PARA UNA TEOLOGÍA DE LA EDUCACIÓN
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PARA UNA TEOLOGÍA DE LA EDUCACIÓN

Luis G. Benavides Ilizaliturri
www.cipae.edu.mx  
INTRODUCCIÓN
No es posible pretender un ensayo teológico sobre la educación sin un presupuesto antropológico básico. La elaboración teológica debe partir del lugar teológico en el que Dios mismo ha querido revelarse, y sólo su comprensión manifestará la receptividad personal de la salvación como liberación conseguida a través de un proceso educativo, en el que interviene directamente la acción divinizadora.

 

 
Sólo la antropología se presenta como lugar teológico, ya que el hombre es la única creatura que la revelación nos presenta como la posible alteridad de Dios.  Si es verdad que ninguna teología puede afirmar nada de Dios sin decir en eso mismo algo sobre el hombre, o algo del hombre mismo, con mayor razón lo afirmaríamos al referirnos a la educación, cuyo agente y sujeto es precisamente el hombre.

 

 
La consideración sobre el hombre sólo es válida para la teología y para la educación cuando se aboca al hombre concreto, a aquél que debe ser guiado a la plenitud de su propia realización en Cristo Jesús. Así, la reflexión sobre el hombre concreto como receptividad de revelación salvífica debe guiar a una interiorización que culmina en una autocomprensión.  En ella, el HOMBRE-QUE-SOY-YO se descubre en un proceso constante hacia una meta, en un continuo movimiento en el tiempo y en el espacio que obedece a una situación de "excentricidad" radical personal y desencadena una tensión cuyo equilibrio podrá ser logrado acertadamente tan solo a través del mismo proceso educativo.

 

 
Ahora bien, como la posibilidad de una autocomprensión no es apriorística, es preciso que las consideraciones o reflexiones teológico-educativas se enmarquen en límites de vivencias que capacitarán para la valoración histórica, social, psicológica y ontológica de la realidad, y que en esta valoración se intente una solución de identificación con el acontecimiento salvífico personal. Ya que sólo es posible la realización del acontecimiento salvífico para quien se acepta a sí mismo y comprende que es un ser que, para responder a su ser, debe realizarse necesariamente en la concreta realidad de su situación histórica.

 

 
En estos límites de la propia historia que se va concretando y realizando a través de encuentros integradores con el MUNDO que lo rodea, el hombre‑que‑soy‑yo es capaz de entenderse y entender su entorno trascendentalmente, es decir, es capaz de captar la posibilidad de un salir de sí mismo y un volcarse rebasando sus propios límites, descubriendo su insaciabilidad radical, orientada hacia un Futuro que se anhela como absoluto.

 

 
LUGAR TEOLÓGICO

 

 
  
El hombre, situado en el espacio e inmerso en el tiempo, es un ser social que se descubre como persona en relación con los demás.  El hombre se caracteriza por un máximo de complejidad físico-química; en él la materia alcanza su estadio más sintético, por un máximo de organización interna, ya que es el corpúsculo más perfecto y más profundamente centrado del cosmos. Esta complejidad físico-química ciertamente ata al hombre a una situación y a una limitación espacial que lo hace depender de su entorno en sus mismos contactos físicos. La misma inmersión en la materia lo mantiene inmerso en el tiempo, y por lo tanto sujeto a la caducidad propia de la complejidad y de la organicidad. Sin embargo, ni su situación en el espacio ni su inmersión en el tiempo tienen realidad para él, si no es a causa del máximo desarrollo psíquico, que lo constituye en cumbre de la vida en una complejización interiorizante que funciona en el plano de la conciencia y de la libertad.  (La conciencia es un modo de existir propio de la persona, es su "ser en si" que adquiere tal profundidad e intensidad que hace a la vez al hombre un ser que se sabe presente a sí mismo).

