Mortalidad dichosa (Artículo)
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31 de julio de 2020


El mundo iluminado


Un síntoma de la sociedad global es su ansia por prolongarse en el placer. No importa la gran ciudad de la que se trate, en todas se comparten las mismas formas de gozo. Los deportes, las producciones fílmicas o en series, los alimentos industrializados, las redes sociales, las fotografías de uno mismo en innumerables poses, los conciertos y festivales de música, las librerías, la moda, los automóviles, los cigarrillos, las bebidas alcohólicas, la sexualización y aún muchas categorías más persiguen, invariablemente, al placer, pero, como este placer es el del cuerpo su caducidad es inmediata, generando al instante la necesidad de nuevamente buscarlo. El placer de la sociedad global es huidizo y efímero, pero, también, doloroso.

 

Todo cuanto se hace hoy en día busca la promoción del disfrute a través de la supresión del dolor. La sociedad contemporánea no quiere sufrir y por eso lo políticamente correcto es tan difundido en la vida pública, aunque en la individual se le rechace. Son pocos los que hoy en día se atreven a exponer sus ideas y su sentir con respecto al mundo, pues el riesgo de ser condenado a la exclusión es alto. Se ha dicho muchas veces, pero es necesario repetirlo: en esta sociedad de libertad de expresión la censura social es cada vez mayor, siendo lo lamentable que ésta no viene de instituciones políticas ni ideológicas, sino de otros individuos como nosotros. Pero no perdamos la idea, decíamos que la sociedad que vemos hoy tiene miedo al dolor y por eso ha encumbrado al placer.

Placer y dolor son los extremos de la vida. Vamos entre uno y otro sin cesar. Hay quienes ven placer en el dolor y otros, a la inversa, encuentran en el placer, dolor. Epicuro de Samos, en el siglo III antes de la era cristiana, fue un filósofo del placer y del dolor. Generalmente, cuando pensamos en los filósofos griegos recordamos a Platón y a Aristóteles, sin embargo, hubieron más escuelas filosóficas en la antigüedad, el epicureísmo es una de ellas. Los filósofos epicúreos consideraban que la vida del ser humano no tenía garantías de perfeccionarse en una dimensión suprema ubicada más allá de la muerte, es decir, por ser ellos atomistas no se preocupaban por la existencia de Dios. Por esta falta de consideración de la vida ultraterrena es que preferían centrarse en vivir cada momento con placer y sin dolor.

Dicho lo anterior, ¿podríamos entonces adelantar que nosotros, nuestra sociedad, por buscar el placer y evitar al dolor es epicúrea? La respuesta es no. Cierto, esencialmente nos movemos por el mundo igual que los epicúreos, pero con la diferencia, considerable, de que ellos no sólo no creían en la existencia de Dios, o al menos la percibían como algo más allá del entendimiento humano, sino que, además, eran sabedores de su finitud y, por tanto, realizaban constantes ejercicios de consciencia, pues si van a vivir para el placer y alejados del dolor, pensaban ellos, debe de ser dentro de lo prudente.

A Epicuro se le recuerda no sólo por haberse entregado a lo placentero (hedonismo), sino por haber alejado de sí todo miedo a la muerte; una de sus máximas es así: «Cuando vivimos la muerte está ausente; y cuando llega, nosotros ya nos hemos ido». O, también: «Límite de la grandeza de los placeres es la eliminación de todo dolor. Donde exista placer, por el tiempo que dure, no hay ni dolor ni pena ni la mezcla de ambos. Ningún placer es por sí mismo un mal, pero las causas de algunos placeres acarrean muchas más molestias que placeres. Quien es consciente de los límites de la vida sabe cuán fácil de conseguir es lo que elimina el dolor por una carencia y lo que hace lograda una vida entera.»

Epicuro fue un filósofo público. A diferencia de Platón y de Aristóteles, él no poseyó ninguna escuela, sino que todos los días se le encontraba dando lecciones en un parque griego asistido por prostitutas, limosneros y bandidos, pero también por uno que otro espíritu inquieto y de alcurnia; por su presencia constante en los parques hoy se le conoce a su no-escuela como “El Jardín”. ¿Qué era lo que motivaba a ricos y a pobres a juntarse por breve espacio de tiempo a escuchar las palabras del filósofo hedonista? Precisamente el hecho de que todos vivimos en el placer y en el dolor, pero nunca en medio, pues nuestra existencia transcurre entre innumerables banalidades que damos por necesarias, sin percatarnos de que por un placer que nos regalan son diversos los dolores que nos siembran.

Los epicúreos tenían una palabra para referirse a la tranquilidad: ataraxia. La ataraxia es un estado del espíritu en el que mediante el disfrute prudente de los placeres, acompañados por la reflexión, se ha llegado al punto medio entre lo hedonista y lo doloroso. Así, el epicúreo, al no estar preocupado por si posee un alma capaz de alcanzar la dimensión eterna, se ajusta a vivir en el momento con placer y de acuerdo a cuatro reglas: «No temas a los dioses. No temas a la muerte. Lo bueno es fácil de conseguir. Lo malo es fácil de soportar».

De los muchos placeres a que podemos exponernos es el de la amistad el más grande. El amigo de Epicuro fue Meneceo a quien aleccionó sobre cómo la muerte no era un mal terrible como todavía hoy se piensa. Si gozamos y sufrimos es porque sentimos, y dado que la muerte no se siente no sólo basta esto para dejar de temerle, sino para, viviendo en la plenitud de la ataraxia, eliminar el ansia de eternidad y centrarnos en nuestra mortalidad dichosa.

Miguel Ángel Martínez Barradas, académicamente tiene estudios de posgrado en literatura. Profesionalmente se ha dedicado al periodismo, a la edición de textos y a la docencia. Como creador tiene publicaciones en poesía y fotografía. En cuanto a sus intereses investigativos, estos se centran en la literatura y filosofía grecolatinas; el Siglo de Oro español; el hermetismo; y la poesía hispanoamericana. 
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