Ética como pedagogía (Artículo)
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24 de diciembre de 2020

 

Cuadernos de Ética 8

 

Bueno es reiterar lo que define a la Ética según leo en el libro de Aristóteles en su Ética Nicomáquea: “Así el término ethikós procedería de éthos <<carácter>>, que a su vez, Aristóteles relaciona con éthos <<hábito, costumbre>>. También Platón (Leyes, VII, 792e) dice: <<Toda disposición de carácter procede de la costumbre>> (pán, éthos diá éthos)”. Hay palabras que se pierden en llamarlas como si fueran algo sin valor, de no darles el valor que se merecen. Y la palabra “costumbre” es una de esas. Aristóteles escribe: “Así pues, puesto que el presente estudio no es teórico como los otros (pues investigamos no para saber qué es la virtud, sino para ser buenos, ya que de otro modo ningún beneficio sacaríamos de ella), debemos examinar lo relativo a las acciones, como hay que realizarlas, pues ellas son las principales causas de la formación de los diversos modos de ser, como hemos dicho”.

“Costumbre” y “educación” van relacionadas. Fernando Savater dice que existe siempre una educación, pero la misma puede ser mala educación, o buena educación. Comprender que el ser humano está recibiendo enseñanzas todos los días de su vida, es atender al hecho de que la vida en familia y en comunidad como sucede en la película El Padrino nos comprueba cuál es la educación que se recibe al interior de esa comunidad dirigida por el “Jefe de jefes”, y como va todo incluido, no sólo los que forman la organización, sino la propia familia que se ve inmiscuida en los hechos y tratos que se toman a diario.

Costumbre y educación, cuando no van dirigidos de manera recta: es decir humanistas, en la concepción más seria y honesta de los conceptos, que basan su presencia como palabras en dirigir moral y éticamente el comportamiento, poniendo por encima de intereses aviesos —todo aquello que destruye al ser humano y a su sociedad—, para fincar una comunidad de principios que por humanistas, sostienen a las revoluciones sociales, cuando estas tienden a tirar todo lo viejo y malo que existe al interior de la misma; para proponer nuevos términos de convivencia, sobre el deseo de progreso y democracia, para la civilidad en que se finquen nuevas propuestas de renovación a que aspira.

Es interesante leer al filósofo griego, cuando nos pone sobre aviso: “Primeramente, entonces, hemos de observar que está en la naturaleza de tales cosas el destruirse por defecto o por exceso, como lo observamos en el caso de la robustez y la salud (debemos, en efecto, servirnos de ejemplos manifiestos para aclarar los oscuros); así el exceso y la falta de ejercicio destruyen la robustez; igualmente, cuando comemos o bebemos en exceso, o insuficientemente, dañamos la salud, mientras que si la cantidad es proporcionada la produce. Aumenta y conserva”. Toda regla en la vida de este planeta se expresa así, la desmedida utilización de algo lleva a su destrucción: así el porfirismo en México que duró desde la década de los 70’ del siglo XIX y hasta 1910 en el siglo XX, pensando quizá que era —en el deseo de Adolf Hitler y su locura— el <<Reich de los mil años>> a que aspiraron los nazistas, cuando sólo les alcanzó quizá para doce años de tragedia permanente. Sembrando el terror en el mundo como nunca se había visto en toda la historia de la humanidad.

Todo exceso dice la cultura ética lleva a la destrucción del cuerpo humano o de su comunidad, cuando del deseo de imponer todo sobre la bayoneta (es decir, el terrorismo de Estado), tal y como sucedió con los casos de Francisco Franco en España, y de Chile con Augusto Pinochet. No hay dictadura que no tenga a corto o largo tiempo su fin: “Hemos de observar que está en la naturaleza de tales cosas el destruirse por defecto o por exceso…” Tales cosas tienen que ver con la salud y la higiene. De las malas costumbres en el mundo de los dineros, como sucede con la práctica del neoliberalismo que atesora las fortunas en pocas manos y no atiende el reparto de la riqueza por el bien de ellas mismas.

