de un camino fértil para el desarrollo humano, tienen más la forma de unos barrotes carcelarios.

Franquear los límites, es decir, ir más allá de ese mundo seguro en el que la libertad está prohibida, puede resultar doloroso porque implica el desprecio familiar y social, sin embargo, es en última instancia lo mejor que uno podría hacer a fin de conocerse tal cual es, lejos de las imposiciones que tanto en el hogar como en la vida pública se nos presentan como un ‘deber ser’ cuando en realidad se tratan de un ‘evitar hacer’. Los límites son útiles cuando éstos nacen de la reflexión profunda sobre cuáles son nuestras necesidades y aspiraciones, pero cuando estos límites son tan sólo la repetición de una visión parcial de la vida que se resume a un ‘por que así es y punto’, lo cierto que nada de provecho tienen para la vida propia y lo mejor es desecharlos.

Existen en la literatura innumerables textos que tienen por objetivo enseñar a cuestionar los límites y mostrar la manera en la que podemos empezar, realmente y por primera vez, a ser nosotros mismos alejados de la ideología social imperante del momento, de la visión sesgada de la familia y del anquilosado dogma político y religioso. A manera de ejemplo citemos a “Juan Salvador Gaviota”, un curioso libro que generalmente suele catalogarse como una novela juvenil que debe de ser leída cuando uno ronda los quince años de edad, sin embargo, quienes piensan de esta manera es porque sencillamente no se han detenido en la complejidad que este aparentemente sencillo texto posee. “Juan Salvador Gaviota” es una novela de Richard Bach publicada por vez primera en la década de los setenta, sin embargo, en el año dos mil trece apareció una nueva versión que incluía un final inédito. La novela de Bach guarda interesantes correspondencias con otra que también suele concebirse como una novela juvenil: “El Principito”, cuyo autor es Antoine de Saint–Exúpery, quien interesantemente fue piloto aviador, como también lo sigue siendo Richard Bach y es seguramente por esta afición a los aviones que el Principito vuela a través del espacio sideral, mientras que Juan Salvador Gaviota lo hace en este mundo y otros de orden metafísico.

Tanto “El Principito” como “Juan Salvador Gaviota” son novelas orientadas a mostrar el camino del autoconocimiento, de ahí que puedan ser leídas a cualquier edad. En el caso concreto de la novela de Bach, la historia es la siguiente: Juan Salvador Gaviota es un ave que disfruta volar, por el contrario, el resto de las gaviotas se limitan a comer migajas y a no hacer nada útil de sus vidas. Juan es diferente, es un ave curiosa y por ello aprende a volar como ninguna otra de su bandada, lo cual le cuesta la expulsión. Al abandonar su tierra natal, Juan conoce otras gaviotas, también exiliadas, que saben volar como él. El vuelo de Juan es físico, pero también espiritual, elevándose a tal punto que termina por convertirse en una gaviota ‘divina’ que es seguida por sus discípulos. Hacia las últimas páginas de la novela, Juan desaparece, sus discípulos pervierten sus enseñanzas y terminan sumidas en un fanatismo; leamos unas líneas:

En lugar de nuestro lento y pesado ir y venir a las barcas de pesca, ¡hay una razón para vivir! Podemos alzarnos sobre nuestra ignorancia, podemos descubrirnos como criaturas de perfección, inteligencia y habilidad. ¡Podemos ser libres!… ¿Quién es más responsable que una gaviota que ha encontrado y que persigue un significado, un fin más alto para la vida?… El aburrimiento, el miedo y la ira son las razones por las que la vida es tan corta; al desaparecer aquellas del pensamiento, la vida es larga y buena. Si no aprendes nada, el próximo mundo será igual que éste, con las mismas limitaciones y dificultades que superar… El cielo no es un lugar, ni un tiempo. El cielo consiste en ser perfecto… El secreto es dejar de verse a sí mismo como prisionero de un cuerpo limitado… Rompe las cadenas de tu pensamiento y romperás las cadenas del cuerpo… Lo que necesitas es seguir encontrándote a ti mismo, cada día un poco más.

A lo largo de la novela, Juan Salvador Gaviota, sin que se nos diga explícitamente, vive el mismo juicio de Sócrates, experimenta la iluminación de Buda y se convierte en un ser semejante a Cristo. Él tiene un deseo de perfección que va ligado al amor por el resto de las gaviotas. Desde una lectura simbólica, Juan representa a la libertad y su vuelo es alegoría del bien que se halla más allá de este mundo que con su asfixiante cuidado nos esclaviza. ¿Estamos restringidos por los límites? Juan voló hasta donde nunca imaginó incluso con las alas lastimadas, ¿cómo lo hizo? Conociéndose cada día un poco más.

 

Miguel Ángel Martínez Barradas, académicamente tiene estudios de posgrado en literatura. Profesionalmente se ha dedicado al periodismo, a la edición de textos y a la docencia. Como creador tiene publicaciones en poesía y fotografía. En cuanto a sus intereses investigativos, éstos se centran en la literatura y filosofía grecolatinas; el Siglo de Oro español; el hermetismo; y la poesía hispanoamericana.
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