Necesidad de comprender (Artículo)
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21 de junio de 2021

 

El mundo iluminado


Laborar y consumir, a esto se resumen nuestros días. Cada mañana despertamos dispuestos a hacer exactamente lo mismo que el día anterior. No hay novedad y tampoco la anhelamos, pues toda ruptura de nuestra rutina, todo cambio en nuestra breve vida, desencadena un difícil proceso de readaptación del que generalmente nos alejamos. ¿Como sociedad, cuántos años llevamos repitiendo este modelo de laborar y consumir? Sin fecha exacta, podríamos establecer, aproximadamente, la segunda mitad del pasado siglo. Laborar y consumir, soñando con que un día podremos comprar nuestra libertad y felicidad, mas éstas nunca han estado a la venta.


La sociedad actual, jóvenes y viejos, carece de ideales trascendentes, de verdaderos intereses políticos, estéticos, éticos o sociales. Los viejos culpan a los jóvenes de la desgracia actual, y éstos a su vez les recriminan a los primeros el ser la causa de nuestros lamentables efectos. Un poema lo resume:

«No hay palabras que irrumpan en la oscuridad ni dioses que alcen la mano. Adonde quiera que mire… tierra amontonándose. No hay formas que se desprendan ni sombras que se ciernan. Y sigo oyendo todavía: “Demasiado tarde, demasiado tarde”».

El poema no tiene nombre, pero sí una mano que hace mucho lo trazó, se trata de Hannah Arendt, una enorme filósofa, o mejor corrijamos, pensadora del siglo pasado, y es que Arendt, cuando su carrera intelectual estaba ya consolidada negaba ser filósofa, a pesar de que ella misma desde los catorce años de edad sabía que quería estudiar filosofía, y así lo hizo, leyendo, criticando y reescribiendo, sin distinción, prácticamente a los principales pensadores de Occidente: una vez afirmó: «De algún modo, se me planteó la siguiente cuestión: o estudio filosofía o me tiro a un pozo, por así decirlo. Pero, desde luego, no por falta de apego a la vida». Hannah Arendt, alemana y judía, nació a principios del siglo pasado y aunque ella nunca lo reconoció como tal, no hay dudas de que fue una niña prodigio con que de alguna forma nos recuerda a nuestra mexicana monja y también prodigio, sor Juana Inés de la Cruz; quizás para otro momento sería interesante hallar los puntos en común entre ambas, no filósofas, pensadoras.

Arendt se inició en la filosofía durante su infancia, y en la política, cuando adulta. A la primera disciplina llegó por su afán de querer entender (¿no esto mismo lo que sor Juana quiso?), de aprender a pensar el y en el mundo, sin embargo, un proceso de transformación ocurrió en ella cuando los nazis iniciaron la persecución de los judíos en 1933, año en que ocurrieron las «detenciones preventivas» en las que judíos fueron apresados, llevados a los sótanos de la Gestapo y después muertos en los campos de concentración.

La filosofía, entendida desde una mirada clásica, sirve para contemplar al mundo y hallar en él las esencias que lo determinan, pero la política, y esto fue lo que cambió la manera de pensar de Arendt, sirve para actuar en el mundo, sin embargo, y a pesar de que Arendt se inclinó por una vida políticamente activa, ella no se afilió a ningún partido ni ideología política, pues, irónicamente, concebía esto como artificial. ¿Cuándo Hannah Arendt abandonó la filosofía y se acercó a la política?, en el momento en el que supo que Auschwitz era real; ella nos dice: «Era como si se hubiera abierto un abismo, porque teníamos la idea de que todo lo demás hubiera podido recomponerse de alguna manera, ya que en política casi todo se puede siempre recomponer. Pero esto no. Esto no debería haber sucedido nunca. Y no solo me refiero al número de víctimas; me refiero al método, a la fabricación de cadáveres y a todas esas cosas. Eso no debería haber sucedido; se trata de algo a lo que nunca podremos acostumbrarnos».

¿Y de todo aquello que la guerra se llevó, quedó algo? Sí, dice Arendt, la lengua materna, una lengua que únicamente sirve para referir un mundo que ya no existe, pero que de alguna manera prevalece en lo más íntimo de cada uno de nosotros. A propósito de esto, la poesía, faceta casi oculta de Arendt, es la única forma de reconciliación. En otros de sus versos, bautizados como “Consuelo”, ella dice:

«Llegarán las horas en que las viejas heridas, esas que olvidamos hace tiempo, amenazarán con consumirnos. Llegarán los días en que ninguna balanza de la vida y los pesares podrá inclinarse hacia uno u otro plato. Trascurrirán las horas y pasarán los días. Pero una ganancia sí nos quedará: la mera persistencia.»

La llegada al poder del régimen nazi obligó a Arendt a huir de Alemania y tan pronto como esto sucedió, el estado presidido por Hitler le retiró la nacionalidad, Harendt se convirtió en una apátrida que, sin rumbo, llegó a los Estados Unidos de Norteamérica, país en el que permaneció hasta su muerte en 1975. El fin de la guerra le permitió a Arendt regresar en algunas ocasiones a Alemania, sin embargo, su patria, aquella tierra en la que había vivido y de la que la lengua todavía le quedaba grabada en la memoria, ya no existía, se había hecho cenizas junto con todos los cuerpos que injustamente habían ardido en los hornos de los campos de concentración.

¿El fin de la guerra nos hizo mejores personas? No, por eso laboramos y consumimos. ¿Podremos alcanzar algún tipo de redención como especie? Imposible saberlo. La desgracia que Arendt atestiguó, a pesar de todo, no le arrebató su capacidad de reírse de lo sucedido y de amar a sus semejantes. Ella adoptó a la política por su deseo de actuar, de renunciar a la observación pasiva en beneficio no de su prójimo, sino de sus amigos, pues si hubo un tipo de amor en el que esta portentosa mujer creyó, fue en el de la amistad. Desde su adolescencia, Hannah Arendt sabía que la filosofía no nos ayudaba a encontrar respuestas, pero sí a hacernos mejores preguntas, y si ella se adentró en el amor al conocimiento fue porque todos tenemos la intuición de que nuestra libertad y salvación comienzan por una necesidad de comprender.

 

Miguel Ángel Martínez Barradas, académicamente tiene estudios de posgrado en literatura. Profesionalmente se ha dedicado al periodismo, a la edición de textos y a la docencia. Como creador tiene publicaciones en poesía y fotografía. En cuanto a sus intereses investigativos, éstos se centran en la literatura y filosofía grecolatinas; el Siglo de Oro español; el hermetismo; y la poesía hispanoamericana. 
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