Todo exceso lleva a la destrucción de lo que le sustenta. En el apartado “La virtud referida a los placeres y dolores” dice Aristóteles: “Hay que considerar como una señal de los modos de ser el placer o dolor que acompaña a las acciones: pues el hombre que se abstiene de los placeres corporales y se complace en eso mismo es moderado; el que se contraría, intemperante; el que hace frente a los peligros y se complace o, al menos, no se contrista, es valiente; el que se contrista, cobarde. La virtud moral, en efecto, se relaciona con los placeres y dolores, pues hacemos lo malo a causa de los placeres, y nos apartamos del bien a causa del dolor. Por ello, debemos haber sido educados en cierto modo desde jóvenes, como dice Platón, para podernos alegrar y dolernos como es debido, pues en esto radica la buena educación”.

Costumbre, educación, filosofía, ética y moral son términos o conceptos que van de la mano. Quien los olvida labra, por defecto, su ruina. Quien atiende estos temas de su propia cultura, sea por falta de ellos, por exceso o por moderación en atender su presencia, y en saber aplicarlos a su existencia, como reglas que le han de moderar y dirigir de manera juiciosa y cuya meta ha de ser el éxito, ya por contar con salud, si cuida las reglas que le han de quitar de encima la diabetes, hipertensión y demás enfermedades que son una plaga en la vida del siglo XXI. Dice el filósofo de Estagirita: “Además, si las virtudes están relacionadas con las acciones y pasiones, y el placer y el dolor acompañan a toda pasión, entonces por esta razón también la virtud estará relacionada con los placeres y dolores”. La ética viene a ser compañera de vida del hombre y la mujer. Es el camino de las buenas costumbres que encuentran a su paso sensaciones de dolor y felicidad. No siendo el camino algo sencillo, ya que todos los seres humanos, diríamos que preferimos siempre y a toda hora la felicidad, pero sin dolo. La vida nos enseña, que muchas veces para alcanzar la felicidad habremos de recibir necesariamente dolor. El parto de las madres a lo largo de miles de años, es prueba de un momento cumbre, en recibir la felicidad a través del dolor: la sonrisa de padre y madre y de los familiares presentes y médicos es prueba contundente de ello.

Siendo escuela de la naturaleza, y por ello difícil de eliminar para el logro de hacer nacer a un nuevo ser, la enseñanza de la naturaleza es la mejor muestra de que no debemos rehuir al dolor, cuando esto significa la felicidad de lograr la meta que se espera. Todo movimiento social y político en la creación de las naciones es otra prueba: como los que ha tenido nuestra historia en sus mejores momentos: el movimiento de Independencia de 1810 a1821; el movimiento de Reforma 1854-1872 —hasta la muerte de Benito Pablo Juárez García—; y la revolución mexicana de 1910 hasta el año de1917 cuando se promulga la Cara Magna; comprueban que tanto dolor y sufrimiento social, dieron por resultado el forjar un país, que en el contexto de las naciones tiene un lugar de respeto bien ganado para orgullo de quienes somos mexicanos.

Prosigue Aristóteles: “Y lo indican también los castigos que se imponen por medio de ellos: pues son una medicina, y las medicinas por su naturaleza actúan por medio de los contrarios. Además, como ya dijimos antes, todo modo de ser del alma tiene una naturaleza que está implicada y emparentada con aquellas cosas por las cuales se hace naturalmente peor o mejor; y los hombres se hacen malos a causa de los placeres y dolores, por perseguirlos o evitarlos, o a los que no se debe, o cuando no se debe, o como no se debe, o de cualquier otra manera que pueda ser determinada por la razón en esta materia”. ¡Educar, educar!...

 
Francisco Javier Estrada nació en Toluca, México. Es presidente de Casas del Poeta A. C. Fue director y fundador de revistas en tierra mexiquense; creador del Encuentro Internacional de Poetas del Estado de México y fundador de la editorial Casas del Poeta. Ha escrito más de cuatro mil artículos para revistas y periódicos en la entidad. Tiene más de ciento veinte títulos publicados en ensayo, cuento, poesía y antologías.