 

 
La presencia a sí mismo la descubre el hombre sólo en la captación de aquello que le rodea.  En esta captación surgen angustiosas inquietudes,[2] pues como ser pensante e inteligente tiene razón y capacidad de reflexionar, y esto le permite diferenciarse a sí mismo de cuanto le rodea, considerándose a sí mismo como el mismo, que piensa en diferentes tiempos y lugares.[3]  Pero esta primera realidad que el hombre-que-soy descubre, es auténtica sólo cuando se refiere a la posibilidad de distinguirse de las cosas que lo rodean pudiendo hacer "uso de ellas" de tal suerte que pueda "saciar con ellas" su propia relación, pero encontrando entre las cosas que lo rodean ALGO que las trasciende y que constantemente lo llama y que al mismo tiempo es ALGO que no puede ser usado, sino que exige ser anhelado trascendentalmente.  Este algo se opone a la simple autoaprobación con la que se sacia el hombre que soy yo, porque si las cosas "llaman", su llamada puede responderse dejando simplemente que sean lo que son; pero ese ALGO, en su llamada encierra su inaccesibilidad y su inaprehensibilidad, que al permitir el regreso conciencial del hombre que-soy-yo le obliga a descubrir la limitación propia que el llamado mismo le inflige.  Ese ALGO que se le descubre, que lo llama  y lo limita se le presenta como otro núcleo de un "ser en sí", que a diferencia de las cosas, aparece a la propia conciencia como indefinible.[4]

 

 
Es el llamado a ser persona que brota del "hombre-que-es-mi-TÚ", que despierta mi anhelo de poseerlo -dado que es mi-tú- generando la dinámica del amor; y que me devela mi propia soledad al hacerme consciente de mi propia limitación ante la radical imposibilidad de poseerlo, sintiéndome, sin embargo, de alguna manera poseído por él al sentirme en su llamado como "un-ser-para-él".

 

 
Ante estos descubrimientos, el hombre-que-soy-yo busca afanosamente lo que ES en profundidad, porque el sentirse llamado e impedido a la vez, lo asombra, en particular cuando descubre en su derredor una multitud de “hombres-que-son-MI-TU", que lo llaman, y que no obstante su llamado mismo concluye en indiferencia.

 

 
Así, al hallarse insertado en una multitud despreocupada del llamamiento que hace, el hombre experimenta su propia soledad en medio de una masa despersonalizante.

 

 
Esto hace  que el hombre se sienta angustiado ante la posesión de los demás, ya que quien le llama, de alguna manera lo posee, pues el llamado extiende el deseo posesivo de quien lo hace, aunque el llamado implique de por sí el DON que posibilita la respuesta.

 

 
"Las relaciones humanas se multiplican sin cesar y al mismo tiempo la propia socialización crea nuevas relaciones, sin que ello promueva siempre, sin embargo, el adecuado proceso de maduración de la persona y las relaciones auténticas personales".[5]

 

 
La despersonalización se debe ciertamente a la limitación impuesta por los demás, que al impedirme dar una respuesta plena a su llamado mediante mi entrega, no responden a la llamada que YO mismo formulo desde lo más profundo de mi ser, dando por resultado que la captación mutua permanece en el ámbito de cosificación.  Sin embargo, esta cosificación despersonalizante que me revela mi propia limitación, es coadyuvada por la propia situación histórica.  Esto significa que el hombre-que-soy-yo se experimenta siempre como “dado" de antemano, con un horizonte determinado para su propia acción, con una ley determinada y previa que es de índole limitada y que limita la posibilidad de llegar a ser y de expresar su ser.

 

 
De esta suerte, descubre la propia limitación original en una multiforme realidad que no es él, y que no obstante entra en su ser mismo como una relación posible que implica su haber-sido y que influye en su estar-siendo, impidiendo de alguna manera su poder ser.  Esta limitación histórica lo determina en su personal tiempo y espacio.[6]

 

 
Sin embargo, la experiencia de su propia limitación no le impide descubrir su propia responsabilidad, su personal posibilidad integradora del entorno que lo rodea.

