México, país colonizado afectivamente (Artículo)
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Es lo más común en el Año Nuevo forjarse nuevos propósitos de vida, por aquello de “renovarse o morir” (de aburrimiento, frustración, etc.), en un intento de ajustar cuentas con las causas halladas durante el que pasó, de la insatisfacción existencial  crónica que en ocasiones –a veces demasiadas- llegamos a experimentar.

Hasta aquí la intención es inobjetable y hasta puede afirmarse que un síntoma de salud, pero lo que sigue, esto es, los PROPÓSITOS mismos, sí que son críticos, sobre todo las fuentes de donde los tomamos, pues de ellos(as) depende si efectivamente nos renovamos o sólo reforzamos nuestro MALESTAR.

Fue en los años 90 que comencé a aplicar sistemáticamente la metodología sociológico-crítica a las  cuestiones de la vida subjetiva de los individuos, aparentemente alejada y como blindada de los vaivenes ideológicos y políticos de la sociedad: nada más engañoso si miramos con atención, pues la ideología, una vez interiorizada por el sujeto, pasa a formar parte de su psicología.

Precisamente por esos tiempos, una ocasión que viajaba en “combi”, una adolescente relataba a su amiga las últimas peripecias de la telenovela que seguía. Fue en ese momento que me percaté de lo irónico de la situación: esta niña, ANTES aún de vivir sus propias experiencias amorosas, ya estaba programada por el dispositivo televisivo para sentir y comportarse como un personaje más de esas distorsionadas ficciones, con los desastrosas consecuencias que esto tendría en su vida real.

Algo semejante sucede con el niño campesino que nutre su imaginación con narcocorridos o el urbano de ghetto que lo hace con el contenido misógino de las canciones de moda en su medio. Aunque lo mismo ocurre y ha ocurrido con muchos otros, sea cual fuere su ambiente social o generación. (Ya de niño encontraba extrañísimas las letras de los boleros. De adulto y con la distancia crítica que proporciona la formación musical y la propia experiencia personal, me sigue sorprendiendo lo indeleble que resultó este condicionamiento sobre la generación de mis padres, que determinó –de hecho, LIMITANDO considerablemente- su vida erótico-afectiva.)

Pero aún más intrigante –para no mencionar lo patético que resulta- es ver a sujetos completamente ajenos al trasfondo cultural que supuestamente retratan géneros como el “ranchero”, dejarse colonizar ideológicamente por sus producciones, cuando no sólo no crecieron en él sino que siempre se han desempeñado en actividades y medios radicalmente distintos.

El punto aquí no es el gusto o placer (estético) en escuchar o contemplar estas expresiones artísticas, sino el COMPROMISO incondicional con la concepción del Mundo y la sociedad que manifiestan, llegando incluso a la confrontación con quienes disienten de ella.

Una (primera) explicación pragmática sería que estos OBJETOS DE AFECTO propuestos por la cultura de masas, ocupan el lugar de los que NO existen en la subjetividad de quienes tan fanáticamente los adoptan, como lo ejemplifica el esquema manipulativo del conocido slogan racista de los ’60 de “la rubia de categoría”, que iba así: el (acomplejado) moreno de acá, incapaz de poseer a una (mujer) rubia de allá, cuando menos puede presumir de hacerlo con otra (igualmente rubia)… ¡una cerveza!

Así, quien aún no ha comenzado a CULTIVAR sus propios afectos –o nunca lo hizo, por cualquier causa-, bien le vienen los que le propongan, aferrándose a ellos con todas sus fuerzas, convencido de ser los únicos que tiene o tendrá jamás.

En todo caso, la COLONIZACIÓN AFECTIVA del sujeto por la cultura de masas, es una cuestión abierta y bastante espinosa que merece -pienso yo- una investigación más en forma.

Fernando Acosta Reyes (@ferstarey) es fundador de la Sociedad Investigadora de lo Extraño (SIDLE), músico profesional y estudioso de los comportamientos sociales.

Imagen: 3.bp.blogspot.com

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