Lo invisible, lo secreto (Artículo)
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20 de mayo de 2021

 

 El mundo iluminado


¿Qué es lo que nos hermana con otras culturas? ¿Qué es lo que nos distingue de ellas? ¿Son nuestras diferencias profundas o tan sólo exteriores? La pregunta no resulta ociosa, y es que para quienes en algún momento de sus vidas se hayan detenido a observar la cultura a la que pertenecen, así como las consideradas extranjeras, habrán notado que hay punto en la identidad, en los mitos, en las creencias más arraigadas de los pueblos en que unas y otras son semejantes, por no decir casi las mismas, es decir, por alguna razón todos los pueblos son filosóficamente iguales sin importar de qué lado del océano Atlántico se ubiquen. Demos, por ahora y sin profundizar, un ejemplo, el del diluvio, mito que existe tanto en las culturas de raíz mesopotámica como en aquellas surgidas en la América prehispánica. ¿Por qué, si estos pueblos eran ajenos los unos a los otros, explicaron el origen del mundo con los mismos símbolos? ¿Será que el psicoanálisis no se equivocó cuando propuso que todas las personas tienen arquetipos inscritos en la región más oscura de su psique: el inconsciente?

Además de las coincidencias filosóficas, las culturas del mundo mantienen otras, como es el caso de la poesía. Académicamente, el origen de la poesía suele situarse en el griego poeta Homero, autor de la “Ilíada” y de la “Odisea”, sin embargo, realmente la poesía no inició con él, ya desde antes era conocido el poema de Gilgamesh, cuya datación es del segundo milenio antes de Cristo, es decir, de la misma fecha en que ha sido datado el libro del “Génesis” con el que inicia la Biblia, así como los libros sagrados judíos. Homero pertenece al siglo octavo antes de Cristo, el poema de Gilgamesh es del año dos mil antes de Cristo, pero más allá de las fechas las preguntas que interesan son las siguiente: ¿Por qué las culturas tuvieron la necesidad de expresarse poéticamente? ¿Por qué la lengua fue más allá de lo útil para centrarse en lo bello? ¿Cómo necesita ser el avance de una sociedad para que privilegie el decir algo bello por sobre lo útil? Y es que esto no es trivial, pues las sociedades en las que se gesta la poesía son aquellas en las que las necesidades básicas han sido, de alguna manera, subsanadas.

Regresemos a la idea principal: las culturas del mundo antiguo coinciden filosóficamente en su percepción de la realidad aun cuando éstas no hayan establecido nunca ningún tipo de contacto, pero esto no sólo ocurre con la filosofía, a veces sucede también con la poesía, lo cual no debe de extrañarnos, pues qué es la poesía, sino una síntesis de la filosofía. Pongamos para esto dos ejemplos. El primero es el de un poeta increíblemente desconocido aún para quienes se dicen “ávidos lectores” (expresión fea y gastada que se resiste a desaparecer), se trata de Sully Prudhomme, poeta francés nacido en el siglo XIX y muerto en el XX que entre sus tantos méritos tiene el de haber sido el primer poeta de la historia en haber recibido el Premio Nobel de Literatura, en 1901. Prudhomme escribió incontables poemas, y para ejemplificar que entre filosofía y poesía existe un vínculo innegable, leamos algunos de sus mejores versos:

«La aurora vieron numerosos ojos que ahora duermen en el fondo de las tumbas. ¡Oh! Que ellos la mirada hayan perdido no puede ser posible. Se han vuelto y miran hacia alguna parte, hacia eso que llaman lo invisible. Aquí todas las lilas en la tarde fenecen, todos los cantos de las aves pasan. Aquí a todos los hombres esclaviza la muerte. Queriendo amarlo todo creció mi desventura, y así de mi martirio multipliqué las fuentes. Mi corazón es atraído con igual atractivo por la Verdad con sus faros y por lo Ignoto con sus velos. Quisiera olvidar, volver a nacer y gozar a ojos cerrados de la novedad, flor de las cosas, que se desvanece como edad. Saludaría de nuevo la luz, pero iría abriendo lentamente mi alma virgen y mis párpados para saborear mi asombro. Adivinaría por mí mismo esos secretos que se nos enseñan».

Estos son algunos de los versos de Prudhomme que lo llevaron a ganar el Nobel, versos parisinos y exquisitos del siglo XIX, sin embargo, no son originales, se tratan del eco de un grito que estalló muchos siglos atrás en un tiempo en el que la memoria se pierde, un grito que ha tenido resonancia en muchas otras voces como la de Nezahualcóyotl, por ejemplo, poeta y soberano chichimeca del siglo XV que entre sus enigmáticos versos nos dejó dicho lo mismo que el francés Prudhomme; leamos los versos del tlatoani:

«Percibo lo secreto: ¡Oh, vosotros señores! Así somos, somos mortales, de cuatro en cuatro nosotros los hombres, todos habremos de irnos, todos habremos de morir en la tierra. Nadie en jade, nadie en oro se convertirá: en la tierra quedará guardado. Todos nos iremos allá, de igual modo. Nadie quedará, conjuntamente habrá que perecer, nosotros iremos así a su casa. Como una pintura nos iremos borrando. Como una flor, nos iremos secando aquí sobre la tierra. ¡Aquí iremos desapareciendo: nadie ha de quedar! Meditadlo, señores, águilas y tigres, aunque fuerais de jade, aunque fuerais de oro, también allá iréis, al lugar de los descarnados. Tendremos que desaparecer, nadie habrá de quedar».

¿Por qué un tlatoani chichimeca del siglo XV y un poeta francés del XIX escribieron prácticamente lo mismo? ¿Y por qué ambos recurrieron a la poesía para hablarle a sus iguales del aparente funesto final? Algunas coincidencias son tan maravillosas como asombrosas, sobre todo cuando ambos mencionan la experiencia de la muerte no como un término, sino como un acto de trascendencia. Prudhomme dice que en la muerte los ojos se voltean para mirar hacia otra parte (lo invisible), y Nezahualcóyotl, también con sus ojos (los inmateriales) nos dice que en la muerte él percibe algo más (lo secreto), algo más de lo que también habla el francés en su último verso. ¿Qué es lo que nos hermana con otras culturas? La poesía, síntesis filosófica y puerta a través de la que pasa lo esencial que nos conforma, aquello que tiene sed del mismo cáliz en el que alguna vez bebieron un tlatoani y un poeta parisino lo invisible, lo secreto.

 

Miguel Ángel Martínez Barradas, académicamente tiene estudios de posgrado en literatura. Profesionalmente se ha dedicado al periodismo, a la edición de textos y a la docencia. Como creador tiene publicaciones en poesía y fotografía. En cuanto a sus intereses investigativos, éstos se centran en la literatura y filosofía grecolatinas; el Siglo de Oro español; el hermetismo; y la poesía hispanoamericana. 
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