- Varones en la Intimidad -
29 de octubre de 2013
Pareciera un contrasentido el título de este texto. No es un juego de palabras, es una manera de nombrar las dinámicas de transformación en las que muchos hombres estamos comprometidos. Me refiero a esas dinámicas que nos ponen en tensión entre la manera como aprendimos la masculinidad patriarcal, y las rutas de cambio que nos demandan propuestas como las de las masculinidades liberadoras.
Entonces, literalmente entramos en diálogos interiores entre esas hombrías que juegan a protagonizar nuestros pensamientos y prácticas. Claro que no siempre son diálogos “amistosos”, bueno, casi nunca, porque lo que está en juego son concepciones de lo que es ser hombre, y finalmente concepciones de la vida y el mundo.
Entonces el camino que seguimos en este proceso de preguntarnos críticamente acerca de nuestras masculinidades, es conflictivo y no es uniforme ni homogéneo. Es que empezar a descentrar de nuestras manos el poder social y cultural que nos otorga el patriarcado, no es fácil. Empezar a aligerar las corazas corporales que congelan nuestra expresividad emocional y afectiva, no es cosa de un día para otro. Descargar nuestras miradas del morbo cuando miramos por ejemplo a una mujer, o descargar nuestras palabras de la agresividad con la que crecimos, o nuestras manos programadas para los golpes, no es cambiando así no más. Desprogramarnos de un equipaje de género que incluso muchas veces a nuestro pesar hemos reproducido, es todo un plan de vida.
Pero bueno, en eso estamos muchos hombres a lo largo y ancho de Nuestra América y del mundo.
Los trayectos son muchos, diríamos que tantos como hombres involucrados en este proceso, y eso está muy bien. Ya ello es un primer contrapunteo con el patriarcado que nos impone un modelo hegemónico y dominante de masculinidad (en singular), porque pretende uniformar modos de estar y ser en el mundo como lo hacen todos los sistemas dominantes, esos que pregonan el “pensamiento único”.
Pero a contracorriente y desobedeciendo a los mandatos machistas, vamos construyendo nuevos y mejores criterios para vivir nuestras masculinidades –en plural-esas otras maneras que mejoran nuestra calidad de vida y nos acercan a relaciones en equidad con las mujeres, y en fraternidad con los demás hombres.
Esto implica para nosotros un ejercicio muy particular: dado que el sistema hegemónico de género atribuye el poder a las lógicas masculinas de la vida y a los hombres (en la economía, política, desarrollo, religiones, aparato judicial, espacios domésticos, sexualidad…), y que en virtud de ello estamos EN-poderados (en el poder), entrar en un proceso de cambio implica que adelantemos ejercicios de des-en-poderamiento, esto es, de distanciamiento de todas aquellas prácticas de poder patriarcales.
Ahí es entonces cuando las voces de las viejas hombrías nos zumban en la cabeza: que eso no se puede, que deja de ser hombre, que dios hizo a Adán para estar en el centro del paraíso… Pero de otro lado están las voces que hablan de justicia e igualdad, y que nos traen a cuento las afectaciones personales que también hemos sufrido los hombres bajo el patriarcado.
Es entonces cuando nos hablamos de hombre a hombre, cuando dentro de nosotros entran en confrontación las voces de distintas hombrías: las de los abuelos y padres, las de la iglesia y sus catecismos, las de las películas y sus rambo – paradigmas, las de los video juegos y sus competencias de muerte, y de otro lado las de nuestras rebeldías juveniles y nuestras rabias guardadas por los muchos maltratos, las de una orientación sexual no heteronormativa, las voces de nuestros sueños de ser mejores seres humanos…
Resolver estos dilemas se va convirtiendo en una tarea que implica la vida. Por lo mismo, y siguiendo la ruta del movimiento social de las mujeres cuando iniciaron sus luchas por la igualdad y la equidad de género, lo mejor es organizarse en grupos de trabajo para hacer el tránsito en compañía de hombres que están en el mismo trayecto. Es mejor ir tomando decisiones de cambio en un espacio amigable en el que los diálogos interiores no se queden encerrados en nuestro corazón, sino que, con otros hombres y amigos, puedan entrar en juego de ideas, propuestas y apoyos.
Los grupos de masculinidades son entonces una oportunidad para que de hombres a hombres, vayamos construyendo experiencias alternativas de género que mientras más liberadoras, mejor.
Entonces no nos habremos quedado en un soliloquio individualista, sino que habremos apuntado, colectivamente, a transformar entornos de la cotidianidad. Entonces las muchas voces de los hombres aunadas a las de las mujeres, podrán tener fuerza de futuro posible desde ya y para mañana, para que los niños y jóvenes no sigan creciendo entre desencuentros, sino siendo a plenitud los seres humanos que tienen la potencialidad de ser.
… y ya si me hablo a mí mismo, será para decirme que ¡valió la pena hacer parte de un movimiento de hombres libertarios!
Javier Omar Ruiz Arroyave es miembro del Colectivo Hombres y Masculinidades, Bogotá, Colombia. Pedagogo y Educador Popular. Autor de varios textos sobre masculinidades. Uno de ellos accesible por internet: Nuevas masculinidades y feminidades. Una experiencia de ciudadanía en género. PNUD, Bogotá, 2012.








