Una chispa de luciérnaga (Artículo)
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9 de mayo de 2021

 

El mundo iluminado


«Poesía eres tú» es quizás el verso más conocido del poeta Gustavo Adolfo Bécquer, sin embargo, existen otras rimas suyas poco alabadas a pesar de su grandeza, tal es el caso de la número LXIX, que dice: «Al brillar un relámpago nacemos, y aún dura su fulgor cuando morimos; ¡tan corto es el vivir! La Gloria y el Amor tras que corremos sombras de un sueño son que perseguimos; ¡despertar es morir!». Indudablemente es por su final que nos vemos obligados a releer el poema y es que la afirmación «despertar es morir» no es menor. ¿A qué se refiere el poeta cuando habla de despertar? ¿Es, entonces, y como decía otro poeta, la vida un sueño? ¿Cuál es la relación entre el fulgor del relámpago y el acto de despertar para morir?

El estudio de la consciencia tiene menos años que la búsqueda y práctica de la misma. Desde hace milenios han sido innumerables los seguidores de la consciencia y a quienes la consiguieron hoy en día se les llama maestros porque lograron despertar; precisamente la palabra ‘Buda’ significa ‘despierto’, y otra manera de referirse a estos maestros es como los ‘iluminados’ porque participan de la luz que dispersa las tinieblas. ¿Será este despertar de los budas, este acto de iluminarse de los maestros, a lo que Bécquer se refiere cuando dice «despertar es morir»?

Pero no nos desviemos. Decíamos que el estudio de la consciencia es relativamente reciente, y es que si bien la consciencia ha sido vista desde su faceta espiritual desde fechas incontables, las investigaciones sobre la consciencia desde una mirada clínica tienen apenas un poco más de cien años. Para el caso que nos ocupa, fue el neurólogo Oliver Sacks quien recopiló y comentó hacia el año 2015 algunos estudios clínicos sobre la consciencia. Su libro lleva por título “El río de la consciencia” y comienza presentando algunos estudios realizados en el año de 1890; nótese que se estima que Buda “despertó” cerca del siglo sexto antes de Cristo, por lo que el tiempo que media entre la experiencia plena de la consciencia y su estudio clínico es de más de dos mil cuatrocientos años (¿y aún así tenemos la osadía de sentirnos superiores con respecto a los antiguos?).

La primera pregunta (aún sin resolver) que se hicieron los científicos de la mente a finales del siglo XIX (el siglo en el que Bécquer publica su rima LXIX) fue si la consciencia es un proceso continuo de percepción de la realidad o si más bien se trata de una experiencia fragmentaria. Oliver Sacks explica esto último a partir de una comparación entre nuestro cerebro y un zoótropo, aquel viejo aparato formado por una base circular sobre la que se colocaban imágenes que parecían tener movimiento cuando se hacía girar el disco que las detenía. Considerando esto, la percepción de la realidad por parte de la consciencia no sería más que una sucesión de imágenes fragmentadas que por la brevedad de la pausa entre unas y otras crean la ilusión de ser todas un continuum. Esta perspectiva científica contrasta con la de las escuelas mistéricas antiguas, para las que la consciencia es una experiencia en la que todo ocurre aquí, ahora, eternamente y sin distinción entre el ser y la Creación. Es decir, mientras que para la neurología la consciencia podría ser una experiencia fragmentada en la que el sujeto capta sólo partes de la realidad, para las escuelas filosóficas y espirituales se trata de una experiencia sin punto de inicio ni de final. Leamos algunas palabras de Sacks:

«Nuestros movimientos, nuestros actos, se prolongan en el tiempo, pero el tiempo en que vivimos ¿es continuo o es más comparable a una sucesión de momentos discretos, como las cuentas de un collar? Para el que la posee, la conciencia parece ser algo siempre continuo, pero si fuera como un collar, sólo podríamos conocer el presente. ¿Será la consciencia sólo «una chispa de luciérnaga y todo lo demás una completa oscuridad? Ni el arte más excelso es capaz de insinuar cómo es realmente la conciencia humana y es que ésta no es una cosa. La rana no posee una conciencia, sino tan sólo una capacidad puramente automática de reconocer un objeto en forma de insecto y de lanzarle la lengua cuando entra en su campo visual. No examina los alrededores ni busca una presa. ¿Por qué, de entre las miles de posibles percepciones nos fijamos sólo en algunas? Porque detrás de ellas hay reflexiones, recuerdos, asociaciones. La conciencia es siempre activa y selectiva. Así, nosotros no vemos lo que queremos, sino sólo aquello que por alguna razón significa algo para nosotros. Cada percepción, cada momento somos nosotros».

Oliver Sacks, pensando en los estudios de los neurólogos que lo precedieron, así como en la percepción de la realidad (la consciencia) de sus pacientes, concluye haciendo una analogía con el cine y diciendo que aquello que vemos no es más que un conjunto de fotogramas sucediéndose uno después de otro y que ante cada pensamiento, lejos de ser sus espectadores pasivos, reafirmamos lo que somos, imprimimos nuestra imborrable marca que permanece en el otro a pesar de que no somos más que una colección de momentos.

El motivo que nos congregó fue el breve y bello poema de Bécquer en el que se nos dice que la vida humana es más breve que el fulgor de un relámpago y que la muerte, la verdadera y no sólo la del cuerpo, ocurre cuando despertamos. En las previas palabras de Sacks también aparecieron comparaciones de la consciencia con respecto a la luz y a la oscuridad, pero también en relación a dos animales: la rana y la luciérnaga. Terminemos preguntándonos: ¿si la vida es más breve que un fulgor caído del cielo, a quién deseo imitar: al pasivo anfibio que extiende su pegajosa lengua para alimentarse de todo lo que se asemeje a un insecto (las ilusiones), o al cauto insecto que destellando atraviesa la oscura noche? La rana espera en el pantano sin saber que existe, y una luciérnaga pasa volando frente a ella. Rápida como el instinto, abre su boca, saca la lengua y se traga al volador insecto. Ella no lo sabe, pero en su interior algo más que alimento la nutre, es la consciencia oponiéndose al mundo como una chispa de luciérnaga.

 

Miguel Ángel Martínez Barradas, académicamente tiene estudios de posgrado en literatura. Profesionalmente se ha dedicado al periodismo, a la edición de textos y a la docencia. Como creador tiene publicaciones en poesía y fotografía. En cuanto a sus intereses investigativos, éstos se centran en la literatura y filosofía grecolatinas; el Siglo de Oro español; el hermetismo; y la poesía hispanoamericana. 
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