 

 
Se experimenta como capacitado para permitir que las cosas sean lo que son y que cumplan así su función propia en relación con él. Se siente responsable del llamado y de la respuesta de los demás, y en definitiva de su propia historia, porque capta la posibilidad de poseer conscientemente el límite de su propia posibilidad y de llevar a cabo el dinamismo móvil de lo que le pertenece, o le puede pertenecer, en busca de su propia autorrealización.  En su haber-sido que condiciona su historia presente aparece el fundamento de su poder-ser, al asumirlo como encomienda y como tarea dependiente de su propio pasado.[7] Esta responsabilidad de su propia persona, de los demás y del cosmos mismo, le revela la realidad de su libertad que se le presenta como una posibilidad real de establecer vínculos con su entorno.

 

 
Solamente la persona experimenta el ritmo del movimiento hacia afuera, que le permite una identificación con los objetos que le rodean, y un movimiento hacia adentro que realiza la diferenciación y establece así un vínculo y da sentido a las cosas.  Estos movimientos, cuando comprometen lo más íntimo del hombre-que-soy-yo y lo establecen como ser-en-relación-con-el-tú, realizan más plenamente la libertad, creando una misteriosa "incorporación" del YO en el TU, en la que el movimiento hacia afuera, que es la llamada amorosa y la áutoentrega, concluye en el movimiento hacia adentro de la respuesta amorosa de la entrega del otro.  Esta relación es realización personal porque se forma en la libertad y no en la imposición, en la respuesta LIBRE al llamamiento del amor, y en la aceptación libre del DON que se recibe y al cual se corresponde.

 

 
Pero la libertad no se realiza en solas posibilidades, sino que la reflexión la presenta como una asunción de la propia situación histórica.  No se trata de una libertad indeterminada y por lo mismo no-organizada, sino de una libertad concreta, real, que se afirma en una bien precisa historia que es la historia personal del hombre-que-soy-yo y que para ser tal exige la integración de lo que he sido.  Quien reniega de su haber sido reniega por lo mismo de su libertad; quien reniega de su determinación, reniega de su posibilidad de ser.[8]

 

 
Teniendo en cuenta los elementos que lo revelan como persona ante sí mismo, el hombre se descubre como responsable de cuanto le rodea en la medida en que puede realizar en ello y con ello su propio "estar‑en‑el‑mundo".  Este proceso integrador es propiamente la educación.

 

 
La persona, como ser social en el mundo, se realiza como tal cuando integra y da el valor significativo a aquello que integra. Ahora bien, su ser en el tiempo implica que la integración del "entorno" no pueda ser definitiva ni meramente pasiva, es decir, que no basta la integración como mera asunción, sino que se precisa que la integración, al modificar el núcleo que es la persona, ocasione en el nuevo movimiento hacia afuera dependiente de la situación en el tiempo, la modificación de aquello con lo cual viene a establecer nuevos vínculos, adecuándolo cada vez más para responder a su propio ser, transformando así el entorno de un simple lugar de estancia o de ejercicio, en una verdadera  extensión  de su mismo ser.[9]

 

 
La integración supone en cierto sentido el dominio y el conocimiento, los cuales busca afanosamente mediante la ciencia (el saber) y la técnica (el saber hacer).  La ciencia le proporciona el medio de descubrir el sentido y la relación de las cosas, a través de las ciencias matemáticas, que, llevadas a profundidad, organizan y conectan las cosas entre si, y el conocimiento que de ellas se puede obtener.  Por su parte, las ciencias históricas le revelan al hombre el sentido de los acontecimientos y la influencia de los mismos en su propio entorno.  Pero el conocimiento como tal, que proviene de la visión filosófica y de la cultura misma, es, en definitiva, lo que le permite realizarse a través del saber:

 

