Corriente alterna: a la vuelta del siglo XX (artículo)
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14 de mayo de 2019

El soplo de Euterpe

Encenderé la noche
con la gota de obscuridad
que mis manos usan…
R Garduño

El siglo XIX se ha llenado de tiempos. Se ha llenado de acontecimientos que edifican la historia. Las guerras napoleónicas y el crecimiento del Imperio Austrohúngaro ha repercutido en América, Europa, norte de África, islas del Pacífico o del Caribe. Los imperios europeos crecen en la India o intentos en América. México tiene su emperador, Egipto cae bajo el dominio francés y poco tiempo después bajo el dominio inglés. Los holandeses y portugueses aun mantienen intereses en las Molucas, Angola, Sudáfrica, siglo de expansión europea alrededor del mundo. Sin embargo,   al mismo tiempo se produjeron acontecimientos notables que cambiarán para siempre el transcurrir de la historia.

Alemania e Italia se consolidan como naciones; España es invadida por Francia, se produce la Revolución de 1848, Prusia invade Francia al punto que se desarrolla el heroico momento de la Comuna de Paris. La revolución industrial y el nacimiento de la máquina de vapor será la base de un nuevo orden social. Se inventa la fotografía y con ella cambiará las herramientas para registrar el obscuro pasado. Cambiarán vertiginosamente las maneras de vivir y ver el mundo.

Al cruzar el equinoccio del siglo XIX, la pintura era un venerable arte de taller y academia. Se daba por sentado la versión figurativa de la naturaleza. Al perfeccionarse la fotografía con olor a gelatinas y fijadores, pronto comenzó a corroer los fundamentos tan firmes de la pintura. Por aquellos años, algunos pintores construyeron claves de forma y color radicalmente diferentes a la concepción del espacio y temas anteriores. Aparecieron van Gogh, Manet, Monet, Degas, Cézanne. Al principio fueron objeto de burlas y rechiflas interminables, pero había nacido el Impresionismo y la nueva pintura acabó por llegar a buen puerto y permanecer como un movimiento de ruptura. El color y la forma ya no serían nunca más las formas que poblaron museos, colecciones y el gusto general.

La música también levantaba la pesada ancla que había lanzado Beethoven.  Todo lo que era posible expresar musicalmente en una sinfonía, Beethoven ya lo había integrado a su impresionante obra.

 Esta circunstancia provocó la búsqueda de nuevas formas expresivas y una confrontación duradera entre los conservadores de la forma clásica -diríamos beethoviana- y los innovadores.

Una primera respuesta que urgaba entre las notas musicales clásicas, dio origen a la música descriptiva, la cual tenía por objeto contar historias. Los contenidos musicales eran subsidiarios de acontecimientos que el compositor tomaba como punto de partida y, representarlos desde el punto de vista musical.

Un primer intento es la Sinfonía Fantástica de Héctor Berlioz, en la cual se intenta dar cuenta de las andanzas amorosas de un joven y su experiencia con el uso de drogas, en aquel entonces poco conocidas y aun usadas libremente en medicina.  

No obstante aquella obra de Berlioz poco comprendida aun hoy, los intentos de compositores por describir pequeños momentos, algunos comunes a todos, condujo a Richard Strauss afirmar que podía expresar musicalmente el sonido de la cerveza al verterse en un vaso, incluso de que clase de cerveza se trataba.

Los caminos del arte se bifurcan. Los rencores nacionales florecen y el arte vuelve la mirada a sus nacionalidades. El folklore y las temas musicales rituales y tradicionales son convertidos en temas orquestales. Entre los más destacados compositores que adoptan temas de la patria está Bredrich Smetana, que a través de su magna obra Mi Patria, trata de describir ríos, paisajes, atmósferas de su natal patria checa. Edvard Grieg compone la suite Per Gynt, Debussy compondría una notable obra La Mer, y en Rusia Modesto Mussorgsky componía Cuadros de una Exposición; con ello lograba una interacción inspiradora entre pintura y música.

