No saben lo que hacen (Artículo)
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 14 de junio de 2021

El mundo iluminado

 

Todos tenemos convicciones, firmes creencias que nos sirven de brújulas en nuestra vida, o al menos eso queremos creer. Hay convicciones cívicas, las cuales siempre defienden a políticos desinteresados del pueblo al que representan; las hay también éticas, que sirven para diferenciar lo que creemos que está bien de lo que está mal; y hay otras que son las religiosas, en las que el individuo afirma o niega la existencia de fuerzas metafísicas, espirituales, extrahumanas o como quiera uno llamarlas. Son nuestras convicciones las que nos hacen elegir un camino vital para recorrer y que sea éste el mejor que podría haber es otro tema.


En el año de 1893, estando preso en la cárcel de Veracruz debido a sus confusas convicciones políticas, Salvador Díaz Mirón escribió un poema, diez días antes de navidad, cuyo título es “El fantasma”. Leamos algunos de sus versos: «Blancas y finas, y en el manto apenas visibles, y con aire de azucenas, las manos —que no rompen mis cadenas. Azules y con oro enarenados, como las noches limpias de nublados, los ojos —que contemplan mis pecados… Así, del mal sobre la inmensa charca Jesús vino a mi unción como a la barca… Y suele retornar y me reintegra la fe que salva y la ilusión que alegra, y un relámpago enciende mi alma negra». Diez días antes de que naciera, como cada año, el Cristo niño, Díaz Mirón desde el encierro escribe unos versos en los que nos habla de un Jesús que lo visita en su celda, pero éste no rompe sus cadenas, sino que tan sólo contempla sus pecados, pues este Dios encarnado no es más que un fantasma, como lo dice el título del poema, es decir, este dios es tan sólo una ilusión.

La muerte y resurrección de Cristo son, indudablemente, los eventos del cristianismo más sufridos, glorificados y/o recordados tanto por quienes viven estos días con fe, como por quienes lo hacen por simple costumbre. Concretamente de la resurrección es de la que nos ocuparemos por ahora, pues de ésta existen variadas versiones, aunque sólo nos acercaremos a dos. La primera y más conocida se desprende de los evangelios canónicos, es decir, de los textos que el catolicismo ha adoptado como pilares de su dogma y que podría resumirse de la manera que sigue: Cristo, una vez muerto en la cruz y sepultado, resucitó al tercer día. María Magdalena y la otra María fueron las primeras en atestiguar que el cuerpo no se encontraba en el sepulcro y en comprender que la resurrección había ocurrido cuando Cristo se mostró ante ellas diciendo ‘no me toquen’. Por temor, las dos Marías no hablaron de la resurrección del mesías, pero poco importó, pues éste se les presentó a sus discípulos en diferentes momentos, quienes interesantemente no lo reconocieron en un inicio, por lo que Cristo tuvo que presentarse nuevamente ante ellos ya sea por la exposición de las heridas de su martirio, o por la manera de fraccionar el pan. Pasados cuarenta días desde su resurrección, Cristo subió al cielo sin morir.

La segunda versión de la resurrección está documentada en el “Tercer Nefi”, un libro contenido dentro del “Libro de Mormón”, perteneciente a la doctrina de los erróneamente denominados mormones y cuya institución es conocida como la Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días. Confiando en que el lector de estas líneas apartará de sí todo prejuicio religioso, acerquémonos a su descripción abreviada: Nefi fue un profeta de Jerusalén que llegó a América en el siglo séptimo antes de Cristo y fue su descendencia la que derivó en los pueblos amerindios hoy conocidos entre nosotros; con el paso de los años esta descendencia se corrompió y olvidó de las enseñanzas de Nefi. El libro del “Tercer Nefi” fue escrito por un descendiente del profeta Nefi y éste relata que Cristo, después de su resurrección, ascendió al cielo con la única finalidad de volver a descender al mundo en busca de sus ‘otras ovejas’, es decir, los pueblos amerindios hijos del profeta Nefi. Después de su resurrección, dice “El libro de Mormón”, Cristo vino a América, en el año 34, para traer su palabra y algunas de las descripciones que el texto nos ofrece son tan apasionantes como las de los evangelios canónicos; leamos algunas: (Cristo le habla a sus ovejas americanas) «No os acumuléis tesoros sobre la tierra, donde la polilla y el moho corrompen, y los ladrones minan y roban; sino acumulaos atesoros en los cielos, donde ni la polilla ni el moho corrompen, y donde los ladrones no minan ni roban… La luz del cuerpo es el ojo; por tanto, si tu ojo es puro, todo tu cuerpo estará lleno de luz… Jamás el ojo ha visto ni el oído escuchado, antes de ahora, tan grandes y maravillosas cosas como las que vimos y oímos que Jesús habló al Padre; y no hay lengua que pueda hablar, ni hombre alguno que pueda escribir, ni corazón de hombre que pueda concebir tan grandes y maravillosas cosas como las que vimos y oímos a Jesús hablar; y nadie puede conceptuar el gozo que llenó nuestras almas cuando lo oímos rogar por nosotros al Padre… Y sucedió que cuando Jesús los hubo tocado a todos, llegó una nube y cubrió a la multitud, de modo que no veían a Jesús. Y mientras los cubría, él partió de entre ellos y ascendió al cielo. Y los discípulos vieron y dieron testimonio de que ascendió de nuevo al cielo.»

Hemos citado el poema de Díaz Mirón en el que Cristo se aparece como un fantasma porque durante los primeros años del cristianismo se consolidó una doctrina, hoy condenada por el catolicismo, llamada docetismo, la cual propone que el Jesús que aparece en los evangelios, antes y después de la resurrección, no fue más que una apariencia, una ilusión, un fantasma. Los docetistas no niegan la existencia de Cristo, pero consideran un imposible el que un cuerpo humano sea capaz de llevar dentro de sí a la potencia divina. Los evangelios nos dicen que Cristo resucitó, pero no fue reconocido por sus apóstoles. El “Tercer Nefi” postula que Cristo regresó como se fue, convertido en nube y sin poder ser visto. ¿No será que nuestras convicciones son también un fantasma? Todos los días nos encomendamos a nuestras creencias, cualquiera que éstas sean, pero parece que no somos más que animales que no saben lo que hacen.

 

Miguel Ángel Martínez Barradas, académicamente tiene estudios de posgrado en literatura. Profesionalmente se ha dedicado al periodismo, a la edición de textos y a la docencia. Como creador tiene publicaciones en poesía y fotografía. En cuanto a sus intereses investigativos, éstos se centran en la literatura y filosofía grecolatinas; el Siglo de Oro español; el hermetismo; y la poesía hispanoamericana. 
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