Chapulines, derechos humanos y autoritarismo
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28 de marzo de 2013

El calificativo en política “chapulín” sirve para designar al “político” mexicano que salta de un puesto de representación o de elección a otro y a otro, sin haber concluido los periodos establecidos en la Constitución Política de los Estados Unidos Mexicanos  las Constituciones estatales y las legislaciones electorales. Este zoo politikón, alcanzó su mayor impulso en la era del pasado autoritario mexicano que fue la del sistema de partido hegemónico.

El efecto saltarín antaño fue conocido como estrategia de serpientes y escaleras, para emular a un juego de mesa del mismo nombre; para emular la subidas y bajadas de la clase política mexicana del PRI, entonces partido ganador de todas las elecciones mexicanas, que apuntalaba a su elite política dentro de un largo camino de ejercicio electoral, de candidaturas y control del poder político que tenía y tiene como contenedor institucional desde una regiduría, pasando por una alcaldía, para ascender a diputado local, diputado federal, senador, y bajar o subir según sea el caso a gobernador, asambleísta en el DF, diputado local, diputado federal, todo este ejercicio circense, frente a la inexistencia de la reelección y por ende la falta de profesionalización de la actividad legislativa.

México se fue transformando electoralmente arribó a una democracia electoral joven, pero como toda transformación política, no lleva un unidad o línea constante; mientras se avanza en unos caminos, se mantienen estancamientos en otros y uno de ellos por supuesto que en nuestros días resalta es el fenómeno chapulín, el cual ha alcanzado a todos  partidos políticos reforzando su actuación oligárquica con fuerte actividad saltarina de sus cuadros de dirección y control, que además se convierte en un requisito natural para salvaguardar los intereses económicos y políticos de los propios partidos políticos que se desempeñan dentro de un cartelización eficiente. De ahí que, ante todo interés por permitir la entrada de iniciativas de ley anti chapulines, como la que enarboló en su momento quien fuera diputada federal por el PAN en la L legislatura federal: Dolores Parra, simplemente se le persuadió de la inconveniencia de abrir el debate a tan oprobioso tema político que por cierto ha generado rubor dentro del panismo mexicano en algunos momentos de reflexión interna.

Empero, en la reforma constitucional sobre derechos humanos que por cierto alcanzó a las preferencias sexuales plasmada en el artículo 1º de la Constitución federal, publicado el 10 de junio de 2011, relacionada con la Carta democrática Interamericana, que en su artículo 6º  reconoce como derecho humano el de la representación política necesario para un Estado democrático, Carta suscrita por el gobierno mexicano en septiembre de 2001. Como siempre, el estado mexicano en el exterior se muestra muy respetuoso de los derechos humanos, pero tardó una década para reconocer dichos derechos, tremendamente vulnerados en la era de hegemonía del PRI, en contra de los mexicanos que tenían preferencias políticas diferentes.

Este derecho humano de representación política a partir de junio de 2011, lo violentan los políticos que aun viven en el pasado autoritario, y sin ningún rubor, con el placer de satisfacer intereses personales, cayendo en mentira después de haber protestando cumplir la Constitución y sus leyes, van en busca de ejercer otro puesto de elección popular sin haber cumplido el que ejercen  por el tiempo previamente establecido. En estas elecciones estatales y municipales de 2013, seguramente una buena cantidad de políticos chapulines vulnerarán la Constitución y los derechos humanos de sus representados, mientras nuestro sistema electoral se acomoda para ponerles un freno.

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Raymundo García García es mexicano, catedrático, investigador y doctor en Ciencia Política.