Podredumbre caminante (Artículo)
Minuto a Minuto

 

 

 

9 de julio de 2020


El mundo iluminado


El tema de la malignidad de nuestra especie ha sido tratado con profundidad e infructuosamente desde siempre. Hoy en día uno vive a la defensiva porque el mundo se ha tornado un sitio en donde pareciera que es ya imposible confiar en nuestros iguales (¿acaso ese otro que vemos es realmente como uno mismo? El yo parece ser siempre uno). Sin embargo, quizás antes de tomar medidas precautorias con respecto al mundo externo, antes de considerar como un duelo impostergable el que se suscita entre el Yo y el Otro, sería más prudente hacerlo, primero, con uno mismo. Si la malignidad es propia de la naturaleza humana o si ésta es una mala costumbre aprendida durante el crecimiento poco importa cuando el verdugo de la propia existencia es el Yo.

De los poemas del militar español Garcilaso de la Vega son los sonetos, quizás, los más leídos, revisados y discutidos, no sólo porque gracias a su brevedad son más prestos de terminar (que no de entender), sino porque son un retrato de la vida espiritual de su autor. Resumir sus temas es empresa fácil. Los cuarenta sonetos hablan del amor, del dolor y de la muerte. Del amor que causa dolor sin muerte. Del dolor del que se enamora de la muerte. De la muerte a causa del dolor del amor. Tres temas nada más y que son suficientes para recrear la vida de todos nosotros. La vida de quien escribe esto y también la tuya, atento lector, que sigues estas letras. Dice Garcilaso en su primer soneto: Cuando me paro a contemplar mi estado y a ver los pasos por do me ha traído, hallo, según por do anduve perdido, que a mayor mal pudiera haber llegado». Y añade, después, en el cuadragésimo y último poema: «El mal en mí ha hecho su cimiento y sobre él de tal arte ha labrado que amuestra bien la obra estar determinado de querer para siempre este aposiento». Resumamos. En el primer soneto el poeta se detiene para realizar un ejercicio introspectivo; en el último, reconoce que su ser es un templo humillado al mal. Los cuarenta sonetos, simbólicamente, podrían leerse como el ciclo de la degradación del Yo.

Quinientos años después, en la España de Garcilaso, Miguel de Unamuno se apegaba a los mismos temas de su antecesor. El amor, el dolor y la muerte (y es que quizás no haya más de que hablar y que nos sea de provecho). Unamuno fue rector en Salamanca, universidad medieval que desde su oscurantismo ha dado más luz al mundo que las instituciones educativas de hoy en día, y desde aquí sembró en la poesía la pesadumbre existencialista de quien se halla, repentinamente, ante el silencio de Dios. En este vacío espiritual Unamuno se detuvo a contemplar su estado y escribió: «Este buitre voraz de ceño torvo que me devora las entrañas fiero y es mi único constante compañero labra mis penas con su pico corvo. El día en que le toque el postrer sorbo apurar de mi negra sangre, quiero que me dejéis con él solo y señero un momento, sin nadie como estorbo. Pues quiero, triunfo haciendo mi agonía mientras él mi último despojo traga, sorprender en sus ojos la sombría mirada al ver la suerte que le amaga sin esta presa en que satisfacía el hambre atroz que nunca se le apaga.» El texto de Unamuno es, como los poemas de Garcilaso, un soneto. Su tema es la muerte y su protagonista, un buitre. El buitre es el único compañero del poeta, y es el mismo mal que quiere el cuerpo de Garcilaso en su soneto XL. Este buitre no es como la luminosa águila enviada por Zeus para roer las tripas de Prometeo, este buitre es oscuro, pero también ciego, pues no se da cuenta de que las entrañas de las que se alimenta son las suyas propias, pues buitre y poeta no son más que rostros opuestos de la misma entidad, el Yo.

La urgencia por cuidarse del mundo exterior es menos imperiosa que la de sellarnos de nosotros mismos. El buitre, el mal, roe nuestro espíritu cada vez que el corazón bombea sangre. Si este buitre se alimenta de nosotros es porque algo dentro es ya carroña. Pero el buitre es insaciable y si para su fortuna lograra devorarnos enteramente no se detendrá ahí, sino que volteará la mirada buscando a otros tan podridos como nosotros, y como el ratero que sigilosamente se introduce en nuestra casa, así asaltará el buitre un cuerpo ajeno para satisfacer su aniquilador instinto. Detenernos como en el soneto uno de Garcilaso para matar al buitre es menester primario de quien busca evitar convertirse en podredumbre caminante.

 

Miguel Ángel Martínez Barradas, académicamente tiene estudios de posgrado en literatura. Profesionalmente se ha dedicado al periodismo, a la edición de textos y a la docencia. Como creador tiene publicaciones en poesía y fotografía. En cuanto a sus intereses investigativos, estos se centran en la literatura y filosofía grecolatinas; el Siglo de Oro español; el hermetismo; y la poesía hispanoamericana.
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