Sumisión o rebeldía (Artículo)
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9 de junio de 2021


El mundo iluminado

La inteligencia, la integridad y la libertad son bienes, tesoros únicos que pocos conocen a pesar de que les pertenecen. Estas tres invaluables joyas nos fueron usurpadas por un reducido, pero astuto grupo de viejos buitres que nos engañaron, que nos hicieron creer que estos bienes no nos pertenecían y que era mejor renunciar a ellos si queríamos conservar nuestras vidas. ¡Mentira! La inteligencia, la integridad y la libertad eran nuestra única garantía de salvación, sin embargo, cedimos ante la comodidad de la apatía, la cual nos pudre al tiempo que alimenta a los buitres.

 

¿Queremos ser libres? Entonces renunciemos a la idea de tener jefes. El anarquista ruso Mijaíl Bakunin lo sintetizó bien con aquello de «ni Dios ni amo», pero somos débiles, y más que desear pensar, anhelamos que alguien decida por nosotros, rogamos a los buitres para que tomen nuestra inteligencia, integridad y libertad y las despedacen. En la misma sintonía que Bakunin se mantiene Ricardo Flores Magón, nuestro gran anarquista mexicano que lentamente va desapareciendo de nuestros libros debido a que son los buitres quienes los editan. Flores Magón, a principios del siglo XX, nos hablaba con una vigencia aterradora: «Querer jefes y querer al mismo tiempo ser libres, es querer un imposible. Hay que escoger de una vez una de dos cosas: o ser libres, enteramente libres, negando toda autoridad, o ser esclavos perpetuando el mando del hombre sobre el hombre. Hablar de jefe entre iguales es un contrasentido, a no ser que se trate de iguales en servidumbre, de hermanos de cadenas, como somos actualmente».

La democracia que Flores Magón conoció a principios de su siglo era tan falsa como la nuestra. Juramos que somos libres porque ejercemos nuestro derecho a elegir aunque, muy en el fondo, sabemos que no decidimos nada. Cuando las opciones que se nos dan fueron impuestas anteriormente no podemos afirmar que estamos eligiendo. Son los buitres de siempre los que nos sobrevuelan y todos nos acechan coordinadamente sin importar que sus plumajes cambien de colores; al final, todos los que renuncian voluntariamente a su inteligencia, a su integridad y a su libertad terminan convirtiéndose en la misma carroña. Los buitres, escribe nuestro magnánimo anarquista mexicano, se fortalecen con nuestros muertos: «El Buitre Viejo alisa con rabia las plumas alborotadas por el torbellino de los recuerdos. Su conciencia de ave de rapiña justifica la muerte. ¿Hay cadáveres? La vida está asegurada… Así viven las clases dominantes: del sufrimiento y de la muerte de las clases dominadas, y pobres y ricos, oprimidos y déspotas, en virtud de la costumbre, consideran natural este absurdo estado de cosas».

No cabe duda de que cuando las condiciones de injusticia e inequidad han llegado a grados excesivos, es necesario que uno de los de abajo sea impulsado por sus iguales para frenar la vigilancia y descenso de las aves carroñeras, sin embargo, lo que muchos olvidan es que tan pronto como aquel que fue apoyado en aras de la libertad triunfa, es necesario retirarle todo apoyo, pues ya no es como los que se quedaron abajo. Irónico, sí, pero necesario también. Uno ayuda a su igual para conquistar el poder y tan pronto éste como triunfa es necesario desconocerlo, retirarle toda comprensión y convertirnos en su crítico, pues desde el primer segundo en que el peldaño es superado, el de arriba deja de ser como el de abajo.

El derecho a la rebelión, a la insurrección, es tan importante como el derecho a la vida. Nuestra historia humana desde Lucifer, Prometeo y Cristo, desde Giordano Bruno, Galileo y sor Juana Inés de la Cruz no es más que una historia de insurrectos y rebeldes, pero también de hipócritas, pues cuántos de los que en su momento juzgaron a los disidentes no pasaron a celebrarlos años después de su desaparición. La insurrección, la rebeldía y la posibilidad de asumirse como anarquista cuando el estado se ha corrompido hasta su centro no sólo son derechos de todo ciudadano, sino aún también un deber; Flores Magón, el disidente, canta: «Bendito momento aquel en que un pueblo se yergue. Ya no es el rebaño de lomos tostados por el sol, ya no es la muchedumbre sórdida de resignados y de sumisos, sino la hueste de rebeldes que se lanza a la conquista de la tierra ennoblecida porque al fin la pisan hombres… rebeldía, grita el grano en el surco al agrietar la tierra para recibir los rayos del sol; rebeldía, grita el tierno ser humano al desgarrar las entrañas maternas; rebeldía, grita el pueblo cuando se pone de pie para aplastar a tiranos y explotadores… El miedo es un fardo pesado, del que se despojan los valientes que se avergüenzan de ser bestias de carga… ¡Sumisión! es el grito de los viles; ¡rebeldía! es el grito de los hombres. Luzbel, rebelde, es más digno que el esbirro Gabriel, sumiso.»

Dos posibilidades de ser, dos maneras de moverse por este mundo. Buitres o gleba, voladores o caminantes, sumisos o rebeldes. Cada año un circo se termina y otro nuevo ocupa su lugar, pero los payasos son los mismos. Ya no hay trucos nuevos, los aplausos poco a poco se terminan y los rostros de los actores van perdiendo su maquillada sonrisa. La inteligencia, la integridad y la libertad son el tesoro que todos cargamos, son las joyas que engañados regalamos, pero que a través de la insurrección, intelectual y espiritual primordialmente, pueden recuperarse. Nuestro llamado no es para cambiar a un buitre por otro, a fin de cuentas todos tienen las mismas plumas y vuelan dentro de los mismos círculos, nuestro llamado tampoco es para que depositemos nuestras libertades en quienes vuelan sin saber caminar como los de aquí abajo. ¡No!, nuestro llamado es para conquistar la felicidad, para recuperar nuestra libertad. Vivir, decía Flores Magón, es ser libres y felices. Anarquía es el sol que siempre ha brillado en Oriente, es el astro que los cobardes temen, es la fulgurante esfera que deshace las plumas de los buitres y que borra sus sombras reduciéndolos a la carroña de la que tanto se han alimentado. La democracia, no la real, sino la nuestra, no es más que un foso de carroña. ¡Sumisión o rebeldía!

 
Miguel Ángel Martínez Barradas, académicamente tiene estudios de posgrado en literatura. Profesionalmente se ha dedicado al periodismo, a la edición de textos y a la docencia. Como creador tiene publicaciones en poesía y fotografía. En cuanto a sus intereses investigativos, éstos se centran en la literatura y filosofía grecolatinas; el Siglo de Oro español; el hermetismo; y la poesía hispanoamericana. 
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