
24 de febrero de 2017
Hace apenas dos días, conmemoramos el aniversario número 207 del nacimiento del gran pianista y compositor romántico polaco Fryderyk Franciszek Chopin (Szopen), cuya música nos sigue inspirando no sólo a través de épocas y generaciones, sino a lo largo de nuestra vida individual desde que la escuchamos por primera vez.
Una música bella y accesible, para nada trivial y a menudo sorprendente, que lo mismo nos hace ensoñar que sentir cierta melancolía o una gran tranquilidad y, en algunos pasajes especialmente brillantes, verdaderamente exaltarnos.
Pero esta maravilla tiene su precio. Y no me refiero al costo en dinero de una grabación, reproducción o entrada a un recital o concierto, sino a lo que exige del ejecutante, pues se trata de música muy difícil, tanto técnica como interpretativamente, que requiere un conocimiento profundo del arte con que fue construida, algo que suelen “olvidar” nuestros primeros enseñantes, apegados a la funesta tradición del “metodismo”. (No me refiero a la religión, pero como si lo fuera.)
En efecto, cuando decidimos estudiar formalmente el instrumento para ser capaces de tocar nosotros mismos aquello que admiramos, lo primero en aprender es que NO podremos hacerlo, cuando menos por un tiempo indefinidamente largo, mientras supuestamente adquirimos la habilidad necesaria para intentarlo, aplicándonos para esto al estudio y dominio minucioso de los famosos Métodos: libros repletos de lecciones y ejercicios que, sin ser propiamente música, constituyen una preparación para… ¿qué, después de todo?
Y así transcurre el tiempo sin que veamos llegar el esperado momento de abordar por fin el objeto de nuestro deseo, la obra que motivó todo nuestro esfuerzo y dedicación. (En el Conservatorio local, cuando alguien que ya se dedicaba por afición o subprofesionalmente a algún género comercial o popular, formulaba a algún maestro la inquietante cuestión de por qué no mejoraban sus capacidades musicales, la respuesta infalible del interpelado era que ahí solo se enseñaba música clásica, para perplejidad y creciente escepticismo de todos, pero especialmente de la minoría que íbamos precisamente a eso.)
Viéndolo a distancia, la respuesta es muy sencilla: porque todos esos preliminares no estaban encaminados a lograr el dominio de esa(s) pieza(s) en particular u otras similares en carácter o dificultad, que requiere un enfoque radicalmente distinto y una preparación muy diferente de quien va a dirigir su aprendizaje.
Aquí es donde entra en juego la pedagogía inmanente a cada obra. Como lo sugiere su etimología, pedagogo es quien “lleva de la mano” a alguien en sus primeros pasos por algún camino -en este caso, el de la gran música de piano-, apoyándose en su experiencia práctica y, sobre todo, teórica, pues debe ser capaz de enfrentar y resolver los problemas inéditos de otras personas: sus propios alumnos.
Pero hay obras en las que este esfuerzo se convierte en un verdadero placer por la transparencia de sus esquemas subyacentes: patrones rítmicos, armonías, digitaciones, fraseos e incluso ciertas deslumbrantes acrobacias técnicas que, una vez comprendidas, puede uno dirigir certeramente y conseguir en un tiempo sorprendentemente corto una ejecución a satisfacción del discípulo, que no sólo no se sentirá defraudado sino que incluso podrá ya comenzar a considerarse un verdadero músico, algo cuya importancia nunca podrá sobreestimarse, sobre todo al principio.
Por ello pienso que la entrañable música de Chopin es también una rica veta de la mejor PEDAGOGÍA: sólo hay que saber extraerla.
Imagen: razon.mx
Fernando Acosta Reyes (@ferstarey) es fundador de la Sociedad Investigadora de lo Extraño (SIDLE), músico profesional y estudioso de los comportamientos sociales.








