La pasión y el destino (Artículo)
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10 de enero de 2021

 

El mundo iluminado


¿Qué tan plausible es el que podamos vivir de acuerdo a nuestra voluntad? En aras de la libertad, del gusto propio y de nuestros deseos solemos encaminar nuestros pasos por esta vida. Procuramos hacer lo que nos gusta, aún también, lo que nos conviene, ¿pero es esto correcto? ¿Sería posible que la vida de uno mismo adquiriera sentido únicamente cuando se hiciera lo que a uno no conviene, lo que no se desea, lo que no agrada? ¿Será esto, acaso, lo que a Cristo llevó a decir «Padre, aparta de mí este cáliz…», cuando sintió en sus espaldas la presencia de la muerte, moviéndolo después a rectificar «…pero no se haga mi voluntad, sino la tuya»? Cierto, en el caso de los “elegidos”, la voluntad propia se subyuga a la superior, pues su meta no es asegurar su felicidad, sino la de todo un pueblo que, por su mediocridad, necesita de un salvoconducto para asegurar su realización.

Ir en contra de la voluntad propia no es sencillo, mucho menos cuando el amor está de por medio. Nadie puede decir con ligereza que renunciar a quien se ama es sencillo. De los posibles amores carnales de Cristo únicamente tenemos como testimonios a algunos evangelios apócrifos, por lo que quizás sea mejor recuperar el tema de los elegidos que van en contra de su voluntad no en la religión, sino en la mitología. La primera fuente a la que habremos de acercarnos la tenemos en el poeta Virgilio, del siglo I a. C., quien en su magnífico poema épico “La eneida” nos habla más o menos así en su cuarto capítulo: A las costas de Libia había llegado una joven mujer de nombre Dido, venía huyendo de su pasado. En Libia reinaba un hombre llamado Hiarbas, al que ella pidió asilo y él se lo concedió, no sin un dejo de maledicencia, pues la condición para poder quedarse en Libia era que Dido consiguiera un toro y habitara en la extensión de terreno que la piel del animal podía otorgarle; el plazo que le daba para ello era de un día. Asistida por su hermana y otras mujeres, Dido se aventuró a conseguir al toro, lo encontraron y mataron, y dedicaron toda la noche a preparar la piel del animal a fin de poder hallar en esas tierras la oportunidad de un nuevo inicio. Amaneció y Dido fue a ver a Hiarbas con la piel del toro en las manos. Burlonamente el monarca la recibió, sin embargo, su vulgar risa se convirtió en silencio cuando vio las manos de la joven mujer. Ella sostenía la piel del toro, tal y como había quedado establecido, sin embargo, ésta no poseía la forma del animal, sino que había sido convertida, audazmente, en un casi infinito hilo, mismo que comenzó a ser desenredado desde el trono del ignorante rey y hasta todos los rincones de LIbia y más allá. El rey era tonto, pero no injusto y aceptó la victoria de Dido. El nuevo reino en el que la joven mujer gobernaría adoptó por nombre el de Cartago.

Tiempo después de haber levantado los nuevos muros de la ciudad, a Cartago arribó una misteriosa tripulación encabezada por un joven de nombre Eneas, quien había huido de Troya luego de que ésta fuera vencida con un caballo gigante cargado de soldados. Eneas vagaba por el mar y había llegado a Cartago por lo que él creía que era una coincidencia, sin embargo, su destino había sido escrito por la mano de la eternidad y su llegada a aquella región de África tenía un fin que él desconocía. Eneas se reunió con Dido, explicó que venía huyendo y pidió asilo. Dido vio en él su misma historia y lo aceptó con cierta desconfianza, misma que pronto desapareció cuando los dioses, sin que los hombres lo supieran, intervinieron. Con unas flechas cargadas de Cupido enamoraron a los jóvenes prófugos, Dido y Eneas se casaron y señorearon juntos en Cartago por siete años, hasta que un visitante funesto se presentó. Se trataba del dios Hermes quien después de decirle algo a Eneas en sueños lo convenció de que escapara de Cartago y Dido, al ver que su amado ya no estaba con ella se suicidó.

¿Qué fue lo que el inconveniente Hermes le dijo en sueños a Eneas? Que su vida no podía llevarse de acuerdo a su voluntad, sino a la de los dioses, pues él, aunque rey, estaba llamado a un destino mayor: el establecimiento de los cimientos del imperio romano. Y así fue, salió de Cartago, se hizo rey en Italia y creció una familia de la que nacieron Rómulo y Remo. ¿Y Dido, qué pasó con ella? El poeta Virgilio no dice nada más, incluso los dioses la olvidaron, sin embargo, otro poeta del mismo siglo nos da cuenta de ella, su nombre es Ovidio, quien escribió una ficcional carta de Dido para Eneas; algunos de sus tristes versos dicen así: «Cual suele el blanco cisne, que se ve cercano á muerte, así mi canto ronco y débil voz levanto. Y poco importa que se pierda el canto, que pues la honra y fama se ha perdido, piérdase todo y muéstrese mi llanto. Por fuerza has de tener otros amores otra Dido, otra fe que tú quebrantes, otros halagos y actos fingidores. ¿Cómo podrás hallar adonde fueres mujer que te ame como te amo y quiero? Traigo en mis ojos siempre retratado a Eneas, y en el alma está esculpido de noche y día el nombre de mi amado. Que mientras más me quejo y más exclamo en medio de esta rabia y pasión fiera, más ardo, más le adoro, más le amo. ¿De qué crimen me culpas, dime, ciego? ¿Por qué á grave pecado me condenas, sino es porque te amé y ardo en tu fuego? Y sólo pido que se escriba en mi sepulcro: ‘Eneas dio la causa de esta muerte; la espada dio también como inhumano, y Dido, tan amante como fuerte, murió herida con su propia mano’.» Hasta aquí el resumen de la carta.

Eneas tuvo que abandonar a Dido, a quien realmente amaba, porque su deber era mayor que sus posibilidades de amar. Eneas, por el destino que encarnaba, tuvo que renunciar a la dicha propia a fin de asegurar la de las generaciones posteriores. Los poetas Virgilio y Ovidio nos muestran que hay casos en los que por encima de la voluntad de uno está la Ley Superior, por lo que sería justo para nosotros y para quienes amamos que volteemos a ver si nuestros días son causa de nuestra pasión y decisiones o la voluntad de un secreto destino que la eternidad ha escrito en favor de quienes habrán de venir después de nosotros.

 

Miguel Ángel Martínez Barradas, académicamente tiene estudios de posgrado en literatura. Profesionalmente se ha dedicado al periodismo, a la edición de textos y a la docencia. Como creador tiene publicaciones en poesía y fotografía. En cuanto a sus intereses investigativos, éstos se centran en la literatura y filosofía grecolatinas; el Siglo de Oro español; el hermetismo; y la poesía hispanoamericana. 
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