 
·       Aceptando la realidad y organizándola, puesto que se ha descubierto como responsable de ella.  Sólo la aceptación de lo que las cosas son y deben ser, considerándolas en una auténtica dialéctica ontológica entre "lo dado como tal" (Vorgegebenheit) y "lo dado como tarea" (Aufgegebenheit) es lo que pone en contacto real con el mundo.  Esta situación dialéctica denuncia una abertura hacia el progreso, viendo en él una meta por alcanzar. Progreso que no puede limitarse a una simple mecanización, ni a un avance, por el avance mismo, que encerraría a la persona en su propio entorno; sino progreso que se realizó como respuesta de la misma persona a su propio ser-en-el-mundo, en vistas a su propia realización en el mundo, como la persona concreta-que-soy-yo y que no puede ser relegada en vistas al progreso conseguido en favor de quienes han de disfrutar del progreso en un futuro incierto.[10]

 

 
·       Reconociendo y creando nuevos valores.  Todo esfuerzo del hombre por organizar y por integrar su entorno resulta ambivalente, pues puede llevarlo a un auténtico progreso o puede embriagarlo de sí mismo y encerrarlo en su entorno que, a pesar de su esfuerzo, seguirá siendo siempre limitado y podrá llevarlo a la autodestrucción.  Sólo el descubrimiento del mundo de los valores puede ser el imán que mueva auténticamente el proceso integrador humano.  Pero los valores no se presentan al hombre como claros y perfectamente bien definidos, sino como una conquista diaria que lo mueve y que en su movimiento le hace crear valores en relación con su mismo entorno.[11]

 

 
·       Revalorando las cosas.  Una vez que el hombre descubre el mundo de los valores, todas las cosas cobran un nuevo valor.  Especialmente este fenómeno se da en la realización del progreso en el que todo parece cobrar un nuevo significado.

 

 
·       Revalorando las personas.  La posibilidad de realización auténtica, que el hombre descubre en las relaciones interpersonales, hace revalorar a las personas, no tanto por lo que ellas puedan significar para la propia realización, sino más bien por lo que ellas mismas son:  Llamamientos a ser-con y ser-en otro.  La percepción de la llamada del es más que una simple captación de valores; es una entrega mutua que se concreta en el "nombre-que-soy-yo  y en "el nombre-que-eres-tú" y que se manifiesta en todo gesto, mirada, palabra que va dirigida por el TU al YO, y que al ser percibida suscita en el YO una respuesta que es aceptación, pero que no consiste en tomar algo para sí, sino en irradiar.

 

 
De aquí que la revaloración de las personas resulte en un auténtico descubrimiento de lo propio "YO-MlSMlDAD", en la cual me descubro como "don-donante", al adquirir conciencia de que el YO existe orientado hacia el , revolorándose a si mismo como un "ser-para-ti”, que será auténtico cuando el sea concreto e irradie esa donación que hago de mí mismo en su entorno.[12]

 

 
·       Estableciendo relaciones.  Gracias a la revaloración de las personas y a un auténtico descubrimiento del mundo de los valores, el hombre es capaz de establecer relaciones personificantes: de establecer y utilizar las cosas en categoría de tales, y de relacionarse "por su nombre" con las personas.[13]

 

 
A partir de estas relaciones, el hombre encuentra que ya no puede descubrirse a si mismo sin "su ", que sólo existe su propio yo a partir de la relación con el tú.  Y por lo tanto, que solamente en el puede el YO seguir siendo YO.  De esta forma su inserción en la sociedad se convierte en auténtica realización, fuera de la cual, ni el hombre puede integrarse, ni siquiera identificarse.

 

 
Pero la búsqueda afanosa por realizarse implica algo más que el mero saber, que el simple descubrir.  El hombre-que-soy-yo prosigue su realización en el SABER HACER, que es la técnica.  Con ella, busca el dominio de la materia, por que la materia se le presenta como ese elemento que no puede nunca disolver totalmente en el pensamiento o en el querer; ese elemento en el cual el hombre se siente apresado y que descubre que no es completamente él mismo; ese elemento que le pertenece, y sin embargo no es completamente su existencia.  Gracias a su saber hacer, el hombre puede transformar la materia en su misma expresividad, haciéndola apta para ser humanizada. En la lucha por penetrar y configurar la materia, el hombre crece y se libera de la arbitrariedad, respetando las leyes que él mismo ha descubierto y formulado en su mismo SABER.

