El grillito en Tuxtepec
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luis fernando paredes- MASCA LA IGUANA -

¿Quién es el que anda ahí...?

Las cifras presentadas del consumo cultural en el país el sábado en la columna de Sabina Berman con el título “el secreto sucio de nuestra cultura”, produjo la pregunta obligada: ¿Cuáles son los niveles de consumo cultural en la región del Papaloapan? ¿Cuáles son en la ciudad de Tuxtepec? Sean cuales sean, son el resultado de lo que hasta ahora se ha hecho en la ciudad.


Escribo esta nota mirando de frente el aviario que construyeron sobre el pasaje peatonal del río de Orizaba, a la altura de la terminal de autobuses. Esta jaula, que no es de oro y que tampoco deja de ser prisión, contiene el vuelo de varias especies que llaman la atención a los transeúntes, entre los que destacan las familias que comentan asombrados los colores, los tamaños y las formas de las aves.

Celebro este nuevo atractivo del río, ese que admiro por estar limpio y cruzar por la ciudad. Admiro el nivel de limpieza del pueblo orizabeño y me pregunto sobre el tiempo que llevó a sus autoridades alcanzar este grado de respeto por uno de sus patrimonios naturales. Este río ha acompañado a enamorados y asiduos caminantes que disfrutan de recorrerlo en el ya citado pasaje peatonal, ahora vigilado por los pájaros del aviario.
No puedo  - ni debo – evitar mis naturales referentes. Cuando niño las tardes las pasaba en el “campo de aviación”, a dos cuadras de mi casa. Una enorme extensión de campo rodeado de alambrado de púas que representaba una puerta a la aventura. Entrar a este territorio que en realidad era una pista de aterrizaje para civiles y militares era una actividad de cientos de niños de las colonias circundantes y también eran cientos de familias que cada fin de semana hacían ahí sus días de campo.

Las víboras de agua, esas que no miden más de 15 cm y que cambian de color al entrar en contacto con el líquido, eran un verdadero trofeo y recompensa a su búsqueda entre piedras y charcos. Los ajolotes, que en esta región cuenqueña se les conocen como guarasapos, los capturábamos con bolsas de plástico o de “mandado” – que aquí le llaman morral -  y la metamorfosis en vivo y en directo, saltando entre las manos, fue de las mejores clases de biología que recuerdo. Por supuesto que ver crecer ese ajolote hasta convertirse en una rana en la cisterna elevada de mi vecino Enrique ha sido el mayor experimento compartido en secreto  por toda su familia que usaba el agua experimental.

Volar “papalotes” o sarapicos nos llevó invertir muchas otras tardes aunque jamás tantas como las que recorríamos la pista de aterrizaje con el temor de que los soldados nos sacaran, cosa que nunca sucedió ni cuando aterrizaban las avionetas y todos los que estábamos en el campo, en calidad de ilegales, nos asombrábamos de ello. Una de ellas se estrelló en una escuela primaria ubicada en la colonia siguiente del final de la pista; fue un sábado, fallecieron el piloto y el conserje, el mito urbano decía que una de las alas de la avioneta le había cortado la cabeza. En Tuxtepec y en todo el país, actualmente no hace falta una avioneta para ello ni forma parte de un mito, sino de la realidad que se vive.

Esta realidad implica también reconocer que la infancia en la cuenca no goza de los suficientes espacios seguros para desarrollar y encauzar su natural asombro. Tuxtepec y su región han crecido sin tomar en cuenta una política que atienda a sus niños, los cuales viven elevados índices de maltrato de todo tipo.

Años después el campo lo cerraron para construir el ahora hermoso parque Revolución Mexicana, que para los cuates sigue siendo el mismo campo de aviación  y para las nuevas generaciones mejor conocido como “el parque ecológico”, con cientos de árboles que dan sombra  a un mayor número de familias que cada fin de semana hacen su día de campo; a cientos de corredores que diariamente usan su pista y también los paseantes en bicicleta que usan la suya. Ambas rodean las dos lagunas que son la invitación a remar y contemplar las aves que los habitan. Sobresale también un enorme aviario en forma de esfera que se aprecia desde puntos lejanos si nos subimos a las azoteas de casas del centro o a edificios.

El aviario del parque ecológico es criadero de especies que una organización de pajareros vende por las calles de Puebla como un viejo oficio que logra mantenerse como parte integrada al paisaje citadino. Hace años que no entro al aviario, la mejor hora para hacerlo es muy temprano, lo más que se pueda, cuando los pájaros celebran el nuevo día con sus cantos y vuelos. Pienso que este aviario orizabeño, que miro mientras escribo, más pequeño que el poblano, pero igual de bello por su intención y por la magia del río que cristalino también canta, ha sido un acierto de sus autoridades, una acción que impacta en la identidad orizabeña y motivo de orgullo de quienes habitan esa ciudad.

Orizaba, la ciudad del grillo cantor tan cercana a Tuxtepec y tan distinta a la vez ofrece la oportunidad de visitarla e invitar a que nos visiten. Distintos son también los niveles de consumo cultural, los cuales investigaré a detalle.

Nosotros, quienes damos vida a la ciudad, los que la habitamos, tenemos un río, el Papaloapan, tenemos patos buzos, pájaros por cientos, peces para que los niños los capturen con bolsas y hagan su propia aventura y cientos de elementos que los oriundos identifican y forman parte de sus recuerdos. Lo pienso y la ironía en el mirar de la iguana me hacen recordar el refrán: nadie sabe lo que tiene hasta que lo ve perdido.
¿Tuxtepec, la de los sapos, aves, luciérnagas, conejos, peces, pájaros carpinteros, colibríes, verde todo el tiempo,  sabes lo que tienes? ¡hasta tus propios grillos cantores posees!

Yo declaro no saber de qué lado masca la iguana.

*Director del Centro para el Desarrollo de la Inteligencias Múltiples e INCISO. www.soytuxtepec.blogspot.com

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