Notas sobre el libro "Desnovelas" de Francisco Garzón Céspedes
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28 de marzo de 2020


Estas notas transitan de un avión a un virus, atravesando el espacio-tiempo y compartiendo un mismo estado, el aislamiento. Empezaron el 31 de diciembre de 2019 volviendo de Canarias a Madrid, faltando apenas unas horas para cambiar el año. Un número exiguo de pasajeros me regaló un espacio de soledad, en el que me leí la “Historia, inconclusa o no, de el hombre de la gabardina negra” del reputado escritor Francisco Garzón Céspedes. Había leído semanas atrás “Historia de el hombre de la calle” del mismo calidoscópico libro “Desnovelas”, y nada más terminar con el hombre de la gabardina, allí, desconectada del suelo, entre el cielo y el mar, quién sabe si en el punto en que cambia la hora del reloj, se me agolparon las historias y se produjo la magia.

Nunca había pensado hacer tal cosa, y en ese momento hasta me resistí, ¡qué pereza! Nadie me había pedido que hiciera esto y, si no hablaba del suceso, nadie me iba a recriminar no haberlo hecho. Pero no pude no hacerlo. En realidad, me pudieron y estas notas se escribieron a sí mismas.

Parte de mi pereza se basaba en que este libro de Francisco Garzón es un libro para valientes, para los que no temen mirar de frente ni al Sol ni a la noche oscura, y reunir el coraje para hacerlo lleva su tiempo. Este libro, duro y descarnado, no respeta ese tiempo y te sale al paso como un ladrón al doblar la esquina. Así es la vida. En un instante todo puede cambiar, y hoy, meses después del avión, en que estamos todos, de la noche a la mañana, confinados en casa por un virus, en este nuevo aislamiento, este libro abrupto cobra nuevo y necesario sentido, y estas notas, abandonadas en un cuaderno de viaje, emergen de nuevo viendo cumplida su paciencia.

Y es que la vida también requiere paciencia. Como ella, este libro también la exige: hay que perseverar en su lectura, confiar y dejarse hacer, poco a poco, como la gota en la tierra hasta que ésta florece. Parecería pues que leer este libro es leer la vida. Pero eso sería incompleto y hasta fácil, pues la lectura nos protege: eso es ahí y yo estoy aquí. Francisco Garzón nos habla de la desnudez humana tan sin tapujos que rompe la cuarta pared, puede incluso que nunca hubiese existido. Y nos la muestra magistralmente con ese pase de prestidigitación que es la gabardina, prenda que oculta, y por tanto muestra, el cuerpo desnudo. Sin la gabardina, la obviedad de la desnudez cegaría nuestros ojos a ella. Es tal el despojamiento, que causa hasta pudor y necesita el lector bajar la vista en ocasiones.

De la misma manera el libro nos muestra la finitud: sin eufemismos ni edulcorantes. Aun así, sorprendentemente, la crueldad convive con una exquisita piedad, que la hace soportable por dotarla de sentido y por tanto de algo que, a falta de otra palabra mejor, podríamos llamar esperanza. Mas no es una creencia en el más allá. Es una suerte de certeza en el más acá de tal naturaleza que, de alguna manera, se
hace eterna.

Al sempiterno finito se llega por la frontera. Es éste un libro fronterizo, por lo singular de su puesta en escena, arriesgada y sesuda, en el límite entre géneros (o quizás en el de uno nuevo). Pero fronterizo, sobre todo, porque los personajes se mueven en el límite de una vida ordenada: un pasito más allá y el desastre absoluto. Sus desgarros, no obstante, tienen tal dignidad que logran ordenar el caos que los acecha.

Así, por ejemplo, el hombre desnudo bajo la gabardina a priori nos evoca la imagen de un pervertido. Y lo es efectivamente, porque pervierte nuestro mundo facilón de abundancias vanas y cantos de sirenas. Mas tras derrotarnos, nos pone en pie, nos sacude el polvo y nos pone ante un espejo. “Mira”, nos dice, “he ahí un ser humano”. O más aún, “he ahí el ser humano”.

Y así, como quien no quiere la cosa, estos personajes sin rostro y por tanto con todos los rostros, a través de estos microrrelatos, poemas, perlas de un collar poliédrico, realizan la labor titánica del gladiador que salta, solo, a la arena, a enfrentar con la palabra un terror innombrable. Su generosidad es tal, que en el momento último en el que las fauces del monstruo van a caer sobre el cuello de los personajes, apagan la luz de la historia, para permitirnos, al no leer sus fracasos, enfrentar los nuestros y poder empezar a descubrir, hoy más que nunca, la victoria que está detrás de nuestra propia derrota.

Elena Villarroya Reig (Madrid, 21-3-2020)

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