 

 
Este dominio del hombre mediante la técnica va más allá de la materia cuando rebelándose contra sus condicionamientos sociales, económicos o psíquicos, se lanza a la investigación y al control de los mismos.[14]  La técnica, que hace eficaz la rebeldía contra los condicionamientos, realiza una auténtica liberación de toda alienación y concentra las energías humanas que, orientadas, redundan en auténtica elevación personal y social.

 

 
El YO, no contento con el dominio adquirido con su saber y su saber hacer, se siente impulsado hacia deseos que rebasan sus propias limitaciones.  Se descubre como un ser a quien sus propias conquistas no satisfacen.  Toda su actividad creadora comporta una abertura a una infinitud.[15]  Las limitaciones que pretenden encerrar al hombre en su propio entorno, ya sean sociales, materiales, temporales o personales, son un auténtico reto.  La insaciabilidad radical se manifiesta entonces en mi Yo como una imperiosa necesidad de autotrascendencia, y de esta necesidad surgen dos fuerzas poderosas que concretamente deben integrarse: el deseo y el amor. El deseo ya se presenta al hombre-que-soy-yo como un "tener sin tener" que se experimenta en relación temporal como un vivir en presente lo por-venir, como un poseer el futuro; mientras que el amor da la posibilidad de "ser otro sin serlo".[16]  Integrados en la persona ambos dinamismos, abren hacia realidades de comunicación con el Absoluto que se presenta como Persona en quien fundirse para ser en plenitud, y como tiempo absoluto que se vive en plenitud.

 

 
Sin embargo, la misma proyección hacia deseos que rebasan sus propias limitaciones le descubre, tanto su abertura al infinito y la SED que esta misma abertura le ocasiona, como su realidad concreta encaminada a un término en la muerte.

 

 
En su proyección hacia el Absoluto, contenida en su misma conciencia como aspiración, se da una presencia realizadora que impulsa hacia una unificación que eleva. Gracias a este impulso es posible que el hombre integre en constante proceso su realidad avanzando hacia lo Absoluto, como respuesta a su llamado. Gracias a esta fuerza unificadora, e integradora, el "ser-para-ti" construye y modifica a la sociedad en circunstancias bien precisas y determinadas.  Pero el término de la existencia se presenta angustioso ante la vista. Todo parece carecer de sentido cuando, al penetrar en su propia realidad, el YO descubre que es  “un ser-para-la-muerte".

 

 
No porque un día tenga que morir, sino porque el vivir es ya un morir a cada instante.  El vivir es un dejar de ser lo que ha sido, un desintegrarse de lo que se ha integrado. Ligado al tiempo, vive el hombre la experiencia de su propia muerte como una realidad siempre presente, aún en los momentos de más íntima relación personal. Pero en este mismo pesimismo sobre el fin, el hombre vuelve a experimentar la llamada que lo trasciende y lo impulsa al deseo de la inmortalidad, tratando de buscar en la muerte misma aquello que da sentido a toda la existencia.

 

 
Ante la angustia que experimenta el hombre y los interrogantes que le propone su existencia misma, la revelación le ofrece una visión de su ser‑en‑el‑mundo capaz de esclarecer su misterio y de cooperar en el hallazgo de las soluciones que respondan en plenitud a su angustia.[17] Ciertamente que no es posible encontrar en las Sagradas Escrituras una “antropología" científicamente expuesta.  También en la Biblia el hombre aparece como un enigma,[18] a menos que se le descubra cómo es ser capaz de ser la alteridad de Dios por el don del amor de Dios.  Cuando esta revelación ilumina los datos en los que Dios mismo se nos manifiesta aparece un plan misterioso en el cual toda realidad alcanza plenitud.

