
21 de agosto de 2020
Posdata 6
Nos recuerda Miguel León Portilla en el prólogo dedicado al libro Historia de la literatura náhuatl: “la tercera institución con la que también estuvo ligado por mucho tiempo fue la Editorial Porrúa. Amistad muy grande tuvo con los fundadores de la librería que ostenta el mismo nombre y, de modo muy particular, con don José Antonio Porrúa, su director por muchos años hasta el presente. “El Páter”, desde que se estableció definitivamente en la ciudad de México hacia 1941, cumplidas sus tareas de párroco-misionero en diversos pueblos, comenzó a visitar en forma regular, una o varias veces a la semana, la Casa Porrúa en su sede de las calles de Justo Sierra y República Argentina. Allí entraba en tertulia amistosa con los Porrúa, y otros conocidos, no pocos de ellos distinguidos universitarios, comentaban libros y proponía proyectos”. Pensemos en el padre Garibay al entrar a la Casa, oler el sabor de lis libros como si entrara a un restaurante de comida. Esta tercera actividad de Garibay como investigador y escritor. Como difusor que ama los libros y piensa que son el mejor vehículo para que los habitantes de su país y de otros países se enteren de la riqueza que es México en el centro del altiplano.
Escribe León Portilla: “Muchas son las obras que Garibay dispuso para ser publicadas por esta casa. Diré ya que fueron ellas cinco en la Biblioteca Porrúa, diez de la colección “Sepan Cuantos…”, además de varias ediciones de su Llave del náhuatl y haber fungido como director del Diccionario del que luego hablaré. De esta vinculación tan estrecha con la Editorial Porrúa, trataré aquí, si no con la amplitud deseada, al menos recordando aspectos principales de ella”. Dura y difícil tarea del biógrafo cuando se trata de encontrar lo más relevante en un genio. Los genios están llenos de aristas, inacabables, si no pensemos en la vida del escritor Jorge Luis Borges, quien ha estado sometido a todo tipo de infracciones en la búsqueda por saber hasta cuál era su vida sexual. Como si ello no fuera motivo de la intimidad que nos es dado a cada quién.
Con el padre Garibay entender cómo le fue posible ser tan grande investigador de nuestras lenguas indígenas. El saber de su vocación primera en el mundo de la religión, como sacerdote o cura de poblaciones mexiquenses. Su vida de académico y universitario. Siguiendo la lectura de León Portilla, él dice: “Fue justamente la Historia de la literatura náhuatl, en dos volúmenes el primero de los trabajos que entregó don Ángel a esta editorial para su publicación. Comentar aquí los méritos de este opus magnum implicaría dedicar a ello numerosas páginas. Ya, al aparecer en 1953 y 1954 los dos volúmenes integran, la acogida que recibió fue de reconocimiento y admiración por lo mucho que aportaba”. La edición que tengo es del año de 2007, cuando fue publicada por vez primera en 1953 ciertamente resultó un libro especial. Con la idea del filósofo Samuel Ramos, que pedía a los mexicanos el estudiarnos a nosotros mismos, para saber quiénes éramos en la década de los treinta.
Saber de dónde venimos. Escribe León Portilla: “En el primer volumen abarcó Garibay lo que él llama “Etapa autónoma” de esta literatura, es decir la que con fundamento crítico puede considerarse como un conjunto de producciones de los tiempos prehispánicos. En esa primera parte…da comienzo don Ángel con una amplia introducción en la que se discute cómo se rescató la antigua palabra que originalmente provenía de la tradición oral, apoyada en las pinturas y signos glíficos de los códices. Para luego describir las fuentes, todas ellas de primera mano, en la que se conserva esta literatura”. Los pasos de un gambusino que con sumo cuidado revisa paso a paso su descubrimiento. Tal seriedad y método lo ha de llevar a planos mayores en su descubrimiento, logrando así, alcanzar la veta de oro del conocimiento de nuestros antepasados. Por eso le admiraba tanto el Dr. Miguel León Portilla, que terminó recibiendo todos los halagos que en vida don Ángel María Garibay no recibió.