El siglo XIX parecía tener prisa por irse. Atrás quedaban las cenizas de la historia. Un nuevo escenario se abría a la realidad. Nietzsche moría en 1900, Freud descubría la intrincada naturaleza humana, Einstein proponía la Teoría especial de la Relatividad en 1905, Planck, rompía la continuidad del mundo al postular que la energía se convertía en pequeños paquetes a los que denominó quantos. Rutherford descubría la estructura atómica y  María y Pierre Curie explicaban la radiactividad al tiempo de descubrían nuevos elementos químicos, La ópera perdía a uno de sus más grandes exponentes: Verdi se despedía del mundo en 1905. En 1903 los hermanos Wright emprenden el vuelo y  el espacio deja de ser una barrera para los sueños y posibilidades humanas. Todo cambia con asombrosa velocidad, las premuras de una revolución del pensamiento alcanzó la música. Mahler llevó la sinfonía a sus más sobrecogedoras estructuras e incorporó diversas expresiones armónicas en sus obras, con ello dotarlas riqueza musical  que expresaba la música pura.

Debussy se asomaba a un panorama más rico y disolvía las ya rancias formas musicales que alcanzaron en la música para piano, notables expresiones con el mismo Beethoven y Lizt para culminar con Chopin.  Aparentemente no quedaba mucho por explorar. La música de fin del siglo XIX aun descansaba en las formas armónicas clásicas y románticas. No obstante, Debussy buscó innovaciones con combinaciones novedosas de acordes y escalas, que resultaron asombrosamente novedosas; sorprendieron al público acostumbrado a la armonía heredada de los grandes compositores anteriores. Quizá el más completo y extraordinario compositor de final de siglo fue Erik Satie, cuya disímbola y bella música dejó perplejos a sus contemporáneos. Las Gimnopedies y las Gnossienes, nombres dadaístas, constituyen una obra única con aires de misterio y belleza extraordinaria.

El austriaco Arnold Schoenberg quizá fuese el más notable innovador del lenguaje musical en el puente entre dos siglos. Schoenberg pensó que el romanticismo había agotado todos los sonidos armónicos, por tanto, era tiempo de hacer música con los menos armónicos posible. Esto  significaba la liberación de la disonancia, de manera que dejaban de ser simples recursos de la armonía tradicional y convertirse en sonidos autónomos. Surguó la música dodecafónica con una refla simple: en una sucesión de notas, cada una de las doce notas debe sonar una vez. Esto constituye una serie musical y el resto de la composición debe construirse a partir de ella. La teoría de Schoenberg pronto influyó en otros compositores que iluminaron el espinoso camino de la nueva música.  Las ideas dodecafónicas impactaron incluso la literatura. Thomas Mann partió de estas ideas para dotar de voz a Adrian Leverkuhn, protagonista de la compleja novela Doktor Faustus.

La música al comenzar el siglo XX, había adquirido una nueva lengua, nueva gramática para expresarse. Surgieron muchos compositores de grandes alcances: Carlos Chávez en México, Bela Bartok en Hungría, Alban Berg, Darius Milhaud, Igor Stravinsky, Sergei Rachmaminov, poco después Edgar Varese, Iannis Xenakis, Giacinto Scelsi y otros más. La música flotaba en un nuevo aire liberado y puro.

Para la semana:
I.-Bela Bartok. Stringquartet No. 4
Hungarian String Quartet.
II.-Leos Janacëk. String Quartet No. 2.
Janacëk Quartet
III.-Alban Berg. Lulu Suite
IV.-Arnold Schoenberg. Suite in Alten Stile.
XX Century Classics Ensamble.
V.-Erik Satie. Gymnopedies y Gnossienes.
VI.- (Imperdible) Vaughan Williams. The lark ascending.
London Philarmonic Orchestra. David Nolan, Violín.
VII.-Sergei Rachmaninov. La isla de los muertos. Poema Sinfónico
Royal Stockolm Philarmonic Orchestra. Andrew dabis, director.

 

Alejandro Rivera Domínguez, miembro del Seminario de Cultura Mexicana y la Asociación de Estudios del Pleistoceno.

Correspondencia: Esta dirección de correo electrónico está siendo protegida contra los robots de spam. Necesita tener JavaScript habilitado para poder verlo.

 

Imagen: eek-a-boo-magazine.be

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