 

 
Hay una dependencia radical que todo hombre descubre en su ser respecto a un llamado constante del futuro que lo trasciende, dependencia que lo hace descubrirse como la contingencia misma, como el cambio mismo, como imposibilidad de darse a sí mismo una respuesta.  Esta dependencia es semejante en todos los seres y depende de la condición esencial de cuanto es creatura.  Pero la creaturalidad no es lo propio del hombre, ya que ésta es comprobable en el cosmos total.  La revelación establece una propiedad única del hombre: el ser IMAGEN DE DIOS. Desde la aparición del hombre en la revelación se establece esta imagen de Dios como su característica fundamental y por eso se le llama dominador y dueño del universo en la medida en que lo controla y lo organiza.[19]

 

 
La Sagrada Escritura nos muestra la posibilidad del hombre para dominar las creaturas en el hecho de que Adán imponga nombres.[20] Como dominador del cosmos, el hombre aparece también capacitado para dominar las rebeldías de la materia "cultivando la tierra"[21] y obteniendo de ella los mejores frutos para su subsistencia, eliminando todo desorden en sus relaciones con la materia.

 

 
Este dominio hace al hombre responsable del cosmos, y capaz de "labrar su inmortalidad"[22] al conducir con auténtica libertad todas las cosas a la liberación, en la medida en que puede "responder" por ellas al llamado constante del futuro.

 

 
De esta forma, el progreso mediante el dominio de la materia no se da por el progreso mismo, sino es la respuesta "humana" al llamado.  Pero como este llamado trasciende las posibilidades mismas del hombre, éste no puede encerrarse en el solo progreso inmanente que se contenta con un determinado orden social, económico y político, sino en aquel progreso que ciertamente supone un cierto orden social, pero que es inmanente-trascendente y concluirá con una siempre creciente humanización del cosmos y del hombre mismo, a pesar de todos los fracasos y retrocesos, como un futuro perfecto que no provendrá definitivamente de los esfuerzos humanos sino de donación graciosa de Dios.

 

 
De esta suerte, todo aquello que contribuya a hacer más humana la habitación del hombre en el cosmos, no simplemente debe alentarse, sino que tiene un carácter salvífico que realiza más y más la imagen de Dios en el hombre. Pero la revelación no nos presenta este poder dominador del hombre como la única consecuencia de ser imagen de Dios.  Dios es sociedad, y el hombre ha de ser también sociedad.  Esta sociedad fundamental no sólo es dato de revelación, pero el hecho de que esta sociedad provenga de la imagen divina, sí es dato salvífico, y por tanto hay que "labrar” esa imagen para llegar a la "obediencia" total de la manifestación divina.

 

 
El hombre, imagen de Dios, es un ser sexuado: hombre y mujer como hombre total.  Sólo así el hombre es base de comunidad -reflejo de la comunidad divina- y sólo así es capaz de responder a las relaciones íntimas "personalizantes" en las que el llamado del futuro se hace concreto y vivo.

 

 
·       Dios prohibió al pueblo de Israel la fabricación de imágenes y representaciones de la divinidad[23] porque, siendo Él un Dios vivo -y por lo mismo capaz de ese movimiento en profundidad cuya cima es el amor- no podía ser representado por imágenes muertas, inmóviles, incapaces de responder al amor: con ojos, pero ciegas; con oídos, pero sordas; con un corazón de piedra incapaz de sentimientos y de ternura.[24]

 

 
·       No tenía necesidad el hombre de "otra" imagen divina, sino de aquélla con la cual podía descubrir su propio YO, ese YO completo, real y concreto que es su , su ayuda semejante.[25]  Con quien podría iniciar su diálogo de amor que habrá de concluir en ese diálogo amoroso que es el futuro absoluto del hombre.  "Ese futuro absoluto que no es un punto final, sino un campo final, en el cual el mundo y los hombres han de seguir moviéndose hacía adelante con una intensidad cada vez mayor".[26]  Ese futuro que se autodefine como amor: amor que se entrega a los hombres, y hace posible y auténtica la relación entre ellos.

