8 de abril de 2014
Pero no sólo locutores y comentaristas oficiosos desempeñan el papel de reforzadores, conscientes o no, de las tradicionales actitudes homofóbicas. También están los profesionistas con algún tipo de autoridad, como los médicos, maestros y abogados, cuyas opiniones o decisiones influyen o afectan a mucha gente en principio “neutral”.
Pero no sólo locutores y comentaristas oficiosos desempeñan el papel de reforzadores, conscientes o no, de las tradicionales actitudes homofóbicas. También están los profesionistas con algún tipo de autoridad, como los médicos, maestros y abogados, cuyas opiniones o decisiones influyen o afectan a mucha gente en principio “neutral”.
Entre los últimos se encuentra el grupo de funcionarios del aparato policiaco-judicial, que cierran el círculo vicioso comenzado por los legisladores obsecuentes, al ser los que en última instancia sostienen al STATU QUO represivo de la diversidad erótico-sexual, por lo que terminan siendo, como antaño, tan solo el “brazo secular” de los caprichos de los santos varones –esto es, los ministros religiosos- que, abrevando en el miedo y la superstición, hacen cuanto pueden para desatar el Infierno en la Tierra contra aquellos que no se pliegan a su dictadura moral, de inspiración supuestamente divina.
Restan otros dos actores relevantes en el drama ideológico-social de la segregación por preferencia sexual. Uno son los sexólogos mismos, cuya actitud es básicamente gazmoña, pues no sólo no se comprometen políticamente con sus “defendidos” o “explicados” sino que, llegado el caso, “pintan su raya” declarando solemnemente su heterosexualidad –sea esto verdad o no-, contribuyendo o sometiéndose así a la presunción dominante de que ésta es lo fundamentalmente sano, correcto y respetable, mientras que cualquier otra cosa… bueno, hay que TOLERARLA. Es decir, que pese a sus loables intenciones, no alcanzan aún a comprender que cada una de las diversas expresiones eróticas es legítima por sí misma y, por lo tanto, no necesita defensores “de oficio”. (Por cierto, es un error judicializar un derecho, pues se da entrada a toda clase de argucias leguleyas por parte de los que se oponen a él.)
Y por último –last but not least- están los segregados mismos, los que sufren la marginación y se adaptan o incluso ellos mismos se automarginan para evitar agresiones, refugiándose en “reservaciones indias” que, como las originales, siempre son vulnerables al ataque de los depredadores –ahí están los “crímenes de odio”- que, mientras no cambie el clima ideológico, esto es, la manera de pensar de la gente como un todo, cuentan con una razonable certeza de impunidad, garantizada por el mismo aparato que debería perseguirlos. Así era en “Stonewall” hasta aquella memorable noche en que los policías abusivos se dieron de frente contra literalmente un “muro de piedra”…
Concluyendo, a 35 años de la revuelta de Stonewall, en éstas andamos por aquí… todavía.
Fernando Acosta Reyes (Esta dirección de correo electrónico está siendo protegida contra los robots de spam. Necesita tener JavaScript habilitado para poder verlo.) es investigador independiente de fenómenos extraños, amante de la música y estudioso de los comportamientos sociales.
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