19 de julio de 2012
Después de las elecciones residenciales pasadas y en el preámbulo hacia la asunción de políticos, dentro de ese mar de nombres que aparecieron como candidatos a síndicos, regidores, presidentes municipales, diputados locales y federales, senadores y candidatos a presidentes de la república; si nos ponemos a revisar su original formación política, inmediatamente salta a la vista una constante: casi el noventa por ciento de los candidatos se formaron en el PRI. Si no se hubiera dado el transfuguismo de manera masiva allá en las elecciones presidenciales de 1988, hoy no tendríamos el totalitarismo partidista del PRI, con el rostro de un pluralismo democrático partidista.
Puebla por cierto ha sido un excelente campo experimental para el transfuguismo político, particularmente en su primera versión como instrumento democratizador; allá en las elecciones de 1992, cuando el candidato a gobernador del PRI Manuel Bartlett Díaz, acusaba a los infieles ex priistas que emigraban a otros partidos políticos como “traidores”, para que después varios de esos infieles que eran gobernantes, el ex secretario de Gobernación de la administración de la Madrid y actor fundamental del neoliberalismo mexicano, afirmaba que gracias al PRI y a sus desechos los partidos de oposición podían ser gobiernos municipales de alternancia. Quien se imaginaría que veinte años después el propio Bartlett, andaría los caminos que severamente había cuestionado: los del transfuguismo.
Y hablando de tránsfugas, traidores, chaqueteros, cambiantes de casaca y de más calificaciones y descalificaciones, el Dr. en Historia y Estudios Regionales Diego Martín Velázquez Caballero, nos regala una obra científica, que sin lugar a dudas, será referente obligado para los estudiosos del poder político, de las élites políticas y de la movilización, reclutamiento y excreción de los partidos políticos mexicanos intitulada Transfuguismo Político en la Mixteca Poblana. Es la migración partidista un acto de… ¿Convicción o conveniencia? Que a través de la editorial Popocatépetl, sale a la luz pública como un ejercicio editorial del ICI; la FDCS-BUAP y el PMA. Introduciendo al lector con una diferenciación entre traidor y convertido que hace George Clemenceau quien anota: “un traidor es un hombre que dejó su partido para inscribirse en otro; mientras que un convertido es un traidor que abandonó su partido para inscribirse en el nuestro”.
Diego Velázquez, toma como coyuntura para iniciar su indagación, el magnicidio sobre Luis Donaldo Colosio, siendo obligado a diferenciar la política como Ciencia en tanto racionalización deontológica, teleológica y escatológica del poder, de la política como acción de los hombres políticos cuya voluntad de dominación condiciona su cotidianidad. Para alcanzar sus objetivos científicos, el autor se inscribe dentro de la corriente vitalista, cuya tradición humanista abrevó en su Alma Mater: la UPAEP. Escuela que atribuye a la condición del hombre una búsqueda incansable de la libertad como única razón de vida.
El vitalismo permite la toma de conciencia en el ser humano del hombre como lo real de su existencia, por encima de razón, religión o cualquier otro límite. Admitiendo que la misión del hombre en la tierra es acatar determinados designios para generar su trascendencia. El hombre como instrumento para forjar un Bien Común. Así, se encuentra un sustento filosófico para otorgar al tránsfuga el reconocimiento al reconocimiento que adquiere de sí mismo, para transformar el statu quo, para cambiar al mundo oponiéndose al estancamiento de la sociedad. Obra que llega en un momento importante para tener una visión refrescada de nuestro acontecer político, municipal, regional, estatal y nacional, en estos tiempos de aparente neblina. Plausible y oportuna la obra de Diego Velázquez.

*Raymundo García García es mexicano, catedrático, investigador y doctor en Ciencia Política.