 

 
Por eso la revelación nos presenta en frase lapidaria la riqueza sin límites del sexo en el hombre.  Sexo que no es un problema, sino un misterio del valor de la imagen divina que es preciso llevar a su perfección puliéndola hasta que se realice, a través del amor, como la plenitud del hombre en esa "imagen visible del Dios invisible" que establece una paridad de relaciones con la plenitud de Cristo, Cristo Total:  Cristo-Iglesia:  Macho-Hembra imagen de Dios.[27]

 

 
Así, el sexo es la apelación continua del Dios-Amor que exige una respuesta no mutilada, una manifestación corpórea de nuestra necesidad de relación.[28]  Es la base de toda una mística sobre las relaciones intimas personalizantes generadoras de fe, entrega y disponibilidad, olvido de sí, aniquilamiento de la autosuficiencia y abertura siempre creciente al Infinito.

 

 
Esta situación de seres sexuados nos revela también el valor de nuestra corporalidad como misterio salvífico.  La Biblia nos presenta al hombre, sin analizarlo ni definirlo: a la vez un ser encarnado, existencialmente inserto en el tiempo y en el espacio; una interioridad que se manifiesta y se relaciona a través de una exterioridad que requiere signos para poder comunicar su propio YO.

 

 
·       La imposibilidad que el hombre experimenta para comunicarse si no es a través del dominio de los signos resalta así, -a la luz de la revelación-, no como una simple limitación, sino como una capacidad más para dominar y personificar el universo.  Éste, al permitir la realización de la comunicación YO-TÚ, resulta ser extensión de ese nuevo "ser" que surge como mensaje y que ha de estructurarse en la autenticidad de relaciones personales como AMOR, modificando ontológicamente tanto al YO como al .[29]

 

 
·       Este dominio del cosmos, para personalizarlo, comunicándose, es un reto al hombre, imagen divina, aún para la captación misma de la revelación y de la comunicación divinas.

 

 
En efecto, el hombre creado a imagen divina es radicalmente liberado de toda limitación por la autocomunicación de Dios que se hace HOMBRE para establecer nuevas relaciones en el Verbo Encarnado con todo el Universo y entre el absoluto y el hombre.

 

 
Sólo en Cristo alcanza su cúspide de revelación sobre el hombre.  Cristo, "en quien habita corporalmente la plenitud de la divinidad"[30]  es la elevación total del hombre a la íntima relación con Dios.  En Él somos salvados y llevados a la plenitud del futuro, que es plenitud de vida, vida eterna, e inmortalidad adquirida.[31]

 

 
Cristo, Dios comunicado a nosotros en categorías humanas, nos revela la nueva dimensión de la realidad humana y cósmica.  Así, Dios que obra en la creación y en la historia, se manifiesta en plenitud en elHijo que pone su monda entre nosotros.[32]  Gracias a la Donación de su Espíritu podemos captar la realidad de la presencia y de la comunicación de Dios HOY, y el valor real de las personas y de todo nuestro entorno.

 

 
·       Por obra del Don, Espíritu Santo, Dios se hace CARNE -signo visible- y sigue encarnado en la pobre carne humana, por eso a Dios se le encuentra y se le ha de amar en la carne de los hombres.

 

 
·       Cristo es el dominio absoluto de la materia, la cual ha sido llevada por la fuerza creadora divina hasta la intimidad de las relaciones trinitarias, y continúa siendo Palabra hecha materia, en su Iglesia -sacramento primordial- y en los sacramentos.

