Un hoyo en la arena (Artículo)
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22 de mayo de 2020


El mundo iluminado


San Agustín estaba en una playa de Argelia. Sus pies desnudos se enterraban en la arena. Los granos de la superficie cambiante, ínfimos e invisibles cuando aspiraban a su individualidad, ocultaban los pies del santo en el momento en que se convertían en una presencia colectiva y armónica. El místico, como sus pies, se hundía en sus pensamientos, y el mar, de gotas sin nombre, azotaba en la orilla rompiéndose; las olas eran el espejo de las ideas del asceta, quien, ensimismado, era incapaz de ver el prodigio que lo circundaba.

Un cuerpo acribillado flota en el mar de Grecia. ¿De qué no será testigo el inconmensurable observador mudo de barbas espumosas germinadas en la edad oscura de la teogonía? El cadáver es de Hesíodo, el poeta de la paz que, por escuchar al oráculo, viró su camino y encontró a la muerte en forma de una seductora mujer joven. Su cuerpo fue arrojado al agua por sus asesinos, y su sangre, intensificada por el sol que desde occidente baja a las profundidades del acuoso abismo, acrecienta la belleza del despojo. «Es imposible escapar del destino», decían los antiguos.

La vida estacionaria frente al mar no es fortuita. Hesíodo nació en el año 700 antes de Cristo, y san Agustín lo haría mil años después, en el siglo IV de nuestra era. Y la búsqueda de la felicidad fue lo que llevó los pies de ambos hasta la playa. Los dos, el poeta y el santo, tenían su fe arraigada en un reino superior, en una dimensión más allá de toda posibilidad humana, y si viajaron al mar fue sencillamente porque éste es el símbolo más palpable que tenemos del infinito. Respecto a la obtención de la felicidad, Hesíodo nos dejó estas palabras: «El mejor de todos los hombres es el que por sí mismo comprende todas las cosas; es bueno, asimismo, el que hace caso al que bien le aconseja; pero el que ni comprende por sí mismo, ni lo que escucha a otro retiene en su mente, éste, en cambio, es un hombre inútil.» Para el poeta existe una relación natural entre felicidad y comprensión del mundo; y, por tanto, también entre infelicidad e ignorancia. Saber nos hace libres; ignorar, esclavos.

San Agustín entiende la felicidad en los mismos términos y pone a la verdad como el bien supremo: «No es, pues, cierto que todos quieran ser felices, porque los que no quieren gozar de ti (Dios), que eres la única vida feliz, no quieren realmente la vida feliz. ¿O es acaso que todos la quieren, pero como la carne apetece contra el espíritu y el espíritu contra la carne para que no hagan lo que quieren, caen sobre lo que pueden y con ello se contentan? Porque, si yo pregunto a todos si por ventura querrían gozarse más de la verdad que de la falsedad, tan no dudarían en decir que querían más de la verdad cuanto no dudan en decir que quieren ser felices. La vida feliz es, pues, gozo de la verdad. [...] ¿Pero por qué los hombres no son felices? Porque se ocupan más intensamente en otras cosas que les hacen más bien miserables que felices con aquello que débilmente recuerdan. Pero todavía hay un poco de luz en los hombres: caminen, caminen; no se les echen encima las tinieblas.»

El cuerpo de Hesíodo flotó durante días en el agua hasta que unos delfines lo rescataron y llevaron a una isla desconocida para ser sepultado. La muerte del poeta y su enigmático entierro no cambiaron el curso de los días. Por otra parte, en una playa de Argelia estaba san Agustín discerniendo en el misterio de la Sagrada Trinidad (la verdad) cuando vio a un pequeño niño sacando agua del mar y depositándola en un reducido hoyo que había hecho en la arena. El asceta lo miró inmóvil hasta que su impaciencia lo hizo alcanzar al infante y preguntarle qué hacía: —Quiero meter todo el mar en este agujero. San Agustín le respondió: —Eso es imposible. —Pretender comprender la verdad también lo es; reviró el niño desapareciendo al inste.

Aristóteles afirma que la búsqueda de la felicidad es natural al ser humano. A la felicidad la conforman valores intangibles (el amor y el conocimiento) que son ajenos a la vida mundana (el dinero, la política y los honores). La felicidad nos otorga una libertad interior, la misma que poseyeron Agustín y Hesíodo hasta antes de desaparecer sin alterar el viaje de los astros. Nosotros, como el santo y el poeta, también somos insignificantes, también desapareceremos; hagamos un alto en nuestras vidas, abandonemos toda pretensión de querer poseerlo todo, de querer contener en nuestra pequeñez al inabarcable mar que se funde con el cielo, y vivamos ondeando la bandera del amor y del conocimiento, oponiéndonos al avance de las tinieblas que recubren la mortalidad de los egoístas y de los ignorantes.

 

Miguel Ángel Martínez Barradas, académicamente tiene estudios de posgrado en literatura. Profesionalmente se ha dedicado al periodismo, a la edición de textos y a la docencia. Como creador tiene publicaciones en poesía y fotografía. En cuanto a sus intereses investigativos, estos se centran en la literatura y filosofía grecolatinas; el Siglo de Oro español; el hermetismo; y la poesía hispanoamericana.
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