Adentrarse en el desierto (Artículo)
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19 de diciembre de 2021

 

El mundo iluminado


A una ciudad la define algo más que sus calles, que sus muros, que sus jardines, casas y edificios. Una ciudad es más que fría piedra, que escaparates en los que se venden ilusiones, que basura en el suelo y que ambientes llenos con más ruido que aire. A una ciudad la hacen sus anónimos transeúntes, como también la carne definida que duerme todas las noches sobre sus losas, que se sienta sobre sus banquetas, que orina sus rincones y que, sabedora de la ruindad humana, ya no hace esfuerzos estirando la mano a cambio de una moneda. Esta carne que habita las calles es siempre la misma, su tez suele estar ennegrecida y sus cabellos canosos por las muchas veces que han dormido bajo la luna llena. Los transeúntes conocemos a esos cuerpos que siempre están en las mismas avenidas, quizás no sabemos sus nombres, pero hemos memorizado sus rostros al haber sido absorbidos por sus ojos que desde el silencio observan todo. ‘Indigentes’, solemos decir con desprecio, ignorando la historia desconocida que en ellos existe.

¿Qué es lo que lleva a las personas a vivir en la calle? Una respuesta sencilla e inmediata, pero no del todo verdadera, podría ser la pobreza, sin embargo, no en todos los casos ha sido la falta de recursos materiales la que ha orillado a los individuos a tener como techo la bóveda celeste. En ocasiones, es una especie de “llamado” lo que motiva a los espíritus a desprenderse de todo, como sucedió por ejemplo con Ignacio de Loyola, Francisco de Asís o con el buda Siddharta Gautama (los últimos dos, antes de entregarse a las calles, eran considerablemente adinerados), en otras ocasiones las razones que motivan el desprendimiento son más bien filosóficas y para esto tenemos el ejemplo de Diógenes de Sínope, un hombre de la antigua Grecia que fue también conocido como “el cínico”, palabra que en griego quiere decir “perro”, y esto porque Diógenes adoptó un modo de vida semejante al de estos animales, pues no sólo dormía en la calle, sino que, además, comía lo que se encontraba. A pesar de su vida en la indigencia y de que han pasado más de dos mil años, todavía tenemos noticias de Diógenes, quien por cierto, entre las pocas posesiones que tenía, estaba una lámpara de fuego que utilizaba de día cuando el sol lo abarcaba todo, pues, aseguraba él enigmáticamente, estaba buscando a un hombre. ¿Nosotros, con todas nuestras comodidades, seremos recordados en dos mil años?

¿Qué es lo que tienen en común los hombres antes mencionados, además de que vivían en la indigencia? Que todos ellos estaban buscando algo que sabían no estaba en la comodidad de una casa. En el caso de Ignacio de Loyola y de Francisco de Asís estaban buscando a Dios. Siddartha Gautama, por su parte, buscaba la iluminación que le permitiera despertar de la ilusión que el mundo representa. Y Diógenes lo que anhelaba era la verdad, por eso caminaba con su lámpara encendida aún de día. “Dios”, “luz” y “verdad” son tres maneras diferentes de referirse a algo que no tenemos claro qué es, pero que indudablemente no se puede conseguir mientras sigamos subordinados al apego de lo material.

Indudablemente, el número de individuos que están en las calles y que podrían pasar por sabios o místicos es mínimo, sin embargo, es por este reducido conjunto que la condición de la indigencia adquiere matices complejos. Y ya que se ha tocado aquí el tema del misticismo, resulta oportuno citar a un hombre más que, durante algunos años, se entregó a la dureza de los pórticos y al abrigo de los puentes, se trata de Ramón Llull, del siglo XIII, y que después de haber vivido cómodamente en las cortes de Mallorca y Aragón, abandonó las frivolidades a que estaba acostumbrado para salir en busca del único bien que él consideraba trascendente: Dios. De esta experiencia, Llull escribiría su poema “Desconsuelo”; leamos unos versos: «Fuime a un bosque, y en él tanto llanto y desconsuelo pasó, que me dolió el corazón. Escúchame, si haces lo que a ti te corresponde, procurando el honor de la verdad, y haciendo el bien, y no eres escuchado y no recibes ayuda de quienes pueden darla, no por eso debes lamentarte. Si algo hay que condenar, es lo que por pereza propia se desperdicia; de tu propia debilidad no culpes a los demás, y si estás ocioso con otros no te busques consolar, antes bien, mírate y corrígete. Quizás te preguntes ¿cómo consolarse viendo a la verdad olvidada, despreciada, afrentada e ignorada? El mundo es así, deja de afligirte, el mundo no quiere despertar.»

Del anterior poema de Llull, resulta interesante que éste fue escrito como si de un diálogo entre Llull y un ermitaño se tratara. El poema inicia cuando Llull se retira a un bosque y ahí, en esa soledad, un ermitaño se le aparece y es con éste con quien entabla un extenso diálogo que gira en torno a las ideas de Dios, del mundo, de la malignidad y de la soledad. Llull se siente desconsolado porque el mundo no quiere despertar ni tampoco amar, pero, por el contrario, el ermitaño, quien ha conocido al mundo durante más tiempo, se siente tranquilo, pues sabe que el egoísmo es una dimensión del ser humano invencible e insalvable. Irónicamente, considera el ermitaño, es posible aspirar a la dicha, siempre y cuando uno se desprenda de lo accesorio.

No es fortuito que a Llull lo visite un ermitaño, pues “ermitaño” significa, principalmente, “soledad” y “desierto”, lo cual nos lleva a rescatar otra palabra que aquí hemos empleado con insistencia y es “indigencia”, la cual, en su raíz, tiene que ver con “estar necesitado de algo”. ¿Qué es aquello de lo que estaban necesitados los anteriores personajes y que los llevó a abandonarlo todo? ¿Y nosotros, de qué estamos necesitados para que nos aferremos a todo? De alguna manera, todos somos indigentes, sin embargo, la diferencia está en el desierto que habitamos, pues mientras que el de los místicos es un desierto cuya tierra encierra en sus granos el misterio de la fertilidad, el nuestro es un yermo debido al ocio, a la pereza y al victimismo al que plácidamente nos entregamos. ¿Qué hacer? En primer lugar, levantar la lámpara que Diógenes dejó a nuestros pies y, en segundo, adentrarse en el desierto.

 

Miguel Ángel Martínez Barradas, académicamente tiene estudios de posgrado en literatura. Profesionalmente se ha dedicado al periodismo, a la edición de textos y a la docencia. Como creador tiene publicaciones en poesía y fotografía. En cuanto a sus intereses investigativos, éstos se centran en la literatura y filosofía grecolatinas; el Siglo de Oro español; el hermetismo; y la poesía hispanoamericana.
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