 

 
La nueva situación que la Encarnación nos manifiesta es la donación de una nueva vida en la que todo el cosmos participa al permitir que la autenticidad de relaciones sólo pueda darse en plenitud en Cristo-Jesús.  Gracias a su glorificación poseemos su Espíritu que nos hace hermanos e hijos.[33]  Gracias a su humillación fuimos ensalzados y con esa nueva vida que nos participa, podemos ver la creación y el hombre de una forma distinta: con los ojos de Dios.[34]

 

 
El ver el cosmos y a los hombres con los ojos de Dios no implica, sin embargo, que a las cosas y a las personas se les añada "algo", -lo cual nos llevaría a una sacralización errónea-.  Más bien significa que el DON que llamamos fe nos da la competencia necesaria para captar el mensaje salvífico que nos revela a Dios y nos manifiesta SU voluntad en las personas, en los acontecimientos y en las cosas: trascendiendo así el dato "natural".

 

 
Las situaciones actuales del mundo proclaman abiertamente que Dios es distinto del mundo, si fuera de otra forma abrazaríamos un panteísmo intrascendente y concebiríamos el mundo y a Dios sólo como inmanente, limitado e imperfecto.  Existe, asimismo, una jerarquía objetiva de las actividades humanas.  Estas realidades pueden marchar hacia una dirección determinada sin la intervención "directa e inmediata" de Dios.  Pues Él ha causado al principio seres llamados a crecer "creadoramente", a organizarse y a trazar por sí sus entornos.  Dios ha dado auténticamente una autonomía a las cosas cuyo valor en sí no proviene de conceptos o ritos religiosos.  Por estas razones es inauténtico sacralizar y sobreponer el sello de lo religioso en las realidades terrenales y mucho más utilizar los bienes y disfrutar de las bellezas y gozar de los placeres con cierto remordimiento.[35]

 

 
El hombre concreto descubre que los valores de las cosas y de las personas no dependen de sus conceptos religiosos ni de la revelación divina.  Percibe que el dominio del universo es válido de por sí porque posee valores propios y es independiente de los valores revelados.  No se descubre como íntimamente ligado a una revelación y así, la cultura y la investigación se buscan por sí mismas.

 

 
La sabiduría humana tiene un auténtico valor porque es una “inmersión” en la historia del hombre y una constante tensión hacia el futuro.

 

 
Si bien estas razones rechazan una identificación y una dependencia absolutas de Dios y su revelación con el cosmos, no se puede negar toda relación entre ellos.  A su autonomía, va ligada una dependencia del cosmos a Dios, basada precisamente en la creaturalidad.  De estas consideraciones resulta una antinomia difícil de conciliar intelectualmente, pero que realiza dialécticamente la historia del hombre haciéndola, a la vez, una Historia de Salvación.

 

 
Por ello, cuando el hombre asume su propia historia, descubre en ella -a la luz de la revelación- la inmersión de lo divino.  No le es posible "ocultarse" o huir de ese dato extraordinario de salvación que es su propio YO histórico.[36]

 

 
·       En su haber-sido descubre su propia subsistencia y las maravillas de ternura, consuelo, o amargura y soledad por las que el futuro se ha hecho presente.

 

 
·       En su poder-ser experimenta su propia consistencia que resulta del llamado constante del futuro que lo abre hacia la eternidad.

 

 
·       En su estar-siendo comprueba su pequeñez, su NO-YO causado por su NO-RESPUESTA al llamado del futuro, por su cerrarse sobre sí mismo, por su detenerse e instalarse en una determinada situación.

 

 
El plan de salvación que la revelación le ofrece abarca la totalidad de su yo-histórico: su pasado, tomado por Cristo, es siempre muestra de la misericordia divina que cuida con ternura, perdona con generosidad y da significado a la historia misma.  Su futuro, dándole la participación "ya desde ahora" a la "vida eterna".  Su presente, identificándolo por la obra del Espíritu, al Hijo, y haciéndolo hijo con el Hijo.

 

 
Mas la asunción de la propia historia no puede dejar de revelar al hombre concreto que su historia se halla inserta en la historia de la humanidad.  Yo no puedo desarrollarme, y responder al constante llamado de mi poder-ser como ejemplar único.  La revelación nos muestra cómo la historia de la humanidad toma sentido cuando se descubre a la luz del Verbo Encarnado; cómo en Cristo encuentra su fuente y su corona.[37]  Así, toda la
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