Liberarnos de nuestros padres y ellos de nosotros (Artículo)
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14 de marzo de 2021 

 

Nuestra herencia


El mundo iluminado

¿Por qué sufrimos? ¿De dónde viene el dolor que sentimos? ¿Cómo explicar que con cada paso que damos nos hundimos más? Un verdugo nos persigue, pero por el constante cambio de su atuendo nos es difícil reconocerlo. A veces, lleva el rostro de la pareja; en otros días, su cara es la de nuestro empleador; cuando es más hábil, lleva los ojos de un guía espiritual o de un terapeuta; pero lo cierto es que este verdugo se nos ha presentado la mayor parte del tiempo bajo un rostro conocido: el de nuestros padres.

Son nuestros progenitores los que nos han traído hasta aquí, no sólo en el aspecto de la generación, sino, también, en el intelectual y emocional. Si pensamos y sentimos como lo hacemos es por las ideas y emociones que nuestros padres nos inculcaron con su presencia o con su falta, pues incluso la ausencia nos forma. Generalmente, cuando somos niños vemos a nuestros padres como inalcanzables, superiores y lejanos, incluso terribles, y a medida que nos acercamos a la adultez esta imagen tiende a desidealizarse, y ahora no sólo los percibimos cada día más viejos y enfermos, sino, también, con sendos errores y malas apreciaciones de lo que “el mundo es”. Hubo un día en el que nuestros padres desafiaron a los suyos, ahora es nuestro turno.

Las relaciones con los padres implican, siempre, algún enfrentamiento, tan es así que, incluso, Cristo murió torturado a causa de un mandato de su padre (¿qué nos espera, entonces, a nosotros como hombres hijos de hombres?). De este enfrentamiento, de las diferencias con nuestros padres, podemos tomar dos alternativas, pero antes de explicarlas, leamos el inicio del cuento “¿Dónde están las monedas?”, de Joan Garriga: «En una noche cualquiera, una persona, de la que no sabemos si es un hombre o una mujer, tuvo un sueño. ¡Es un sueño que todos tenemos alguna vez! Esta persona soñó que en sus manos recibía unas cuantas monedas de sus padres…». Lo que sigue en la historia es preciso resumirlo para poder avanzar: la primera persona que sueña, recibe las monedas y encuentra la felicidad; por el contrario, la segunda persona que sueña, niega las monedas y encuentra la desgracia. ¿Qué simbolizan las monedas? ¿Hemos, nosotros, soñado lo mismo? ¿Aceptamos o negamos las monedas?

Aquí sólo es posible responder a la primera pregunta, las otras dos son personales en su resolución. Las monedas son todas las vivencias que desde el vientre y hasta hoy hemos experimentado a causa de nuestros padres. ¿Nos amaron? ¿Nos golpearon? ¿Nos abrazaron? ¿Nos odiaron? Sin importar la respuesta, todas son monedas. ¿Pero es que, entonces, debemos de aceptar incluso el sufrimiento que nuestros padres nos infligieron? Leamos a Joan Garriga:

«Tomar las monedas significa tomarlo todo. Todo exactamente como fue, sin añadir ni quitar nada, incluyendo lo dulce y lo cruel, lo alegre y lo triste, lo ligero y lo pesado. Si tan difícil nos resulta tomar las monedas es porque no sabemos qué hacer con el dolor. Tenemos problemas porque no fuimos bien queridos como hijos, pero también genera conflicto el amar de una manera infantil, ciega y mágica. Lo importante no es tanto el hecho de que no nos hayan querido, sino si nosotros seguimos amando o no. La angustia no es el hecho de no haber recibido el amor de afuera, sino la falta de amor hacia los demás que sentimos dentro de nosotros. Sufrimos cuando nos oponemos, el malestar se nutre de resistencias. Acusamos a nuestros padres porque es más cómodo el papel de la víctima».

No mintamos, todos hemos gozado de los privilegios que la victimización otorga. Todos, en algún momento, nos hemos beneficiado echando en el saco ajeno las piedras propias, y qué fácil nos resulta convertir a nuestros padres en la fuente de nuestras penas: “Estoy mal porque mi familia no me comprende”, “Mi violencia es culpa de mi padre golpeador”, “Sufro porque viví abusos durante mucho tiempo”, “La vida es injusta”. De ninguna manera se ponen en entredicho las injusticias que desde la infancia se viven, ni tampoco los efectos de las mismas, pero lo cierto es que sólo cuando se toma la responsabilidad plena de la vida propia, cuando se aceptan las monedas, es cuando el rumbo comienza a corregirse y uno deja de hundirse a cada paso que da.

Nos duele el que no nos hayan amado, pero ¿nosotros sabemos amar? ¿Qué tanto del dolor que recibimos no se lo causamos a los demás? ¿Nos hemos convertido en aquello que negábamos: en nuestros padres? Nos encadena lo que rechazamos y si sufrimos es porque nuestro cuerpo vive en el presente, pero con una mente infantil que se quedó en el pasado, en el recuerdo, en aquello que ha perdido su forma y hemos moldeado a nuestra conveniencia. Decían los estoicos que el destino guía a quien lo acepta, pero arrastra a quien se le resiste. ¿Y qué es el destino? Sencillamente una actitud ante la vida.
Hay algo que se nos olvida con respecto a nuestros padres, a nuestros queridos padres, y es que ellos también tuvieron unos, nuestros padres son también hijos, son como nosotros y nosotros, como ellos. Nuestros padres son hijos, son nuestros hermanos, tripulantes del mismo navío en el que cada quien es responsable de su sufrimiento. Nuestros padres, es decir, aquellos que son hijos al igual que nosotros, también recibieron en un sueño sus monedas, algunos las aceptaron, otros, las rechazaron, como también sucedió con otros tantos padres que son hijos y se pierden en la memoria del tiempo. Nuestros padres, nuestros queridos padres, amorosos o terribles, no los juzguemos, pues ellos están tan perdidos en su soledad como nosotros que soñamos con nuestras monedas, contemplándolas en la palma de nuestras manos mientras decidimos qué hacer: si aceptarlas con el sufrimiento que llevan impreso y liberarnos, o arrojarlas para invocar a la desgracia, al victimismo, al autoengaño. Somos por nuestros padres, y no es lo material, sino estas monedas oníricas lo único que podemos llamar nuestra herencia.

Miguel Ángel Martínez Barradas, académicamente tiene estudios de posgrado en literatura. Profesionalmente se ha dedicado al periodismo, a la edición de textos y a la docencia. Como creador tiene publicaciones en poesía y fotografía. En cuanto a sus intereses investigativos, éstos se centran en la literatura y filosofía grecolatinas; el Siglo de Oro español; el hermetismo; y la poesía hispanoamericana. 
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