Morir a la vida (Artículo)
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6 de agosto de 2021

 

El mundo iluminado


Estamos en agonía. Todo el tiempo y en todo momento la vida y la muerte luchan dentro de nosotros, aún desde antes de nacer, aún desde antes de nuestra primera formación ventral, incluso desde antes de la expulsión del espermatozoide que se fundió con el óvulo que nos dio nuestra presente forma el enfrentamiento entre las dos más grandes fuerzas del cosmos ya se llevaba a cabo. Todos los días, trazas de nuestra progresiva desaparición se manifiestan, gritan en el peine en el que nuestros cabellos se quedan, en la piel en la que las manchas se propagan, en el tronido de nuestras cada vez más lentas articulaciones, en el dolor de las muelas, en las uñas quebradas, en la curvatura de nuestra espalda y en el extraño olor que expelemos al respirar y sudar. Hay días en que frente al espejo dejamos de reconocernos, pues en nuestra mente todavía nos imaginamos con los jóvenes cuerpos con los que en algún tiempo conquistamos al mundo.

Todos los días sale el sol, pero no todos los días los vivimos, algunos días simplemente pasan entre el tedio de la familia, entre la sordidez del trabajo, entre nuestros pretenciosos deberes que disfrazamos de importantes, aunque, en el fondo, sepamos que son insignificantes. Todos los días sale el sol, pero no todos los días los vivimos porque perseguimos metas vanas como posgrados, bases laborales, salarios altos, deseos de liderazgo, bienes materiales y si bien es cierto que todo ello ayuda a solventar algunas necesidades, éstas son sólo las del cuerpo, sin embargo somos más que cuerpo y por eso a veces sabemos desde el fondo de nosotros mismos, desde un fondo inmaterial, intangible y en el espacio inexistente, pero que ahí está diciéndonos si vamos por el camino correcto o no. Todos los días sale el sol, pero no todos los días los vivimos, pues olvidamos que estamos llamados a la muerte y que incluso el sol alcanza su ocaso.

¿Cuántos de nuestra especie no se han esforzado por alcanzar una meta elevada que consideraban su sentido de vida, pero que al conquistarla descubren que no era más que ilusión? ¿No será que nosotros también llamamos “sentido de vida” a una ilusión? ¿No sería mejor abandonar los espejismos y entregarnos a la nada? Quizás sí, pero difícilmente abandonaremos la vida de comodidades que actualmente tenemos, no importa que éstas sean útiles sólo para este cuerpo que envejece sin cesar, que todo el tiempo vive desde dentro la furiosa lucha entre la vida y la muerte. El filósofo Eckhart Tolle alcanzó su doctorado sólo para darse cuenta de que eso no era lo que en verdad buscaba, por lo que ya siendo “doctor” decidió entregarse a una vida de indigencia en las calles y parques de Londres y fue ahí, entre los anónimos apóstoles que lo acompañaron, que adquirió consciencia de sí mismo.

Un caso similar ocurrió con Thomas Merton, un hombre nacido en Francia que después de concluir su doctorado descubrió que eso que él llamaba “plan de vida” no era más que una nube disipándose. Merton, entonces, abandonó su vida académica y se recluyó temporalmente en un monasterio estadounidense que lo llevó a las primeras luces del conocimiento de sí mismo. Merton, sabedor de que la vida mística era una posibilidad más genuina de ser, se ordenó sacerdote y salió del monasterio, a diferencia de quienes se pudren dentro en los templos, para llevar a cabo un espiritualismo activo en beneficio de la humanidad en general. De entre sus muchas ideas que dejó escritas, rescatemos éstas:

«La plenitud de la vida humana no puede medirse con nada que le suceda únicamente al cuerpo. La vida no es meramente un asunto de vigor físico, de salud, o de capacidad para el deleite. ¿Qué es la vida? Es mucho más que el aire que respiramos, la sangre que late en nuestras muñecas, la respuesta al estímulo físico. Todas estas cosas son esenciales para una vida humana integral, pero por sí mismas no constituyen lo que la vida es en su plenitud. Un hombre puede tener todo esto y, sin embargo, ser un idiota. El que solamente respira, come, duerme y trabaja, ajeno a la conciencia, sin propósitos y sin ideas propias, realmente no es un hombre. La vida, en este sentido puramente físico, es meramente ausencia de muerte. Gente así no vive, vegeta… Para estar vivos, no debemos sólo subsistir, sino pensar con inteligencia, y, sobre todo, orientar nuestras acciones mediante decisiones libres. Estas decisiones deben propender a un crecimiento intelectual, moral y espiritual.»

¿Entonces, si la vida es mucho más que mantener a nuestro cuerpo funcionando, por qué nuestros intereses sólo los centramos en ello? Nos dice Merton que para vivir verdaderamente es necesario aprender a pensar con inteligencia, es imprescindible saber ejercer nuestras decisiones con base en la libertad propia y aspirando a un bien moral y espiritual, para ello no se necesitan posgrados, bases laborales ni lujos materiales, sino solamente voluntad. Todo el tiempo la vida y la muerte luchan dentro de nosotros, estamos llamados al polvo, nada hay verdaderamente que perder, ¿por qué elegir entonces una vida vegetativa?

Merton dejó escrito que «para encontrar la vida, debemos morir a la vida tal como la conocemos», esto explica por qué él abandonó lo que había erigido; la vida de la contemplación exige la aniquilación del “yo”, y la vida vegetativa no es la vida verdadera, sino su contraparte, la mentira. Estamos en agonía, todo el tiempo la vida y la muerte reclaman nuestro cuerpo, pero somos más que un saco de huesos y perderlo no significa realmente nada; el mundo es mundo con y sin nosotros. Todos los días sale el sol, pero no todos los días los vivimos, ¿qué hacer para que ello cambie?, en principio, observarnos y a continuación abandonar toda esperanza en la realidad que conocemos, en aquello que vemos, pues la esperanza en lo tangible no es esperanza. Lo verdadero no se ve, no con los ojos de carne. Lo verdadero se acepta en medio del polvo al que estamos llamados. ¿Vegetamos? Entonces demos el primer paso del cambio: morir a la vida.

 

Miguel Ángel Martínez Barradas, académicamente tiene estudios de posgrado en literatura. Profesionalmente se ha dedicado al periodismo, a la edición de textos y a la docencia. Como creador tiene publicaciones en poesía y fotografía. En cuanto a sus intereses investigativos, éstos se centran en la literatura y filosofía grecolatinas; el Siglo de Oro español; el hermetismo; y la poesía hispanoamericana.
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