Su método de trabajo el de un arqueólogo, el del antropólogo, el del científico que en el laboratorio con sus alambiques revisa paso a paso, escribe León Portilla: “En diez extensos capítulos estudia a continuación el origen de los rasgos estilísticos y cuanto es característico y propio de los Cuícatl, cantos y poemas, y de los tlahtolli, discursos, relatos, anales históricos. En cada caso ofrece abundantes ejemplos de textos traducidos con fidelidad y esmero por él mismo”. Quienes leemos la obra de investigación y recreación del padre Garibay no podemos dejar a un lado su seriedad de científico y de artistas al recrear las voces del pasado indígena. Lo hace con sumo cuidado, lo hace con sumo amor.
Su método lleva consigo el <<sumo amor por lo que estudia, pues sabe que está estudiando el espíritu de los originarios de estas tierras>>. Que no eran originariamente cristianos ni católicos. Que no sabían de los reyes católicos, ni sabían que más allá del mar hubiera un país llamado España que creían la mayoría de sus habitantes en un Dios llamado Cristo Rey. Esta enseñanza que viene del padre Garibay es la eterna enseñanza que nos humaniza: estudia lo que parecería ajeno a su religión y a su cultura, para darle todo el amor que merecen a quienes estudia.
Dice León Portilla: “Después de describir las generalidades de la poesía, se adentra en las composiciones de carácter religioso, lírico, otras de origen otomí pero vertidas al náhuatl desde tiempos antiguos. Da entrada asimismo a las composiciones de tono épico y a aquellas otras que pueden considerarse como pertenecientes al universo de la fiesta, la que, llama poesía dramática”. Está pensando y actuando como hombre de su siglo, o sabe en verdad cuál es el sentido y el mensaje de cada traducción hecha. ¿No mezcla acaso su propia cultura con aquella que está investigando?...
Las preguntas que se le hacen al traductor, cuando éste traduce y puede cometer traición. El ya lo ha dicho, y por cuidado y respeto a su religión, seguramente en el estudio de las Escrituras Sagradas muchas de sus ‘verdades’ las que él creyó ver en las mismas se las guardó, pues en el común de los ritos cristianos algunas cosas de tanto repetirse se hacen ‘verdades’. Así con sus investigaciones en el mundo indígena: la lección que nos da, es que debemos interpretar con la nobleza del corazón y la seriedad del científico, no del ideólogo o el sofista que hace las cosas por ambición política o de reconocimiento social, o por la paga.
Dice en su prólogo Miguel León Portilla: “En todos los casos atiende a lo que le es característico en cada género de composiciones, recursos estilísticos, empleado frecuente de metáforas, formas de expresión, frases con las que a veces se inicia y concluye una composición”. El método de trabajo se corre por las investigaciones de las literaturas mayas, purépechas o zapotecas. La lección que da Garibay recorre todo el altiplano y queda en la mente de su mejor alumno: Dr. Miguel León Portilla. Defiende el alumno al final, a su Maestro: “La exposición, sólidamente fundamentada, fue revelación en su momento y ha resistido plenamente ulteriores análisis y valoraciones críticas. Y ello ha ocurrido asimismo en ocasión de las varias reediciones de que ha sido objeto la Historia”. Es muy seguro que en todas aquellas profesiones que tienen que ver con el pasado, obligación es restudiar al padre Garibay, y que el hecho de que no tenga la fama que se le debe y merece, no lo hace un desconocido de todos en México. Garibay igual que poetas como Jorge Luis Borges, Alí Chumacero, o múltiples filósofos que son conocidos sólo en la academia o maestros sólo para los ‘iniciados’, obliga a pensar que siendo genios, tienen un lugar especial en el mundo de los vivos: en ese Olimpo que hacen los ciudadanos en tierra, pero sólo pertenecen a unos pocos, para desgracia de las mayorías que no leen, ni tienden a encontrar las voces clásicas de nuestra cultura que si es eterna mientras estemos los hombres y las mujeres en este planeta. Es un educador y una didáctica. Lo asevera León Portilla, y ello es indudable muestra de amor.


Francisco Javier Estrada. nace en Toluca, México. es Presidente de Casas del Poeta AC. Fue director y fundador de revistas en tierra mexiquense; creador del Encuentro Nacional de Poetas del estado de México, y fundador de la editorial Casas del Poeta. Ha escrito más de 4 mil artículos para revistas y periódicos en la entidad. Tiene más de 120 títulos publicados en Ensayo, Cuento, Poesía y Antologías.






