Pecadores anónimos (Artículo)
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19 de junio de 2020

El mundo iluminado


Somos dependientes, adictos a las sustancias, a las emociones, a las ideas, a la carne. La satisfacción nos consume por nuestra incapacidad de gobernarnos. El placer es la meta, pero ésta se aleja cuanto más cerca estamos de ella. El individuo contemporáneo, como el de la idealizada antigüedad, vive insatisfecho consigo mismo y con el mundo. Nunca será suficiente. El ser humano siempre ha sido y será el mismo animal terrible cuya venda más oscura no es la que lleva atada en los ojos, sino su ignorancia no reconocida.

El síntoma más evidente de un individuo que vive para la autodestrucción es su ansia por diseminar la infelicidad en quienes le rodean. Incapaces por vivir en la belleza del presente buscan pervertir todo lo que ven, leen, escuchan y perciben. ¿No vemos acaso cómo diariamente nuestros semejantes se atacan aún sin conocerse? El egoísmo hizo a un lado la crítica para entronar en su lugar al ataque en cualquiera de sus formas, de ahí que la sociedad de la información y de la diversidad sea la más ignorante e intolerante de la historia humana.

Durante la primera mitad del siglo pasado surgió en Estados Unidos la comunidad de Alcohólicos Anónimos, cuya base está en el “Programa de los doce pasos” para el tratamiento de los problemas relacionados con el alcohol. En esencia, los doce pasos, que pueden ser aplicados en todos los tipos de dependencias, contemplan tres acciones: la primera es el reconocimiento de nuestras faltas, consecuencia de nuestra incapacidad de autogobernarnos; la segunda es el reconocimiento de nuestra insignificancia ante el mundo y la necesidad de que dios nos asista en nuestra reforma (cualquier idea de Dios que esté encaminada hacia la idea del bien propio y el de los otros); la tercera acción es el servicio desinteresado en favor de uno mismo y de los demás a fin de resarcir el daño cometido a causa de nuestra dependencia viciosa.

También en Estados Unidos y casi al mismo tiempo que la comunidad de AA surgía como un remedio para la ingobernanza individual, en Misuri un teólogo componía una plegaria que sería adoptada dentro del programa de los Doce pasos a fin de complementar los ejercicios de reconciliación espiritual, esta es la “Oración de la serenidad” que en una traducción aproximada dice lo siguiente: «Dios, concédeme sabiduría para aceptar las cosas que no puedo cambiar, fuerza para cambiar las que sí puedo, y sabiduría para distinguir la diferencia. Viviendo un día a la vez. Disfrutando de un momento a la vez. Aceptando las penurias como un camino hacia la paz. Aceptando, como Jesús lo hizo, este mundo pecaminoso como es y sin desear que sea de acuerdo a mi voluntad. Y así, confiando en que Tú obrarás bien si yo me entrego a tus designios, podré ser yo modestamente feliz en esta vida y un beato tuyo en la siguiente».

Le belleza de la “Oración de la serenidad”, así como su utilidad dentro y fuera de los Doce pasos es innegable, no así su originalidad. El tema del desprendimiento de los bienes en favor de la glorificación de lo sagrado aparece ya desde los filósofos presocráticos y continúa en diferentes tradiciones y culturas hasta nuestros días. Basta citar unos versos de santa Teresa de Jesús escritos en la España del siglo XVII para dar cuenta de ello: «Nada te turbe; nada te espante; todo se pasa; Dios no se muda, la pacïencia todo lo alcanza. Quien a Dios tiene, nada le falta. Solo Dios basta. Eleva el pensamiento, al cielo sube, por nada te acongojes, Nada te turbe. A Jesucristo sigue con pecho grande, y, venga lo que venga, Nada te espante. ¿Ves la gloria del mundo? Es gloria vana; nada tiene de estable, Todo se pasa. Aspira a lo celeste, que siempre dura; fiel y rico en promesas, Dios no se muda. Ámala cual merece bondad inmensa; pero no hay amor fino sin la paciencia. Confianza y fe viva mantenga el alma, que quien cree y espera todo lo alcanza. Del infierno acosado aunque se viere, burlará sus furores quien a Dios tiene. Vénganle desamparos, cruces, desgracias; siendo Dios su tesoro, nada le falta. Id, pues, bienes del mundo; id, dichas vanas, aunque todo lo pierda, sólo Dios basta.»

Mientras que el tema de la primera oración es el de la aceptación del mundo tal cual es, el de la segunda es el de la paciencia en el mundo. Aceptación y paciencia, sabiduría y serenidad son los dotes que nosotros los pecadores anónimos, ¿acaso alcohólicos también?, suplicamos ante la imperfección de un mundo que desde antes de la llegada de cualquier pandemia ya nos tenía aislados. Aprender a mirarnos en el otro es la única cura para la mayor enfermedad del ser humano: la soberbia.

Miguel Ángel Martínez Barradas, académicamente tiene estudios de posgrado en literatura. Profesionalmente se ha dedicado al periodismo, a la edición de textos y a la docencia. Como creador tiene publicaciones en poesía y fotografía. En cuanto a sus intereses investigativos, estos se centran en la literatura y filosofía grecolatinas; el Siglo de Oro español; el hermetismo; y la poesía hispanoamericana.
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