Sonreír ante la desgracia (Artículo)
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28 de marzo de 2021

 

El Mundo Iluminado



Cuántas veces no hemos imaginado un futuro en el que la libertad y la vida social sean nuevamente posibles; un futuro en el que sea mayor el tiempo que pasamos fuera de casa y menor el que dedicamos para vivir dentro de ésta; un futuro en el que la enfermedad que hoy padece el mundo no nos obligue a confrontarnos con nosotros mismos; porque es así, si buscamos salir a la calle, ver a nuestras amistades, tener compañía, no es por nuestro alto grado de humanismo, sino porque nos detestamos, a tal punto que constantemente buscamos evadirnos.

Hubo una vez, en el siglo VI a. C., un joven cuya única carencia era no tener carencias. El joven era feliz en su casa, en su inmenso palacio del que una vez encontró las puertas abiertas y decidió escabullirse fuera de él y hacia las fauces del mundo loco y enfermo. Los ojos del joven, rebasados los muros familiares, no encontraban punto de reposo, brincaban de un lugar a otro aterrorizados por lo que veían: enfermedad, vejez y muerte, tan naturales para nosotros, pero tan ajenas para este inocente que tantos años había pasado bajo el cobijo familiar; el joven era ignorante de aquello que por primera vez conocía: el sufrimiento. El nombre de este joven fue Siddharta, pero baste con que lo llamemos Buda (Iluminado) para que comprendamos más rápidamente de quién estamos hablando.

Haber alcanzado el nirvana (el despertar de la consciencia) es el distintivo de Buda, lo hizo a los 35 años de edad y su motivación fue comprender el sufrimiento al que estamos expuestos, sin embargo, ¿es necesario que nosotros alcancemos el nirvana para dejar de sufrir? ¿Podemos comprender el sufrimiento desde nuestra cotidianidad? ¿Realmente se deja de sufrir si se es como Siddartha? “No”, “sí” y “no”, respectivamente, son las respuestas a las anteriores interrogantes. El joven príncipe se entregó a la meditación por miedo al sufrimiento, a la vejez, a la enfermedad y a la muerte, y cuando finalmente se iluminó, una sonrisa, que nunca se borraría, se dibujó en su rostro; Buda no sonreía porque había dejado de sufrir, sino porque había comprendido que el sufrimiento era inevitable y que si algo podía hacer con el sufrimiento, o más precisamente, que si algo podemos hacer nosotros con el sufrimiento, es aceptarlo.

La sonrisa en el budismo es un símbolo de aceptación, de resignación, pero no en el sentido de derrota, sino en el de volver a significar la realidad a partir de nuestras limitaciones mortales. Se nace para sufrir y se sufre para despertar, y si se despierta a tiempo la muerte será sólo corporal y nunca de consciencia, pues ésta permanecerá viva en los otros, en quienes en vida nos acompañaron en esta inexplicable travesía humana. Sobre la sonrisa en el budismo, el monje Thich Nhat Hanh nos dice:

«La vida está llena de sufrimiento, pero también ofrece muchas maravillas. Sufrir no es suficiente, debemos, además, entrar en contacto con las maravillas de la vida. ¿Tenemos que realizar un esfuerzo especial para disfrutar de la belleza? No, sólo lo hacemos. Estamos tan ocupados que casi no tenemos tiempo de mirar a los seres queridos y a nosotros mismos. No sabemos aprovechar el tiempo para estar en contacto con nuestro yo. Hay millones de maneras de perder este valioso tiempo –el televisor, el teléfono, la calle–. No estamos acostumbrados a estar a solas con nosotros mismos, y actuamos como si nos desagradáramos y tuviéramos que escapar de nuestra compañía. La vida es a la vez atemorizarte y maravillosa. No crean que debemos adoptar una actitud solemne para meditar; si queremos meditar bien tenemos que sonreír. La sonrisa significa que somos nosotros, que tenemos soberanía sobre nosotros mismos, que no nos agobia el olvido. Esta clase de sonrisa aparece en los rostros de los Budas…»

Vivir bien consiste en saber preguntar lo que es necesario, ¿cómo llegamos a este estado?, preguntando erróneamente hasta que comprendamos. Aquí la pregunta necesaria es ¿y si sabemos lo anterior, por qué no sonreímos? Ninguna respuesta es satisfactoria cuando se da apresuradamente, pero en este caso es necesario hacerlo así: si no sonreímos, si en su lugar sufrimos, es porque nuestra mente arrastra el pasado o se lanza hacia el futuro, evadiendo no sólo al yo, sino también al presente. “Cuando tenga un buen trabajo haré esto”, “Cuando termine de estudiar tendré aquello”, “Cuando me case amaré fielmente”, “Cuando tenga dinero…”, son algunas de las excusas para no vivir en el presente, para considerar que la vida no es ahora, sino mañana, pero pensando así nunca estaremos vivos ni aprenderemos a aceptar el sufrimiento.

Que todo lo que amamos va a morir, es una ley ineludible, y que nosotros habremos también de morir es el complemento de esta ley. ¿Por qué entonces nos aferramos a la idea de que la vida está en el futuro o en el pasado, de que la vida regresará cuando la enfermedad del mundo se termine, de que la vida un día borrará el sufrimiento de nuestros corazones? El mundo es una tierra de desgracias eslabonadas, de males interminables a los que nunca venceremos, sin embargo, añade Tich Nhat Hanh: «no me digas que una sonrisa y tu dolor no pueden combinarse. En todos existe la capacidad de despertar, de comprender y de amar. Si alcanzaremos la paz, no será por nuestra participación en manifestaciones sociales en contra de la violencia, sino por nuestra capacidad para sonreír, respirar y ser paz».

¿Queremos dejar de sufrir? Entonces estamos condenados. ¿Queremos aprender a sufrir? Entonces hay una salvación. ¿Cómo hacerlo? Soltando el pasado y desdeñando el futuro, aprehendiendo el presente y dejando de evadirnos con pantallas, con el otro, con salidas innecesarias que nos impiden la única convivencia necesaria: la del yo, pero no la del yo del egoísmo, sino la de aquel yo que llevó a Buda bajo un árbol y lo hizo sonreír ante la desgracia.

 

Miguel Ángel Martínez Barradas, académicamente tiene estudios de posgrado en literatura. Profesionalmente se ha dedicado al periodismo, a la edición de textos y a la docencia. Como creador tiene publicaciones en poesía y fotografía. En cuanto a sus intereses investigativos, éstos se centran en la literatura y filosofía grecolatinas; el Siglo de Oro español; el hermetismo; y la poesía hispanoamericana.
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